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Rafa Martin

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La bala perdida
By Rafa Martin
Monday, December 03, 2007

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Un verdadero escritor sólo fracasa si no escribe.

LA BALA PERDIDA

Pasaron los días, y Lee Ford, o al menos ese era su último seudónimo, tuvo que asimilar que aquellos personajes que salían por televisión, brindando y recibiendo su cheque, eran los ganadores del gran concurso literario. Se le había olvidado en qué fecha andaba -enfrascado en las hazañas de su segunda novela- de no ser porque a esa altura del mes ya se le acababa la pensión. Aunque no tenía teléfono móvil, y le habían cortado el fijo, la editorial podía haberle escrito para no hacerse ilusiones, al menos por cortesía, puesto que él se había molestado en hacer copias a máquina, un encuadernado artesanal, y había cruzado la ciudad hasta entregar los ejemplares en persona.
“La bala perdida”, novela de toda una vida, merecía, cuando menos, un accésit, pues iba a convertirse en la obra que hiciera resurgir por fin el género del Western. Quién sabe si el detonante de una saga mítica, cuyo primer párrafo, de memoria, aún emocionaba al autor:
“Sam sintió un latigazo en el hombro y se abrazó por instinto a las crines de su caballo. Sintió infinito dolor, que se fue diluyendo en ese aroma familiar a pólvora y sangre, como si volviera al lejano día en que su padre lo enseñara a disparar por primera vez”
Orgulloso y decidido, rumiaba si habrían amañado el premio igual que otros años, llamó reiteradas veces desde una cabina con la poca calderilla de que disponía, obtenida de mendigar por las estaciones de tren. Una secretaria, con voz sensual pero modales de cantina, lo atendió al fin, paró el suplicio de la inquietante melodía del auricular, pero confirmó sus sospechas. Después de disculparse con devoción, la señorita negó conocerle, recalcó, incluso con gritos, sin perdonar una moneda del voraz teléfono, que no poseían ningún original que correspondiera con su plica. Alguien le había tendido una trampa.
Con paso firme, mientras se dirigía a la sede del imperio del libro, Lee Ford pensó que, si un director le pidiera consejo para la versión cinematográfica, George Clooney daría la talla en el papel de Sam, pues entre los insulsos actores vivos, le recordaba un poco al último Gary Cooper. Si fuera una producción europea, más almeriense, porqué no un Eduard Fernández, o un Bardem, que se adapta tan bien a todo. La historia sería taquillazo seguro, un forajido por un crimen que nunca cometió, la chica que le cura las heridas (¿Scarlett? ¿Penélope?) y lo protege del caza-recompensas, su captura por culpa de un delator, el linchamiento y la redención final, espléndida.
Vio girar las manecillas de un reloj con números romanos durante todo el día, en una sala de espera donde le advirtieron que no iban a atenderlo, y menos sin cita previa. Ofuscado pero con temple, no se movió de su plaza en el sofá. Al final de la baldía jornada apagaron las luces, y los de seguridad recogieron a Lee de la penumbra, solo entre sus ronquidos y un apático tictac. Al día siguiente insistió con sus mejores modales, pero ya le negaban la entrada. Así que pasó a la acción, buscó cómo colarse por la escalera de incendios, y apareció de nuevo ante los ojos de la quemada recepcionista. Implacable, lo amenazó y llamó a sus pistoleros, y ante el escándalo de la situación, un hombre corpulento y trajeado, con barba blanca y ojos tristes, se acercó a interrogar a la joven.
El tipo, serio aunque educado y amable, lo invitó a que lo siguiera por un laberinto de pasillos hasta llegar a donde se hallaba su original. En un cuarto amplio y ruidoso recogían en bolsas de basura cuanto papel deglutía la gran máquina, que reducía a jirones las esperanzas de cualquier relectura. Aquel hombre con las mismas ojeras de Sergio Leone, chocó su mano sin pulso, le deseó suerte y lo acompañó a la salida.
Lee revolvió angustiado su apartamento en busca de notas, documentos o borradores de su novela: entre los ejemplares desperdigados de Silver Kane, en el canasto de la ropa sucia, bajo los imanes de la nevera, en la basura de varios días... Sólo a alguien como él se le podía olvidar guardarse una copia. No encontró gran cosa, pero a medida que releía sus anotaciones y garabatos en el margen de algún libro, llegaban las imágenes de su naufragio, lloraba conmovido y recordaba cómo dio vida a Sam, el sol abrasador sobre aquél árido terreno, sólo regado con su sangre, la lucha por salvarlo de la horca en el último momento, y la felicidad que compartieron.
Abrió el cajón con llave de su mesa escritorio y tomó uno de los puritos en lata café crème, que guardaba para las ocasiones especiales. Alargó su brazo hasta el fondo y empuñó su más preciada joya, una réplica exacta del Colt 45 Pacemaker, el especial de la caballería, el que ganó el Oeste, y apretó con determinación el gatillo. La llama encendió a la primera, como siempre, y después de las primeras volutas de humo, Lee escribió en un papel en blanco: La bala perdida. Capítulo Uno.


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