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Claudio Serra Brun

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Una Visita a mi Tío
By Claudio Serra Brun
Saturday, January 24, 2004


En memoria del periodista Héctor Míguez Colomer (HAMCO)
por ©Claudio Serra Brun
« Me quedaré dos días », le dije.
Un par de días largos, hasta la tercera mañana en que volvería a marchar desde esa polvorienta estación de tren, rumbo al sur...


« Me quedaré dos días », le dije.


Un par de días largos, hasta la tercera mañana en que volvería a marchar desde esa polvorienta estación de tren, rumbo al sur, con mis tres paquetes, la maleta, herencia de mi abuelo, con la que hice miles de kilómetros hasta que acabó años más tarde en París - honroso sitio para abandonar una maleta desfondada - , el cubo de libros, y la caja de cuadros de mi exposición itinerante de fotos y poemas.


Tuve solo un momento para pensar y saborear el aire fresco, en el andén de la estación de Villa Mercedes, mientras se acercaba mi tío, con su infaltable traje gris oscuro, sombrero de fieltro marrón, y fino poncho de hilo de un marrón más claro, recogido sobre el hombro, a modo de bufanda.


Era el primer punto de mi viaje triangular cuyo vértice siguiente sería Comodoro Rivadavia, al Sur, invitado por el Ateneo Literario a colgar mis imágenes y leer en voz alta mis poemas, mis libros flacos como barajas españolas, mi pretexto en la vida para ser yo mismo.


Mi tío Héctor Míguez sabía de paquetes, viajes y afanes, nada dijo a mis explicaciones, pero supe que estaba dejando la contestación para cuando llegásemos a casa. Con diligencia gestionó el carro en que portamos los bultos al coche: esos carros de estación del viejo ferrocarril Belgrano, toscos y de ruedas gruesas, como si fueran pequeños aprendices de vagones de tren. Con su sonrisa especial, un poco abultada a un lado de la boca en un atisbo de sorna, saludó al jefe de la estación, el viejo Hernández, intercambiaron saludos y chanzas amigables, dos viejos conocidos de más de treinta años, rodeados por aquel escenario indiferente y lánguido de la estación de tren en la vastísima Pampa.


Villa Mercedes, San Luis, provincia central y mediterránea de Argentina, rodeada de polvo, espinos, al final por el oeste de la Pampa Húmeda. La tierra aquí se abre en grietas riquísimas por donde circulan los hilos de agua a embalses pequeños, atesorados entre las lentas pendientes y mesetas que anuncian el nacimiento de los Andes. La energía intelectual de mi tío, el afán por hacer cosas, por construir la urdimbre humana, social, chocaba con el desamparo de los hombres frente a la naturaleza portentosa, inmensa. «No me digas nada, ya sé, querrás descansar, echarte un rato. ¿No has descansado en el tren? ¿ O acaso venías conduciéndolo ?» - me dijo. «Vamos a casa, dejamos el equipaje, tomamos unos mates, recoges lo necesario de la maleta y nos vamos de viaje».


Mi llegada a Villa Mercedes en aquél invierno del 76 era igual a otras anteriores, inundada de luz seca, concisa como el aire puro, con sustancia reconocida, y nada más que la materia anteponiéndose a todo, la materia viva por delante de todas las cosas.


Despues de breves saludos por el pueblo, llegamos a la casa, y en un rincón del despacho de mi tío dejé los fardos de mi viaje, cubiertos de una tenue película de polvo, que se acentuaba con la luz de la mañana. Allí el mate, yo sentado y él de pie, yendo y viniendo con varias conversaciones a la vez, unas conmigo y otras con su empleada del negocio familiar, María, sobre la marcha de las ventas de las enigmáticas «Flores Puntanas», nombre comercial de sus perfumes, uno de los tantos productos de su Almacén - Papelería y Ramos Generales, con sus depósitos cubiertos de estanterías laberínticas donde dormían desde mates torneados en madera de Quines, hasta cartapacios comerciales de Buenos Aires.


«La vida, querido Claudio, no es ese perseguir ideales que vos llevás, en pos de no sé qué ilusión estética, por caminos intelectuales; o no es solamente eso. La vida es la lucha contínua con la materia de todos los días, con los demás, con los medios con qué llevar a cabo eso que vos buscas en un plano ideal». El mate era como una bendición, un bautismo renovado, con el verde sabor de aquéllas plantas menudas que veía desde el tren, achaparradas junto a las piedras, y aunque la yerba misionera fuese de tan lejos, sabía al gusto último del aire que se colaba por las rendijas de la ventanilla, al amanecer: La tierra que me anunciaba por adelantado este momento, de estar tomando unos mates con mi tío, y de aprender a defenderme, en la lucha dialéctica con la que cariñosamente me ponía a prueba. «Voltaire, los grandes franceses, el siglo de Oro español, todo lo que vos admirás y que todavía no has leído cabalmente, tiene detrás de sí un mundo, una historia terrible de sangre y lucha para llegar a ser lo que fue, para llegar a esa cima de la razón que todavía hoy nos enseña. » - «Tío Héctor, estoy de acuerdo con todo lo que decís, ahora, no me pidas a mí, con veinte años, que no haga mi propio camino y mi propia experiencia de la vida, ya sé que no comeré ni progresaré con los poemas o con las fotos, pero es lo que me gusta hacer y no pienso dejarlo por nada» - le contestaba, en una inútil defensa.


Poco más y ya estábamos en el coche, un Ford, («el mejor para estas rutas»), y aunque nombró varios pueblos y gestiones, sin atenderle mucho me ví con mi bolso de las cámaras y una muda de ropa en un nuevo viaje de mi tío, que era al fin de cuentas lo que yo buscaba, el hacerme a la mar, a la vida.


Tomamos rumbo norte. Los matorrales, los plantíos, la interminable calzada azabache y la mañana de invierno con el sol alto - « se ha hecho muy tarde » - , todo era corpóreo como la charla con mi tío.


«Paremos aquí, tengo que saludar a Herminio » dijo. Era en La Toma, al recodo de la calle principal se alzaba una pulpería, almacén de ramos generales del campo, atendido por Herminio Contreras y su familia. El amable Herminio nos hizo pasar a la trastienda, que era el comedor de su casa particular, y daba al costado de la entrada al negocio. Las ventanas con los balconcillos de planta baja estaban abiertas al sol de la mañana.


«Traigo a mi sobrino de Buenos Aires, para que conozca la provincia, es fotógrafo» dijo mi tío, ante la inmediata sonrisa de aprobación de nuestro anfitrión. - «Así que es usted fotógrafo, pues aquí verá poca cosa de interés. Don Míguez, ¿porqué no lo lleva al embalse, donde encontrará lindos paisajes ?» - «Gracias señor - le dije - , pero lo que me interesa es retratar algunos personajes del pueblo, gente típica de estos pagos ». - «Como no sea el viejo Hilario, que va siempre por el bar de la plaza, aquí no encontrará mucho de su interés, y si lo encuentra al viejo, con unas copas de vino le recitará de memoria unos versos que él hace» - repuso.


Entonces entró la hija, despacio, con un mate de plata en la mano, directa hacia mi tío. Casi sin darme cuenta tuve al poco sus manos cerca de mí, ofreciéndome el mate, y al tomarlo yo, retraerse esa mano fina y levemente morena, buscando a su par, lánguida en la falda. Mientras tomaba un sorbo me crucé con sus ojos negros, húmedos, que bajaban la mirada con gracioso recato. Recuerdo el sabor de ese mate, dulce y mentolado, su mirada fugaz, los labios tiernos, el cuello acompañado por el pelo negro recogido.


Turbado, no hubo para mí otro motivo de atención en esos momentos, hasta que me ví de pie saludando al señor Herminio y buscando con la mirada el fondo de la estancia, a ver si aparecía ella, para retenerla un poco más en mi recuerdo.


Ante lo imposible, me hizo bien salir afuera, tomar el fresco. Dejé a mi tío haciendo sus negocios, tomando nota de los pedidos, y me fuí a pasear un rato.


Al bordear la esquina tuve todavía la esperanza de verla, en los fondos de la finca, y soñé con un instantáneo flechazo y algún beso de amor, separados por la tapia baja de la huerta. Nada de eso hubo; sí una niña, jugando en un potrero: La saludé, y me miró fijamente, con temor; hice una foto, una sola foto redonda y perfecta, me impresionó que tan así, a la primera, saliera lo que quería, que no hice más, guardé la cámara y volví por donde había venido.


Seguimos viaje. Ya casi al mediodía, en una recta larga del camino, después de un silencio, mi tío me dijo: «Claudio, ¿sabías que tu padre estuvo por aquí?». Me quedé helado. Mi padre muerto hace tantos años, yo pequeño, tantas imágenes luminosas se agolpaban en mi memoria. No, no lo sabía. «Te voy a contar la historia. Esto creo que no lo saben ni tu hermano, ni tu madre se acordará».


De pronto el paisaje había cambiado, todo se hizo blanco, amarillo, la arenisca invadía la cinta negra de asfalto. «De aquí a un rato nos desviaremos a la izquierda, a un pueblo que se llama Washington, sí, como te suena, igual que la capital de los Estados Unidos, y quizá por un deseo de algún político del siglo pasado de emular a la gran potencia del Norte. Allí hay un almacén atendido por un catalán que era paisano de tu abuela, de Barcelona, y es adonde tu tío Federico y tu padre José María vinieron a trabajar, apenas llegados de España. José María era muy joven, y hacía de secretario del dueño, para los recados y el trabajo de la tienda, y Federico llevaba la contabilidad. Estuvieron una temporada, y en vista del poco progreso de su situación, volvieron a Buenos Aires con lo poco que habían ganado. »


Mi padre había estado por aquí, casi era un sueño, como tantos que envolvían el pasado de mi familia inmigrante, los sufridos trabajos de mi abuela y sus cuatro primeros hijos, las pocas y esquivas referencias que había oído de aquéllas noches en vela cosiendo, el primer empleo en una panadería de mi padre jovencito, arqueado sobre los sacos de harina sin poder levantarlos. Nos dirigíamos al novelesco pueblo de Washington, y me daba vergüenza mi condición presuntuosa de artista y fotógrafo, las cámaras que llevaba, los carnets y tarjetas de mi billetera vacía. ¿Qué haría yo con esta pinta frente a quienes conocieron a mi padre?.


El almacén, en una esquina, estaba cerrado, la persiana baja, oxidada.


Mi tío golpeó en la chapa, y a unos treinta metros se abrió una puerta, y una mujer hizo señas desde allí. -«Buenos días, señora, ¿no está don Fortuny ? » Mi tío no había ido a este pueblo desde hacía veinte años. ¿No me conoce? Soy Héctor Míguez, de Las flores Puntanas, de Villa Mercedes. » La señora asintió con una sonrisa. -« Claro que me acuerdo de usted, don Míguez. Mi marido murió hace diez años, y desde entonces no me ví con coraje de sacar el negocio adelante, y lo cerré, casi desde el día de su muerte están las persianas cerradas, no pude hacer más, lo siento» - «Señora, mi pésame por su marido, yo sólo quería mostrarle a mi sobrino el lugar donde había trabajado su padre, José María Serra Bertrán, se acuerda de él , que estuvo con su hermano mayor, trabajando aquí casi un año, les llamaban los catalanes» . - «¡Uy, me acuerdo de ellos, pero eso fue hace mucho tiempo!» , replicó la mujer. «Pasen, pasen, disculpen el desorden» . -«¿Señora, le importaría que echemos un vistazo a la tienda?», insistió mi tío. «Si es lo que ustedes quieren, pero está todo muy abandonado, piense usted que hace diez años está todo cerrado, sólo los productos perecederos hemos quitado».


Por la puerta lateral entramos a un ambiente en penumbras, la mujer abrió un postigo y la luz se coló formando una pirámide blanca, suspendida del rectángulo del marco sin vidrios.


Adentro todo estaba congelado en el tiempo: Los papeles del escritorio alto de la contabilidad, los lápices, el mostrador con los géneros de venta, las estanterías a medio vaciar, todo cubierto por una gruesa capa de polvo tenue y delicado, que se deshacía al tocarlo, se volatilizaba.


Rompiendo la impresión, mi tío me dijo que hiciera alguna foto; con mano temblorosa intenté enfocar el contraluz irreal que veía detrás del objetivo. La mujer contó brevemente otra vez su decisión de dejar todo como lo había dejado su esposo muerto, como disculpándose de ese acto de amor y memoria, a nosotros, que veníamos por otra memoria del pasado, a tocar con respeto ese escenario incólume al tiempo.


Nos despedimos con agradecimiento, conmovidos.


Me quedé mirando esa esquina, los perfiles pardos de la cal envejecida por el polvo y el viento.


Le pedí a mi tío ver un poco el pueblo, hacer unas fotos; él se inventó una excusa para dejarme solo, quedamos en encontrarnos en la plaza en media hora. Yo sólo quería caminar, en la soledad del pueblo en la tarde nublada, para poner algo de orden en mis sentimientos ante lo visto.


La gente de campo vuelve a los pueblos al cabo de la tarde, desde los trabajos, las haciendas.


Ví al pueblo tan solo, que quise regresar. Pero al volverme me dí cuenta de que una mujer me miraba, a la vera de su casa, con un perro mudo, viejo como ella, y las jaulas de pájaros sacadas al patio, para que también los enjaulados animales vieran el paisaje. «Buenas tardes» , le dije; la anciana se adelantó un poco, como para hablar. - «Buenas tardes, señor. ¿Busca a alguien?». - «No , pasaba por aquí, estoy de visita. Me esperan en la plaza, ¿es por allí, no?». No sabía qué decirle, demudado por mi ahora doble impresión. - «Sí, es ahicito nomás».


La mujer alargó el brazo flaco, la mano extendida, los dedos pegados unos a otros, la palma hacia mí: Un brazo tallado en madera de un Cristo románico fue lo que ví.


Giré la cabeza siguiendo la dirección a mi pregunta obvia, y cuando volví la mirada ella seguía mirándome, ahora recogiéndose el pelo encrespado por el viento. «Me permite que le saque una foto, señora? Yo soy fotógrafo y estoy sacando fotos del pueblo; le prometo enviarle una copia si me da su dirección». La mujer contestó: « Si a usted le sirve para algo...». - «Por favor, es solo un momento ». Hice dos tomas, un plano general, y un primer plano de su rostro inmóvil, la mirada fija, esperando. Tomé nota de sus señas: Doña Tomasa Aguilar, Callejón de la Plaza, Washington.


Mi tío hacía rato que estaba con el coche en marcha, de pie, apoyado en la puerta abierta.


Volvimos a Villa Mercedes, contándome él las anécdotas que el paisaje le iba convocando en su memoria.


Un arco de tiempo de sesenta años, más amplio que el horizonte, se reducía a un instante, al brillo de unos ojos vivaces, a la vehemencia de una mano que soltaba el volante para empujar en el aire el signo de las palabras.


Llegamos de noche cerrada.


Mi tía Dora había dejado la mesa servida para los viajeros: La tortilla, el pan, la tabla de fiambres, el frasco de las perdices en escabeche, la botella de vino.


Tiempo después le envié una foto pequeña, revelada por mí, a doña Tomasa Aguilar.
La chica de las hermosas manos, sigue ofreciéndome un mate en sueños.


No he vuelto a Washington, aunque sí a Mercedes, siempre que puedo.


Y recuerdo cada palabra de mi tío en ese viaje, y cada gesto esculpido en el aire.



Yo sigo recorriendo los días, la vida.


Y he cambiado. ____________________________________________________________


Barcelona, 1995. © Claudio Serra Brun

       Web Site: Poesur



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