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Ángel Román Ramírez

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La forminge de Zarza Capilla (Badajoz) era autóctona de Tartessos.
by Ángel Román Ramírez   
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Last edited: Tuesday, April 27, 2010
Posted: Monday, April 26, 2010

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Hipótesis sobre un aspecto de la música de Tartessos.

Extraído de

La Música en Tartessos y en los pueblos prerromanos de Iberia

(Raleigh: Lulu Enterprises, 2009, pp. 101-106)

 

 

 

 

 

 Las características de la phórminx pueden ser aplicables a ciertas imágenes de cordófonos hallados en Península Ibérica, en grabados o grafitos. El uso generalizado de este modelo de lira en la Península deberá remontarse a la etapa tartésica, e incluso antes. Según las fechas de algunos de estos hallazgos, se trata de phormingoi anteriores al período orientalizante, es decir, anteriores a la época en la que la influencia semita y helena se ejerce de una manera tan sumamente evidente, que en algunos contextos se producirá el fenómeno de la “aculturación” (¿podrán aquéllos, por tanto, considerarse autóctonos...?). 

 

 

 

Ejemplos de estas phormingoi los encontramos en Extremadura [1] grabadas en estelas funerarias de guerreros, con la particularidad de que existe una serie de estas mismas estelas funerarias halladas en un perímetro tan amplio que abarca desde Cáceres hasta Ciudad Real, pasando por Badajoz (municipios de Zarza Capilla y Herrera del Duque), Sevilla, Córdoba e incluso llegando a algunas zonas de Levante y de Aragón (municipio de Luna), que presentan unos rasgos estilísticos demasiado similares como para pretender negar su parentesco. La fecha que se baraja para sus primeros testimonios se ha establecido entre los años 1100 y 800 a. C.

Concretamente la lira de la estela de Zarza Capilla (Badajoz) aparece representada formando parte de un conjunto de objetos que seguramente pertenecieron al personaje a quien iba dedicada la estela. La costumbre de incluir instrumentos musicales en el ajuar funerario –que, según las fechas estimadas, es anterior al período orientalizante en sentido estricto– pondría de manifiesto hasta dónde poseía importancia la música entre los indígenas: hasta el punto de llevársela consigo cuando abandonaban este mundo.

Los instrumentos tuvieron que ser objetos muy preciados entre las comunidades indígenas, tanto como para añadirlos a los demás enseres que el guerrero, de un presumible estrato social alto, quisiera llevarse a la tumba: un carro, una espada, un escudo o una lira podrían estar indicando el grado de riqueza que ostentó en vida la persona que ahora yacía bajo la correspondiente estela.

También sería factible pensar que las liras grabadas en los monumentos funerarios representasen un símbolo de inmortalidad de los guerreros más valientes y más apreciados por la comunidad, en el sentido de querer dar a entender con ese símbolo que las hazañas de aquéllos serían recordadas para siempre a través de las rapsodias que rememoraban sus gestas –del mismo modo que lo hacían los aedos en Grecia–.

Es probable que ya durante el siglo XII antes de Cristo estos instrumentos ya se conocieran de sobra[2], incluso puede que ya estuvieran asentados dentro de la cultura tartésica de mucho tiempo atrás, si actuamos fieles a lo que algunos autores vienen defendiendo desde hace ya algunas décadas: la presencia de un “Pueblo del Mar” como el de los tursha (proto-etruscos), que allá por el año 1150 a. C. llegan a tierras del sur de Andalucía occidental y que tras la unión con la población indígena da lugar a una nueva etnia que se la suele llamar pre-tartesia[3]. La civilización etrusca concedió una gran importancia a la música. Si esta importancia procedía de los tursha, enriquecida además por la influencia oriental que vendría después, podemos imaginarla en Iberia igualmente: aun considerando que el desarrollo cultural de etruscos y tartesios no tuvo por qué evolucionar de la misma manera, si ambos pueblos procedían de un mismo tronco común y recibieron una orientalización similar, parece aceptable la remota posibilidad de que en Tartessos se le otorgara un valor semejante al hecho musical.

Esta circunstancia no debe suponer ningún problema en lo que respecta a las liras representadas en las estelas extremeñas, fechadas precisamente entre los siglos XII y IX a. C. Es más, ratifica y explica su existencia: durante el transcurso de varias centurias las islas y la costa oeste de la Italia proto-etrusca, y Andalucía occidental, Extremadura –a través de los ríos y quizá por la ruta terrestre de una embrionaria Vía Hercúlea o de la Plata–; así como también el litoral del sur de Portugal, no perderán el contacto que, dicho sea de paso, será bilateral. Sirvan como ejemplo el hallazgo en Cerdeña de la Estela de Nora (ca. s. IX a. C.) o, más tarde, las figurillas y los exvotos etruscos del siglo VII a. C., recuperados del antiquísimo santuario tartesio de La Algaida (en las marismas de Sanlúcar de Barrameda, Cádiz). Tres o cuatro siglos representan un lapso de tiempo que se antoja suficiente como para que las liras fuesen fabricadas por los luthiers indígenas, sin necesidad de “importarlas” de oriente y ni siquiera de los inminentes colonos de Gadir.

Sin embargo, estas liras han generado más de un debate entre los expertos que piensan en una procedencia helénica y aquéllos que se decantan por la influencia semita; pasando por otros que le atribuyen un origen centroeuropeo o, por fin, los que les asignan una autoría original.

Autores como Manuel Bendala (1977) han querido ver influencia minoica o micénica en las forminges de las estelas de Zarza Capilla y Herrera del Duque. En este sentido, debe advertirse que la lira de la estela de Zarza Capilla (en la foto) presenta un serio problema respecto a las creto-micénicas: de la caja de resonancia salen proyectadas sólo 2 cuerdas, mientras que éstas solían poseer 8 ó incluso 9. Ante el inconveniente que supone este detalle, Manuel Bendala sugirió que el número de cuerdas habría de suponerse mayor, si se tienen en cuenta unas leves incisiones cinceladas en el travesaño que invitan a pensar que el artista pudo tener la intención de representar hasta 6 (cit. en A. Román, 2004:24). Esta idea la recogió López Castro (LET, 1993:67), sin otorgarle fundamento alguno.

Es curioso cómo la silueta de este grabado en concreto se muestra bastante similar a las de las phormingoi, pero no creto-micénicas, sino geométricas, de época postmicénica. Responde en buena medida a las características típicas de los cordófonos mediterráneos del Período Geométrico, es decir, base redondeada y forma de D, con los brazos sobrepasando la altura del travesaño. Más específicamente tiene paralelos con ciertas phormingoi chipriotas, minorasiáticas e incluso cretenses, si bien habrá que  remontarlas a fechas comprendidas entre los siglos IX y VII antes de Cristo, y no a las de los períodos minoicos o micénicos:

a) La phórminx chipriota es la que aparece pintada en el famoso ánfora Hubbard. El tañedor va dentro de una procesión de personajes que se acercan danzando a una dama entronizada que algunos investigadores han identificado con ‘Ashtart (Astarté), la Gran Diosa fenicia[4]. Es el más antiguo de los mencionados (ca. IX a. C.) y, aunque Chipre recibió una fuerte influencia de Micenas durante su época de esplendor, el cordófono muestra las características propias del período posterior al declive de esta cultura –a causa de las invasiones dorias, casi contemporáneas a las de los tursha (entre ca. 1150-1120 a. C.)– representadas sobre todo por una mayor simplicidad en todas las facetas sociales y artísticas. Por otro lado, el hecho de que ciertos autores bauticen a la “dama entronizada” con el nombre de Astarté nos lleva al mundo semita, cuya presencia en Chipre, dada la proximidad geográfica, debe situarse en tiempos inmemoriales; aunque se hará más acusada tras la desaparición del mundo micénico y sus colonias, es decir, alrededor del siglo XII a. C. (en este sentido, J. Padró en GHU, II, 1990:293).

b) El cordófono cretense, por su parte, viene en una figurilla de bronce, que representa a un aedo, procedente de Herakleion (ca. finales del siglo VIII a. C.). Posee 4 cuerdas sujetas a la varilla cordal, situada en la base de la caja de resonancia. También pertenece a una época de claro predominio comercial fenicio, pero no hay que olvidar los numerosos contactos –ya fuesen directos o indirectos– que Creta y la Península Ibérica tuvieron desde muy antiguo.

c) En cuanto a la phórminx minorasiática, fue encontrada en Karatepe (ca. VIII-VII a. C.), región en la que hubo cierta presencia fenicia. Tiene 6 cuerdas y tanto la varilla cordal, como los brazos o el travesaño se presentan idénticos al de Creta.  

 

Además de esto, la lira de la estela de Zarza Capilla presenta, por otro lado, características próximas a ciertos cordófonos centroeuropeos. Tal es el caso del representado en una vasija de arcilla encontrada en Sopron (Hungría), o el de la sítula hallada en Kleinklein (Steiermark) –una necrópolis austriaca–, ambas pertenecientes al siglo VII a. C. Respecto a  ellas, dice doña Rosario Álvarez (de quien tanto hemos aprendido los nuevos musicólogos españoles):

 

"[...] la lira de Kleinklein [la musicóloga española se refiere a un estudio de B. Aign (1963:198-99)] tiene mezcla de una phórminx geométrica y de una lira minoica-micénica, aunque [el citado autor] no descarta un carácter local. Opina que tanto la lira de Sopron como la de Kleinklein han llegado posiblemente de la zona egea a través del círculo cultural venético [vénetos: antiguos “venecianos”]. [Sin embargo, en opinión de Álvarez] hemos de concluir que estos cordófonos llegaron muchos siglos antes del VII a. C. al centro de Europa. Se puede presumir, pues, que la lira de caja redonda de las civilizaciones prehelénicas, y en especial la micénica, se difundió por las culturas del Bronce Medio centroeuropeo, quizás mediante la ruta tradicional del comercio del ámbar [...]. Por ejemplo, la lira de un vaso de Kalami (Creta) [...], en torno al s. XIV a. C., presenta unas características que preludian ya las de los instrumentos europeos [...], pues no es tan sofisticada como las liras del sarcófago de Hagia Triada o la de las pinturas del palacio de Pylos [R. Álvarez (Rev. Mus. VIII, 1985:222)]".   

 

Por consiguiente, según lo expuesto, habríamos de considerar dos rutas para las liras cretomicénicas: una hacia el norte del continente europeo, y otra mediterránea; teniendo el epicentro en Creta y el Peloponeso, y el destino en lugares tan alejados entre sí como Austria y Hungría de una parte y Chipre, Asia Menor y la Península Ibérica de otra.

 

 

 

Pero todavía queda una tercera posibilidad. El esplendor de Micenas desapareció a causa de las invasiones indoeuropeas, naciendo con ellas el llamado Período Geométrico, donde se desarrolló una cultura mucho más sencilla que la anterior en todos sus aspectos. Esta circunstancia se trasladaría también al ámbito musical: Martin L. West propuso en 1981 la idea de que la phórminx tañida por el cantor épico, que ahora sólo poseía 4 cuerdas, forzaría a que éste cantase sus poemas dentro de un ámbito melódico muy reducido, prácticamente restringido al grupo de los cuatro sonidos resultantes de la afinación de cada una de las cuerdas. No obstante, el texto que debía ser cantado cumpliría un papel de extrema importancia en la performance, tanto como para trascender ese limitado conjunto de notas fijas (West, 1981:114), con las que el cantor jugaría en función del acento métrico y de la propia disposición de las sílabas. Esta práctica, como recordará West, tuvo que ser característica de la tradición indoeuropea, tradición que debió tener un gran arraigo, ya que los gramáticos de la época Helenística aún hacían referencia a ella (1981:114 y ss.).

Entonces, ¿cabría admitir que las liras de Chipre, Karatepe o Herakleion y las de Sopron y Steiermark provienen de la cultura musical de los “Pueblos del Mar”...? Rosario Álvarez (1985:222) se hacía esta misma pregunta hace veinte años y ella misma respondía que una hipótesis de tal índole “en el estado de la investigación actual no puede probarse”, conclusión que muy bien podríamos aplicar al día de hoy.

A pesar de todo, dice Ángel Montenegro en HE 2 (1998b:226) que la antigüedad de las estelas funerarias, estimada por H. Schubart y M. Almagro Gorbea hace, por lo pronto, “totalmente improbable su origen centroeuropeo”. Además de las fechas (ca. siglos XII-IX a. C.), otros datos que corroborarían esta teoría son las zonas en las que cada una de ellas aparecieron o la presencia de “carros de guerra” cincelados en estos monumentos funerarios, un tipo de carros que en opinión de muchos autores habrían sido traídos hasta la Península por mediación de las culturas orientales. Ya que hay “testimonios abundantes de estelas con carros en el Mediodía y Levante ibérico, donde está lejos de probarse la presencia de pueblos indoeuropeos”, según Montenegro (id.). Almagro-Gorbea (2005:43) no duda que las liras extremeñas demuestren “la asimilación de usos y creencias orientales por las elites dirigentes del Bronce Final, que los adoptaron a fin de reforzar su prestigio y preeminencia”.

J. Mª. Blázquez[5] defendía para las estelas extremeñas un origen fenicio o chipriota, dentro ya del período orientalizante, mientras que para María Eugenia Aubet los diferentes contactos acaecidos durante los siglos anteriores al VIII a. C. no habrían supuesto un “simple proceso de aculturación o de difusión de ideas y costumbres orientales” (IPOc, 1998:44-45). Pero es que ya no sólo se aplica esta circunstancia a fechas lejanas a la llegada de los fenicios a la Península, sino que se hace incluso con tiempos muy próximos (siglos IX y VIII inclusive), los cuales constituyeron “un desarrollo complejo de constante interacción entre dos esferas (la colonial y la indígena)” que, finalmente, conformarían lo que se conoce por período orientalizante (ca.  siglos VIII-VI a.C.).

Por tanto, en este sentido las forminges tampoco deberán ser comparadas con las liras semitas. Más bien, en mi opinión, con las de las culturas “herederas” de la micénica (las mismas que dieron paso al período cultural denominado Geométrico, más sencillo y simple que el anterior en todas sus manifestaciones: pintura, cerámica, decoración, arquitectura, música). No obstante, en caso de que hubiesen sido importadas, la mediación de los fenicios cabría, llevando el cordófono hasta la Península como “producto de lujo”. Y ni siquiera en este supuesto se debería estimar una influencia musical de por medio, sino una música y una importancia “simbólica” pertenecientes a la costumbre propiamente autóctona.

A ello hay que sumar el hecho de que el grabado de esta lira no parece de influencia fenicia, sobre todo porque los cordófonos semitas poseían, por lo general, una silueta más compleja y puede que incluso tuvieran un mayor tamaño; y, en cuanto al número de cuerdas, éstos superaban con creces las 4 ó 5 de los cordófonos cretenses, chipriotas, o pre-tartesios. Es más, el problema de las cuerdas supone otro argumento en defensa de una lira geométrica y no “micénica” o “fenicia”. La hipótesis de Bendala es interesante, pero ciertamente confusa, hay que reconocerlo: si se trata de encontrar un antecesor extranjero a la phórminx de Zarza Capilla habría que mirar, no hacia lo estrictamente minoico o micénico (en cuyo caso las liras ofrecen un mayor desarrollo técnico), sino a lo que, insisto, esta cultura pudo dejar en herencia. Es decir, en el supuesto de que queramos establecer paralelos con los cordófonos egeo-mediterráneos, éstos han de ser posteriores al mundo micénico (Herakleion, Karatepe, Chipre), en los que el número de cuerdas ha de estimarse entre 3 y 5. Puesto que la lira de Zarza Capilla presenta, sin forzar la interpretación iconográfica, sólo 2 cuerdas, entiendo que la relación más apropiada para con la forminge extremeña es la que puede realizarse con respecto a los cordófonos chipriotas, minorasiáticos (et cetera), máxime si tenemos en cuenta que una diferencia de una o dos cuerdas ya no se hace tan grande como en el caso de las 8 ó 9 de las liras micénicas. Las fechas, entre los siglos X y VII a. C., también coinciden. No se trataría, por tanto, de una lira perteneciente al siglo XIV antes de Cristo, ya que hablar de una relación entre Micenas y la civilización pre-tartésica –remontándonos a épocas bastante anteriores al siglo XII a. C.– se admite, si bien estaríamos tratando con una fecha demasiado temprana como para que se llegara a ejercer un intercambio intercultural más allá del meramente comercial. Por otro lado, si pretendemos emparentar estas liras con un instrumento fenicio, como quiere Blázquez, tendríamos que hablar de 7 cuerdas (tal vez más), aparte de que éste, en términos generales, se caracteriza por su asimetría, rasgo que no se observa en las forminges.

Comunicadas Extremadura y Andalucía occidental sin género alguno de duda, para cuando los fenicios llegaron a las costas iberopeninsulares, allá por el siglo VIII a. C., encontraron a un pueblo con una tradición musical muy arraigada. La misma que describió “Homero” en sus poemas.

 


[1] Muy interesante es el trabajo de S. Celestino: Estelas de guerrero y estelas diademadas. La precolonización y formación del mundo tartésico (Barcelona, 2001), cit. en Almagro-Gorbea (2005:41-44).

[2] Con esta reflexión pretendo referirme a los instrumentos en sí mismos y a la música que con ellos se interpretase; y no al soporte en el son representados, ni a los demás enseres junto a los cuales suelen aparecer, ya que en muchas ocasiones éstos no son atribuibles a las culturas indígenas pre-tartésicas, sino que proceden del Levante mediterráneo. Es decir, el hecho de que en una estela funeraria se encuentren objetos como el “carro de guerra”, perteneciente a las tradiciones próximo-orientales, no significa que el resto del ajuar proceda del mismo complejo cultural. No obstante, hay que reconocer que las conclusiones elaboradas en este sentido pueden llegar a ser muy relativas.  

[3] Escritos egipcios hallados en los templos de Abú Simbel y de Luxor dejaron constancia de los nombres con los cuales se conocieron algunos de aquellos pueblos: los ahhiyawa o akawash (los “aqueos” que ocuparían Atenas), los danauna (“dánaos”), los libu, los lukka (“licios”, en Asia Menor), los meshewesh, los peleset (“filisteos”), los shardana (“sardos”, de Cerdeña), los shekelesh de la actual Sicilia (“sículos”), los seped, o los tursha (“tirrenos” o “tursenos” de Etruria). Parece que a mediados del siglo XII a. C. se produce una emigración de grupos de libu, meshewesh, seped y tursha, hasta las costas ibéricas, “tierras bien conocidas por su riqueza agrícola y minera por todos estos Pueblos del Mar, que un siglo antes habían emigrado de Grecia, especialmente desde los dominios de Micenas” (A. Montenegro: HE 2, 1998b:231). Eran los grupos étnicos que más tarde serían reconocidos por las fuentes clásicas como libiofenicios, mastienos o bastetanos, saephes y tartesios (según Schulten), respectivamente.

[4] Véase, por ejemplo, J. Mª. Blázquez (2003:331-2). Acerca de los dioses, santuarios y cultos semitas en el sur de la España prerromana se realiza un análisis más extenso en las páginas sucesivas, dentro de este mismo capítulo.

[5] José María Blázquez (1983): “Las liras de las estelas hispanas de finales de la Edad del Bronce”. Archivo español de Arqueología, 56 (pp. 213-219).

 

 

 



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