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Mois Benarroch

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Entrevista con David Wapner
By Mois Benarroch
Tuesday, March 25, 2008

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Entrevista

Articulo

Entrevista a Mois Benarroch, poeta y escritor

“El otro oriental, para el occidental, no es
más que una idea, un concepto, y no un humano”

Por David Wapner

Introducción

Luego de este mes, mes y medio, sangriento y desgraciado, hoy se habla de la posibilidad de que Egipto, como mediador, logre un acuerdo de cese de fuego a largo plazo entre Israel y la organización Hamas, que controla la franja de Gaza.
La situación da para todo, cualquier cosa puede suceder, cualquier escenario es posible, pero algo sí está claro: la “opinión pública” es cada vez más escéptica y de derecha.
No voy a escribir la crónica periódica de los desastres, no creo que sirva ahora,  más que para suscitar reacciones pablovianas: ¡qué terrible-qué bárbaro,-criminales-asesinos-terroristas-usurpadores-judíos de- árabes de-fascistas-fanáticos-traidores-mártires.  Y luego,  nada. No sucede nada. Nadia hace nada, porque a nadie le importa nada, ni los palestinos, ni los judíos, a favor o en contra de cualquiera: la saturación de información ha hecho lo suyo y neutralizó el conflicto, que, como tantos otros, se desangra dentro de su cápsula.

¿Qué gente vive en este país, del que tanto se habla, del que tanto se cuentan los palestinos que mata, y los propios que a su vez son matados por los palestinos?

Pensé que una forma de intentar dar a entender lo que sucede aquí,  y tratar de entender yo mismo, es escuchar a los israelíes.
Opté, entonces, por una serie de entrevistas  a —por ahora— artistas, escritores, músicos, y otros, relacionados de alguna u otra manera, con esta zona, que es en donde yo me muevo.
Gente que, por alguna u otra razón, no ocupa el centro de la escena. Nativos o veteranos valiosos, que actúan en el margen, por voluntad propia, o a su pesar.

Esta serie da comienzo ahora, con la entrevista al poeta y novelista Mois Benarroch.
Continuará, en un par de semanas, más o menos, con un joven dramaturgo.
Luego, un saxofonista etíope de jazz.

Ya está.
Se largó.
Es lo mejor que puedo hacer ahora.
[Mois Benarroch (Tetuán, Marruecos, 1959), vive y escribe en Jerusalén. Lo conocí hace ocho o nueve años, luego de haber leído poemas suyos en una revista de la Universidad Nacional de Chile. De hecho, pensé que se trataba de un poeta chileno; luego, tras buscar su teléfono y llamarlo, me sacó del error. Según difiera el punto de vista, hablamos de un poeta y novelista israelí, o marroquí, o magrebí y, aún, español, y a todos estas aproximaciones tiene derecho. A los 19 años comenzó a escribir poesía en hebreo, su lengua adoptiva, luego de haber escrito sus primeros poemas en inglés. Mucho más tarde, luego de editar en España “Esquina en Tetuán”, poemas escritos en castellano, y una traducción del hebreo de la novela “Lucena”, se animó, por fin, a escribir una novela en lengua materna, “En las puertas de Tánger”, que acaba de publicar la editorial española Destino. 
Fuerte crítico de la sociedad israelí, de su cultura, y, en especial, de su literatura, la calidad de su obra es reconocida por figuras como los poetas Natan Zaj o Yitzak Lahor. Se ha escrito y  hablado sobre él en los principales medios de Israel, y alguien lo ha calificado como “el Bukowski israelí” (a propósito, Benarroch tradujo más de cien poemas del autor norteamericano). Pero sus libros no circulan en Israel, y Mois se siente invisible en este país.
Sobre mucho más que estos temas, Mois Benarroch habla, fuerte y en extenso, en esta entrevista, que realizamos a principios de marzo, por correo electrónico, cada uno, desde su casa (la mía es en Bat-Yam, vecina a Tel-Aviv).]
Mois, toda tu obra, tanto la escrita en hebreo como en castellano, se puede leer como un corpus descompuesto en fragmentos, cada uno de los cuales, ya sea en forma de poema, relato o novela, tiene asignado la misión de contar, desde ángulos diferentes, pero con recurrencia, lo mismo: la ida y vuelta desde el origen, Tetuán, hasta el destino no elegido, Israel de una identidad que se escapa: cuando querés agarrarla en Tel Aviv, ya se te fue para Tánger, y cuando te apurás para interceptarla en Marruecos, seguro voló para Madrid. En ese juego están Mois-Moshe-Mois, por un lado, y España-Tetuán-Israel, por el otro. ¿Es así? ¿Qué pasa con esa identidad?¿Qué le sucede? ¿En qué planos se mueve?

Llegué a Israel en 1972, a los trece años, y en diez años, hasta 1982, viajé tres largos viajes a Madrid, donde estaba mi familia y muchos de mis amigos de infancia. Después dejé de viajar a España hasta 1999, 17 años. Desde entonces he viajado ya cinco o seis veces a España. Ese lapso de diecisiete años era un intento (o por lo menos ahora me doy cuenta de eso) de dejar de compararme con mí mismo, con mis vidas paralelas. Desde que nací viví en un ambiente esquizofrénico de inmigrante, era evidente que mi familia estaba durante toda mi infancia preparándose para emigrar, pero no se sabía adonde, a veces se hablaba de Francia, Venezuela, España, Canadá, y, claro, Israel. Pero vino la literatura y empezó a meterme con todos esos personajes que fui y que no fui a la vez, el Mois que se quedó en Tetuán, en Marruecos, el que se fue a Madrid, o a Canaria, el que se fue a Estrasburgo, el que se fue a Caracas, o a Montreal, todos esos personajes empezaron a salir en mis libros, y no tuve más remedio que dejarlos hablar, porque si no era yo el que me iba a ahogar. De esos años de búsqueda, entre el 1994 y hasta hoy, escribí las novelas “Llaves de Tetuán” que no ha sido publicada en castellano, “Lucena” que fue publicada en 2005 (lf ediciones), y la última “En Las puertas de Tánger” que acaba de salir en la editorial Destino. En ese viaje, que no solo fue literario, cambie de lengua y me pasé a escribir en castellano, fui volviendo a Madrid y a España, y también volví por primera vez a Tetuán, y me cambie, o más bien me descambie, de nombre, y de Moshe volví a ser Mois. Mi identidad ahora incluye muchos más parámetros, y muchos más grupos y geografías y creo que en ese proceso me he vuelto más rico y que mi literatura ha ganado mucho con todo esto. Aunque mi cuenta de banco esté peor.

Pero en “En las puertas de Tánger”, llevás el tratamiento de esa multiplicidad a un paroxismo paródico. Construís, con cada alter-ego, con cada variable, una comedia de estereotipos: el antagonosmo sefaradí-ashkenazí, él médico alópatico-homeópático,el escritor (frustrado, no frustrado), el sionista, el antisionista, la pareja que hace el amor: todos hablan como la caricatura de sì mismos. ¿Creés que esta vuelta de tuerca que le diste a estos temas, que son tus obsesiones —precisamente en este libro. que es tu desembarco en España, de manos de una editorial importante— implica un quiebre con respecto a tu obra anterior? ¿Con respecto a tu idea de la identidad?

Cada uno como lo ve. Lo primero que me gustaría decir sobre “En las puertas de Tánger”, es que me divertí bastante escribiendo esta novela y es una de esas novelas que casi se escribió por sí misma. La escribí en un tiempo record de 11 días. Bueno, no exactamente, porque la llevaba en mí ya un año, y la trabajé desde un folio en el que ya estaban todos los personajes y todos los viajes y las vueltas y revueltas de cada uno. Lo que tú llamas caricatura creo que una forma de ver la vida muy magrebí que consiste en siempre ver lo que haces y verte al mismo desde afuera y reírte de todo. Eso parece poco serio para el israelí, después del lavado de cerebro occidental que ha pasado en el que uno debe siempre hacerlas cosas en serio. Es también una defensa ante la realidad. Creo que con “En las puertas de Tánger”, se acaba un ciclo y un proceso importante de mi vida, y creo que gracias a ese proceso asumo mejor mi identidad, o más bien dicho: mis identidades. Yo creo que la palabra identidad es un poco dictatorial, ser idéntico, ser identificable. Me gusta más la noción de pertenencia, de pertenecer, uno puede pertenecer a varios grupos y a varias identidades y el grado de pertenencia también puede cambiar, tú puedes ser un día argentino, el otro israelí, otro judío y otras tantas cosas, puedes sentirte el día de un atentado más judío y menos argentino, al igual que cuando pasa algo que te toca en Argentina te puedes sentir más argentino. Y creo que el siglo veinte ha dejado a muchísima gente en una situación de inmigrantes e hijos de inmigrantes, en la que las definiciones de identidad no pueden definirlos. Lo de las obsesiones, sí que son obsesiones y soy de la escuela de Sabato en la que uno tiene que escribir sus obsesiones, porque lo demás es estética o escribir bien o mejor, pero no escribirse a si mismo. Las obsesiones, por otro lado, nunca se acaban, siguen viviendo y visten trajes nuevos, cambian y siguen iguales. Con eso te digo que no veo la novela como una comedia, y menos de estereotipos, tal vez una tragicomedia, pero ni eso. Hay humor en el libro y espero que el lector lo perciba, pero no es una novela de humor, creo que más que nada es una descripción de la realidad marroquí a través del siglo veinte, y al final del siglo veinte.

Tu respuesta me lleva a dos preguntas, Mois: vos hablás del lavado de cerebro occidental que sufrió Israel. Pero es, justamente desde una perspectiva occidental, que el humor se lee como paradoja que potencia una manifestación “seria”, en literatura, en el arte.  Entonces, a Israel, al Israel que te lee, le sucede algo más: ¿cuál es el problema del israelí? ¿Quién es el israelí? Y, luego, ¿qué es el marroquí? ¿En donde está tu Marruecos? ¿Qué Magreb te entiende, adónde queda? En tu novela, Tetuán, Tanger, sus olores, son lugares que residen más en la memoria que en el mundo tangible. O en la memoria de la lengua. Si querés, también hablame de tu lengua materna puesta en acto, ahora que escribiste en castellano para España, para una editorial de allá, para el lector español.

Un cerebro occidental me parece una noción exagerada. El primer problema con mi encuentro con la sociedad israelí es la forma en la que me define, y eso sin preguntarme. No veo en qué el marroquí no es occidental, y menos el marroquí de Tetuán, pero sin entrar en muchos detalles, el judío urbano marroquí es occidental y piensa de forma occidental. Lo que no es euro céntrico, no puede serlo. Por eso el lector israelí no puede entenderme, porque su noción de identidad es la del nuevo judío sionista, de un judío sionista que rechaza y anula la diáspora, y toda su riqueza, cultura y complejidad. Lo que existe de la diáspora es sólo lo que justifica el estado sionista, lo otro es deplorable e inútil. Bueno, el marroquí es muchas cosas, y muy contradictorias. Estoy leyendo una antología muy interesante que acaba de salir en Inglaterra que se titula “If Salt Has Memory” y allí el escritor Andre Aciman que nació en Alejandría, cuenta como vivía en Egipto a Paris, a Europa, y como al llegar a Europa siguió viviendo su Alejandría. Mi Marruecos esta finalmente en lo que escribo, porque mi Marruecos sin judíos, mi Tetuán limpia de judíos, ya no es mi Marruecos, ni puede serlo. El judaísmo marroquí era un judaísmo comunitario, y existía en dependencia de la existencia de su comunidad, lo que quiere decir que sin comunidad es algo que ya no existe. Este judaísmo no es un judaísmo de ideas, es un judaísmo de vida diaria que se crea cada día. Ese dejo de existir, lo que existe ahora es un judaísmo en exilio. Volví a escribir en castellano en 1997, en Paris. Desde entonces no he vuelto a Paris, a pesar de que antes viajaba a Paris muy a menudo y en cada oportunidad, cuando podía. Me gustaba la soledad de Paris y ella me devolvió mi lengua. Desde entonces he publicado en España un poemario y dos novelas que han sido bien recibidas.
Yo en España, me siento muy bien, bueno, hasta que empieza alguien a hablar de Israel y sobre todo hasta que tengo que oír frases como “Estáis perdiendo el derecho de existir”, me siento bien en la vida diaria, en las tapas y en el encuentro diario con el otro. Eso no me hace dejar de ver que España sigue siendo un país muy antisemita, y a veces hasta los que se ocupan de cultura sefardí tienen ideas muy antisemitas del judío. Creo que sobre todo, el paisaje geográfico de mis libros incluye sitios que son conocidos por el lector español, ya sea Tánger o Tetuán, para el israelí son algo que existe detrás del monte del fin del mundo, o sea que no existe en el mapa del israelí. En la presentación de “En las puertas de Tánger”, el escritor marroquí Abdelkader Chaui y el periodista Javier Valenzuela se disputaron si mi novela era una novela marroquí o española, y Valenzuela llegó a decir que hasta es una novela andaluz. Tetuán es un pueblo andaluz, en todo lo que se puede definir como andaluz. Y me siento muy bien publicando en España, en una época que creo que es de las mejores para la novela española, yo diría que hasta una época de oro. No  sólo los más conocidos como Almudena Grandes y Javier Marías han publicado  muy buenas novelas en el siglo XXI, sino que autores menos famosos como Ramiro Pinilla, con La Higuera, e Hidalgo Bayal con “Paradoja del interventor” han publicado fabulosas novelas. Podría citar a muchísimos más novelistas, como Esther Bendahan, Adolfo García Ortega, pero vamos a pararnos aquí. Lo que más leo en estos últimos años es narrativa española y me parece genial.

Vuelvo sobre una pregunta: ¿cómo te sentís escribiendo en castellano, ya metido de cabeza en el idioma? ¿Qué diferencias notas entre tu capacidad expresiva en esta lengua y el hebreo?

Me siento bien, aunque ahora cada vez que voy a escribir algo tengo que pararme a pensar en qué idioma escribo. No fue un proceso fácil, ni tampoco lo recomiendo a nadie. Creo que todo empezó cuando leí una entrevista con Tahar Ben Jelloun en la que le preguntaban por qué no escribía en árabe, y dijo “La quéstion est resolue”, o sea, el problema está ya resuelto, o sellado, porque uno toma una decisión y la sigue. Y puedo recordar que físicamente sentí que mi cuerpo se revelaba contra esa resolución y ese sello, y dije que no, que la cuestión de mis lenguas no estaba resuelta. Ahora, aunque parece evidente, mi español, a pesar de ser mi lengua materna es un español de calles y de casa. En Tetuán, en la Alliance Francaise, como buen instituto colonialista francés se enseñaba todo menos el castellano. Todas las clases se daban en francés. Aprendíamos muchas lenguas, habían clases de inglés, árabe, hebreo, pero no de castellano. A pesar de que todos los alumnos y casi todos los profesores hablaban castellano en el recreo, todos chillábamos en castellano. Así que era la lengua de casa, la lengua de la calle, la lengua de los amigos, pero no la lengua de la sintaxis y de la gramática. Hasta hoy sé mucho más de gramática hebrea y francesa. y hasta inglesa, que de gramática española. Todo eso tuve que aprender por mi cuenta en estos últimos años y hasta ahora me siento inseguro de mi castellano. He terminado hace unos días una novela enorme, la mas larga que he escrito, casi 500 paginas, y que sólo existe en versión española. Se llama “Amor y Exilio”, y casi tengo terminada una novela corta que se titula “El expulsado”, así que se puede decir que casi todo lo que he escrito en los últimos años en prosa lo he escrito en castellano. Escribí una novela corta en hebreo “El argentino” el año pasado pero en esa novela hay una discusión del narrador con su lengua y escribe en hebreo para escaparse del castellano. Tal vez era eso lo que me pasaba a mí hasta hace unos años. En poesía he escrito más en hebreo que en español en los últimos dos años, pero no he escrito mucha poesía. De lo que va de la trilogía (o más bien el tríptico) publicada, “Llaves deTetuán” la escribí en hebreo, “Lucena” empecé a escribirla en castellano y  me pasé al hebreo y al final la versión que se publicó en español es una traducción del hebreo (De Roser Lluch Oms), y “En las puertas de Tánger” la escribí en hebreo y después escribí la versión española, que es diferente de la versión hebrea, es un poco complicado describir en una lengua cómo los personajes hablan en otra, y creo que finalmente sólo en español muchas cosas de esta novela toman sentido. Si alguien la traduce a otro idioma prefiero que lo haga desde la versión española. Para terminar de responder a tu pregunta, creo que hoy por hoy me expreso igual en español que en hebreo, una mejor técnica del hebreo se ve compensada con una sensibilidad más profunda del español. No me planteo cómo esto se desarrollará en el futuro, tal vez cambie y vuelva al hebreo, tal vez siga sólo en español, o tal vez siga mezclando las dos lenguas. Dejaré a mis intuiciones decidir.

La primera vez que leí un poema tuyo, creí que se trataba de un poeta chileno, ¿qué explicación medarías ahora, años después? ¿Cuáles son tus referentes, en poesía y narrativa, en cualquier lengua?

Yo me acuerdo de ese mensaje electrónico, hará de esto diez años, o tal vez ocho, algo así, y que te respondí que “todos los poetas somos chilenos”. Bueno, técnicamente, lo más probable es que pensaste que era chileno porque los poemas aparecieron en una página Web de una universidad chilena, además eran traducciones de Oscar Aguilera y no originales mías, o poemas originales míos, y Oscar Aguilera es un profesor de universidad chileno. Más allá de eso, creo que en toda época he vivido con un poeta chileno como libro acompañador, el primero fue Neruda, después vino Parra, después Huidobro, y estoy dispuesto a defender que “Altazor” es el mejor poema épico de la lengua castellana, y estos ultimo años es Gonzalo Rojas. Yo, en los ochenta ya leía mucha poesía chilena y sudamericana, gracias a muchos inmigrantes amigos de Argentina, Uruguay y otros países sudamericanos. Creo que los chilenos siempre me impresionaban por su castellano que era el mejor de todos, algunos hasta pronuncian una v diferente de la b. Con eso ya me difería de mis compatriotas, que en esa época no sabían gran cosa de la literatura hispana y hasta hoy saben poco. La tendencia aquí siempre fue rusa, mucho Pushkin, algo anglo sajona, alemana, pero poco hispana y un poquito más francesa. O sea que también lo occidental en Israel es de solo una parte del occidente. Recuerdo que hace un par de años estaba en un café con Natan Zach y tenía en su mano un minúsculo poemario de Neruda en hebreo, y vino un poeta famoso que prefiero no decir su nombre, y dijo, “Oh! Neroda”, en hebreo se pueden confundir la o y la u, no sabía ni quién era. Lo peor es que aún hoy la poesía de Neruda casi no está traducida al hebreo (No como por ejemplo la de Pessoa) y es algo triste, hay una traducción mala de 20 poemas de amor (el traductor apenas sabía español y la traducción es de otras lenguas) y el poemario citado de unas treinta paginas, tal vez un tercer volumen que no recuerdo. De Huidobro nada, y creo que de Parra un minúsculo libro de poemas. Bueno, de Rojas, Oscar Hahn, y muchos otros nada de nada. Hay mucho que hacer en ese tema. Entonces vino el boom y algo cambió, con Borges y Cortazar, también poco traducidos y mal, aunque García Márquez, ¿cómo no?, es un gran éxito aquí. Otros han sido traducidos, como Sabato, pero parece que no dejan huellas profundas. Siempre he leído mucha poesía en castellano, y otro tanto en ingles, me gustaban los beatniks, y Bukowski, y Ignatow, y muchos más. De los israelíes también voy por la poesía y creo que la prosa es muy mediocre, buenos poetas que me influenciaron incluyen a Uri Zvi Grinberg, David Avidan, Erez Biton, Moshe Sartel, muchos más y sobre todo, Natan Zach, que al leer sus poemas a los 19 años me dije que podría intentar escribir en hebreo, y fue cuando me pasé del inglés al hebreo y en ese idioma escribo poemas hasta ahora. La poesía de sus anteriores, como Bialik, Tshernejobski, Rahel, Shlonski, que son los clásicos de la poesía israelí me parece francamente muy mala poesía (aunque Bialik tiene media docena de poemas decentes). Por lo que va de la prosa, nunca he llegado a interesarme de verdad por la prosa israelí, en una época era la norteamericana, la beatnik, Brautigan, Burroughs más que Kerouak, después Cortazar, Borges y Sábato, este ultimo es mi argentino preferido. Bukowski, aunque prefiero su poesía y sobre todo la obra del escritor egipcio de lengua francesa Edmond Jabes, que ha sido una influencia muy importante en mi escritura. Ahora leo muchas novelas españolas, me sorprende la calidad como dije antes, pero no sé ni quien me influenciará o si alguien de los que leo tendrá mucha influencia en lo que escriba en el futuro. Puede ser que a los cincuenta años ya tiene uno su camino, pero alguna influencia habrá. Podría añadir que muchos de estos escritores no han sido traducidos al hebreo, o su obra ha tenido poca influencia en la literatura israelí, y sus traducciones en muchos casos fueron tardías, la obra de Bukowski fue traducido a finales del siglo veinte y principios del veintiuno. Así que tal vez la influencia todavía se verá. De Jabes sólo se ha traducido un libro, de Burroughs dos y hace muy poco de esto. Lo mismo de Brautigan, pero no se vende aquí del todo.

¿Y el teatro? En tus novelas de la saga tetuaní-benzimriana, intercalás, entre capítulo y capítulo, una instancia atemporal, un monólogo interno en forma de dos voces que dialogan. Un fragmento de “En las puertas de Tanger”:

—¿Dónde estás, hermano?
—En Japón.
—¿Y qué haces en Japón?
—En Japón busco a Japón.
—¿Y lo encuentras?
—Sí. Es un Japón de papel y de cartón. Le escribo sobre una hoja. En letras sobre una hoja.

Estos puertos, a modo de coro, alcanzan, y en especial en esta última novela, mucho vuelo. ¿Nunca pensaste en escribir dramaturgia?

Buena pregunta, la verdad es que mi fuerte en prosa fue durante mucho tiempo mis diálogos, era lo que hacía a mis primeros lectores amigos reír y daba interés a mi obra. Hasta llegué a escribir una novela corta de sólo diálogos. Entonces, cuando me metí en “Llaves de Tetuán” decidí escribir sin diálogos. O con lo mínimo posible, la obra estaba toda compuesta por monólogos. Era un reto.  Así llego al editor de la obra en hebreo, el escritor y dramaturgo Itzhak Gormezano Goren, que en esa época dirigía la colección Keshet Hamizraj. Trabajando el texto me objetó que a la novela le faltaban diálogos. Le dije que lo pensaría. Y cuando me fui a casa, me dije que si  soy bueno en diálogos era algo que podía remediar. Lo estuve pensando semanas o meses y en un mismo día escribí 22 diálogos, que fueron intercalados entre los capítulos. En hebreo el abecedario tiene veintidós letras. De alguna forma este sistema está influenciado por Jabes, que intercala unos diálogos que más que nada son diálogos de sordos mudos y que, salvo una vez, la respuesta y la pregunta son dos mundos remotos. En mi texto los diálogos son una especie de diálogo entre los personajes fuera del tiempo-espacio. Esto fue desarrollándose más en “Lucena”, y en “Las puertas de Tánger”, no sé cómo los ve el lector, en una critica española los consideraron poemas, lo cual me pareció un poco raro, porque en hebreo no parecen poemas al no tener los puntitos que son las vocales, en hebreo se escribe sin vocales salvo en el caso de la poesía. Para mí son parte esencial de toda la obra, sin la cual no se puede entender el mundo de la novela. Creo que los que hablan pueden ser diferentes personajes y eso enriquece al texto.
Sobre escribir teatro: es una cosa que siempre me interesó, y sólo he escrito dos obras de teatro, pero la razón es más bien práctica. Como digo en muchos sitios, el mundo de la literatura israelí es un mundo ashquenazí muy cerrado, y si un libro es algo relativamente barato de llevar a cabo hasta su publicación, una obra de teatro necesita una buena inversión para que llegue a su meta. Intenté una o dos veces meterme en ese mundo y hasta ahora creo que durante mi vida será un mundo cerrado para mí, como marroquí. Ya me imagino que esto te va sonar como un true no, pero si en la poesía o en la prosa hay una que otra posibilidad de entrar por la puerta trasera para un marroquí, y creo que yo he sabido aprovechar casi todas las posibilidades, en lo que va del mundo dramático es algo imposible. A lo mejor en español, pero la verdad es que hace ya años que daba por perdida la posibilidad de meterme en el mundo teatro y lo he dejado de lado. Bueno, lo del texto coral, lo que pienso que es toda la trilogía, las tres novelas de las que hablamos. Mi idea era la de un coro o una orquesta, o mejor los dos a la vez, en las que cada miembro canta algo diferente pero del caos de cada uno sale una sinfonía armónica. En una época era un sueño que soñaba a menudo, y oía sinfonías enteras. Para la suerte de los amantes de la música, y a pesar de que estudie solfeo, no sabia escribirlas al despertarme .Y algo más, al acabar en once días  “En Las puertas de Tánger”, me pareció que todo fue muy rápido y escribí una tercera parte, que es en realidad una obra de teatro con toda la familia comiendo en Tetuán, se llama “La ultima cena en Tetuán”. Pero al final me di cuenta que no era parte de la novela y sólo la escribí por pensar que uno puede o no debe escribir una novela en once días, como hace Eduardo Mendoza. Al final, cada libro se escribe a sí mismo, como quiere y cuando quiere, para escribir. Lucena tardé cinco años, y no fue fácil, pero era el tiempo que el libro, la obra, necesitaba. Lo mismo me pasó con “Llaves de Tetuán”. Y no por que un libro se escribe en más o menos tiempo es mejor o peor.  

Pero Mois, si cada artista se moviese y actuase de acuerdo a lo que el poder y las elites permiten, o admiten, hace tiempo que la literatura y el arte se habrían acabado, y sólo quedarían sus remedos, que hoy en día son los que ocupan mayor espacio. Si vos querés escribir teatro, debieras hacerlo, aunque tus manuscritos duerman en un cajón. O los publiques en tiradas mínimas, o secretas. Veo en las minorías israelíes, no sólo aquellas que sufren discriminación por su origen y condición social, sino también las intelectuales e ideológicas, una pasividad que abruma. De este modo, el estado, el sistema, hizo, y hace lo que quiere: discrimina, mata las culturas de la diáspora,  le roba a los sobrevivientes de la shoáh, hace guerras, construye amenazas, reprime, hacia adentro y hacia afuera.  No hay aquí una cultura de la disidencia, de resistencia a lo establecido. Ni en el judío ni el árabe. No hay una cultura del pensamiento independiente ¿Qué tenés para decir sobre esto?

La verdad es que nadie hasta ahora me ha dicho que he actuado o actúo según lo que el poder permite. Si fuese así nunca hubiese escrito nada y menos publicado un libro. Lo del teatro es algo que me acosó en el pasado, pero uno hace sus decisiones en respuesta a muchos parámetros y alternativas.  Creo que el teatro demanda más que una casual incursión y que se necesita un contacto con el público para poder avanzar y encontrar un sitio. Lo mismo que con la prosa o la poesía, inclusive una respuesta a la indiferencia. Pero con el teatro no llegué ni a la indeferencia, así que sí, tienes razón, aquí ganó el poder, como gana en el cine y en realidad desde hace años el cine ha dejado de ser un arte y es un negocio y una industria. El dinero ha destruido el cine artístico, y veo muchísimo cine de vanguardia y de todas las clases, pero ya nunca más existirá un Tarkowsky. Eso es imposible, y fue más bien una anécdota en la historia industrial del cine. Por lo que va de Israel, en Israel no hay disidencia, ni existe siquiera el “enfant terrible”  de la literatura, simplemente no existe. La fuerza del sionismo, y con eso digo ashquenazí, es y fue en sus instituciones. Aquí el valor lo ganas no por tu obra, si no por que tu obra ha sido reconocida por una institución, ya sea una editorial o la universidad. Eso es lo que te da valor como artista o da valor a tu obra. Para una mente argentina u occidental esto es muy difícil de entender, pero así va la cosa. Recuerdo que cuando dirigía una revista de vanguardia en los años ochenta propuse a un poeta joven y desconocido publicarle un libro de poemas, pensaba yo mismo cotizar toda la edición (era con el dinero que había recibido de regalos mi boda, ya era loco yo en esa época), la idea era de publicarlo en la editorial de la revista, pero el poeta dijo que no, que quería una editorial conocida. Nunca pude entender esa actuación. Lo que yo digo de discriminación étnica me lo dicen muchos poetas, pero en voz baja, ellos     nunca lo dirán en una entrevista o en la tele. Una vez me encontré con un escritor de origen marroquí antes de una entrevista en la televisión, que me dijo que tenía completamente razón y me contó sus problemas, pero delante de las cámaras me ataco a mí por lo que decía y dijo lo contrario de lo que me había dicho antes. No es que no lo entienda, darte a conocer como escritor oriental, o alguien que habla de “esos” problemas te convierte en enemigo del sistema, lo cual quiere decir que más y más editoriales dejan de hablar contigo, no hay becas ni hay premios. En Israel hay pocos premios y becas, y muchos artistas. A mí siempre me pareció un pequeño precio a pagar por decir lo que pienso y escribir lo que pienso, comparándolo con lo que pagó un héroe como Víctor Jarra o García Lorca, u otros muchos que siempre me parecieron verdaderos artistas. Yo siempre me comparé con ellos y no con Amos Oz. No es que me queje, pero no creas que después del éxito de los últimos años en el extranjero me vaya aquí mejor, estoy sin editorial desde el 2002, y lo que he publicado en hebreo desde ese año lo hice en ediciones mínimas (impresos bajo demanda) y por mi cuenta. Estos últimos libros me han recompensado con las mejores criticas que he recibido en Israel, en los mejores periódicos del país, Haaretz y Yediot Aharonot, y de los mejores escritores y poetas (Natan Zach y Yitzhak Laor), pero no por eso ninguna editorial ni grande ni mediana me publica, así que mis libros casi no se ven en librerías. Mi público me lee en el Internet, y de forma muy fragmentada, sin poder enfrentarse con la amplitud de mi obra. Se me considera antisionista, se habla de mi como “el marroquí ese que odia a los ashquenazím”, hay discusiones en la web sobre si soy racista o no, bueno todo el armamento para desacreditarme y darme a conocer como el enemigo numero uno de la literatura. Para ser occidentales y avanzados, el poder cree que tiene que defender a los lectores israelíes y prevenir que me lean. Bueno, no sigo, porque tampoco todo esto tiene tanta importancia, pero esa es la situación de la cultura israelí. Casi comunista.

¿Comunista?

Bueno, más bien bolchevique, un ambiente artístico parecido a los países comunistas de Europa de Este.

Stalinista, diría…

Castrista, si quieres. Hay una literatura que se escribe y otra que no. Hace veinte años era en nombre de una calidad e ideología, ahora es por razones capitalistas, se vende o no se vende. Pero el resultado es el mismo, y los mismos siguen escribiendo y publicando, hay ya familias enteras de escritores, primos, hermanos, padre, hijo, y toda la familia escribe mal…

A lo largo de toda esta entrevista, noto la “presencia” de un gran ausente: el palestino, el árabe. ¿No creés que el sistema, el sionismo, discrimina al judío de los países musulmanes, por la razón de que lo identifica con el árabe, lo incluye en el genérico “árabe”, el “enemigo”?

Bueno, tal vez porque no preguntaste antes. Aunque ya es algo, porque siempre se habla con un escritor israelí del problema árabe y más del problema árabe. Como si en Israel no existiese una sociedad compleja, y muy compleja que lo es, con sus problemas sociales, económicos, culturales y otros.
La concepción del sionismo es occidental y ve al árabe a través de una concepción del oriental como alguien que existe en el mas allá, y al que hay que educar. Aquí vendría mejor el verbo francés para educar, dresser, que es a la vez educar y domar. Así que el otro oriental, para el occidental, no es más que una idea, un concepto y no un humano. En las 600 paginas de la novela de Amos Oz. “Una Historia De Amor y Oscuridad” los judíos sefardíes casi no aparecen, aunque vivió gran parte de su vida en Jerusalén, una ciudad con una populación muy grande de árabes y sefardíes de todas las clases, y solo una vez dice que un día ya serán como nosotros (como los asquenazíes). El oriental solo vive en el espacio de poder ser un día como el occidental, no es un ente propio.
Yo no veo al problema árabe-israelí como un problema, por la simple razón que no creo que tenga solución. Y cuando un problema no tiene solución se convierte en una situación. No es que sea pesimista, porque también que las situaciones cambian, pero mi conclusión es que no puedo o no se puede hacer nada por solucionar este problema y mejor ocuparse de lo que se puede solucionar. Los problemas de la sociedad son problemas y el problema sefardí es un problema en plena evolución, con sus altos y sus bajos, no siempre va para mejor, pero creo que en él puedo influenciar en algo.
Creo que si la población sefardí tuviese una mayor influencia en el conflicto, lo vería de otra forma, y vería al árabe como una enemigo pero también como persona. No creo que eso crearía una paz de forma inmediata, pero tal vez a lo largo crearía una mejor convivencia.
Por lo tanto, la respuesta a tu pregunta es sí y no. Hay una relación entre la forma en la que se ve al árabe y la que se ve al judío de país árabe, pero los problemas son distintos y la forma de enfrentarlos es distinta. Yo si creo que el problema de discriminación y racismo en contra del sefardí se va a solucionar, aunque no creo que es un proceso evidente ni natural, se solucionará sólo y cuando la sociedad esté dispuesta a enfrentarse con él, cosa que no pasa. Ya sea el sefardí que esté dispuesto exigir sus derechos, como el asquenazí que debe dar la igualdad a todo ciudadano. Lo mismo creo que debe pasar con los palestinos de nacionalidad israelí, que ya son más de un millón, aunque esto sea menos fácil. Creo que un problema pasa por el otro.

 

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