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Angeles Goyanes

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La Concubina del Diablo
by Angeles Goyanes   

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Category: 

Fantasy

Publisher:  Createspace ISBN-10:  1453677933 Type: 
Pages: 

492

Copyright:  October 25, 2010 ISBN-13:  9781453677933
Fiction

Amazon
Barnes & Noble.com
Angeles Goyanes

La relación entre una mujer mortal y un ángel caído a través de los siglos.

Poco antes de la hora de su ejecución una mujer narra, en una fascinante confesión a su sacerdote, la historia de su apasionado amor por un ángel caído.

Una historia que nos sumerge en un mundo de terror desde su comienzo en 1212, en la Francia de las Cruzadas, hasta su fin, en la época actual.

A través de personajes y escenarios llenos de misterio y sensualidad la protagonista nos da a conocer los asombrosos hechos que forjaron su sobrenatural existencia.

Amada por un ángel caído y atormentada por otros, Juliette se verá forzada a sobrevivir a horribles y también sublimes experiencias que sólo a un mortal llegará a confesar.

Es éste un inolvidable relato que nos sitúa en presencia de seres seductores, poderosos y pasionales que se mueven con naturalidad entre la inocencia y la crueldad. Pero es también un poético viaje al corazón de un ángel caído cuya lectura resulta imposible interrumpir.

La novela arranca en la Francia de 1212, en medio de las luchas de los cátaros. La familia de la joven protagonista ha sido asesinada y ella y un amigo huyen hacia Marsella, donde tomarán un barco rumbo a Tierra Santa para participar en la histórica Cruzada de los Niños.

Engañada y vendida como esclava, pronto será liberada por el ángel caído protagonista de la historia, un ser fascinante, bello, misterioso, que desea ansiosamente el reencuentro con el Dios que lo ha expulsado pero que es a veces también profundamente cruel.

Esto es sólo el comienzo de una historia que se desarrolla a través de diversos escenarios geográficos y temporales ágilmente descritos, fundamentalmente la Francia de las Cruzadas, Egipto, el París medieval, la Florencia renacentista y la América precolombina.

Excerpt
“Cuando comenzaron a multiplicarse los hombres sobre la Tierra y tuvieron hijas, viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron de entre ellas por mujeres las que bien quisieron”
“. . . los hijos de Dios se unieron con las hijas de los hombres y les engendraron hijos. Estos son los héroes famosos muy de antiguo”.

Génesis VI


PRIMERA PARTE


–I–

–Así que ha venido a salvar mi alma –susurró, desde su lecho, la impasible voz de la mujer, quien permaneció, pensativa, con sus fríos ojos azules clavados en el techo.
El padre DiCaprio recorrió, tímida e indecisamente, la distancia que mediaba entre la puerta de la celda y la litera donde la mujer yacía, pálida y lejana como una figura de cera. Dio un respingo cuando oyó el fuerte sonido de la puerta al cerrarse con violencia tras de sí y giró brevemente la cabeza, con la asustada expresión de un animal acorralado. La mujer no se inmutó. Su semblante acartonado parecía incapaz de expresar emociones.
–Seguro que usted desea la paz con Dios –acertó él a decir.
Una extraña risilla irónica escapó de la mujer.
–Ha dado en el clavo, padre –dijo, sin volver la vista hacia él.
Las manos del sacerdote caían laxas y se cruzaban sobre una pequeña Biblia. Sus oscuros cabellos y ojos resaltaban sobre una piel muy blanca y joven de marcadas y hermosas facciones contraídas en un constante gesto de alerta.
–¿Querrá entonces que la escuche en confesión? –preguntó.
La mujer dirigió con lentitud su acerada y vacía mirada hacia él.
–¿Por qué? –preguntó en un tono airado–. ¿Acaso no lo ve todo Dios? ¿Por qué habría de explicarle lo que no ignora?
Se incorporó despacio, sin dejar de mirarle un solo instante con sus incitantes ojos azules, y se situó cuan cerca pudo de él. Era alta, de modo que sus ojos se miraban frente a frente. Su voz era apenas un murmullo cuyo hálito él podía sentir sobre su rostro cuando le habló de nuevo.
–¿No será su morboso cerebro el que ansía regodearse en la horrenda visión de aquellos cuerpos infantiles acribillados a puñaladas? ¿Quiere que le describa detalladamente cómo lo hice? ¡Apuesto a que con eso le bastaría para darme la absolución!
El sacerdote se sintió recorrido por un escalofrío que le enfureció de súbito.
–¡Basta! –prorrumpió–. ¡Es usted...!
–¿Qué? –inquirió la mujer inclinándose aún más sobre el rostro de él y obligándole a retroceder–. Dígamelo, padre. ¿Qué soy? ¿Un demonio, tal vez?
El sacerdote miraba al suelo, evitando por todos los medios el contacto visual con la mujer, aferrándose a la Biblia que estrechaba ahora contra su pecho.
–No iba a decir eso –murmuró cohibido.
–¡Falso!– exclamó ella, y de un violento movimiento le precipitó sobre el camastro.
Por un momento se sintió aterrado ante la mirada colérica de aquella asesina con quien había pedido entrevistarse a solas. Quiso gritar. Sintió abrirse su boca y el rígido movimiento de la lengua en el interior. “Socorro”, decían sus labios, pero ni un sonido ahogado escapó de ellos.
Ella permaneció de pie, observándole allí tumbado, con la expresión tan impávida y serena ahora como si nada la hubiese alterado. Luego, dando media vuelta, lentamente, se dirigió al ventanuco, desde el que podía verse el patio de la cárcel. El sol, impasible, penetraba a través de él a raudales, como cualquier otro día, como si no estuviese irrumpiendo en el habitáculo de un condenado a muerte. Un charco de su luz iluminaba la sencilla mesa circular y las dos sillas que, junto con la litera y un lavabo, constituían todo el mobiliario.
El padre DiCaprio se levantó vacilante, poniendo la mano sobre su acelerado corazón, y contempló la espigada silueta de la mujer y la rubia y ondulada melena que caía sobre su espalda, bellamente iluminada por el sol. Su mirada vagaba por el patio, absorta en sus pensamientos.
–¿Quiere saber cuándo fue la última vez que me confesé? –inquirió, contemplando las escasas y algodonosas nubes que ornamentaban el brillante y límpido cielo azul.
Precavido, el sacerdote había dado algunos silenciosos pasos y se encontraba ahora cerca de la puerta. La mujer continuó hablando en el momento en que él abría la boca para contestar.
–Tenía quince años –explicó en voz queda–. Acababa de cometer un terrible pecado: había besado a Geniez.
Dio media vuelta para enfrentar su mirada, plena de ironía, con la del sacerdote, y quedaron en silencio unos instantes, sin poder apartar la vista el uno del otro.
–Le extraña, ¿no es así? –prosiguió ella–. No es lo que usted llamaría un pecado. Pero entonces sí lo era. Un pecado que me hubiera conducido al infierno. Yo era joven, ingenua e ignorante. Era fácil llenar mi cabeza de falsas promesas y castigos eternos. Tenía que confesarlo. Lo necesitaba.
El padre DiCaprio la había escuchado atentamente, pero, extrañado y receloso ante sus palabras, había acortado aún más la distancia que le separaba de la puerta. Los ojos de ella le contemplaban ahora como un mar de terciopelo; suave, bello, pero frío y punzante terciopelo azul.
–¿Tiene el estómago fuerte, padre? –le preguntó–. Debería tenerlo si en verdad está dispuesto a oírme en confesión. Y me gustaría que lo hiciera. Me gustaría mucho que lo hiciera.
–Y yo deseo hacerlo –contestó el sacerdote, y avanzó unos pasos irreflexivamente hacia ella hasta que, de pronto, como apercibiéndose de su imprudencia, se detuvo.
–Nos llevará largo tiempo. Tendré que comenzar por el principio, casi por el inicio de mi vida, para que usted me comprenda y pueda así absolverme de todos mis pecados. –De nuevo se hizo en ella patente aquella malévola e irónica sonrisa–. ¿Cree que podrá, padre? ¿Seré acreedora del perdón de mis pecados?
El sacerdote pareció ponerse en guardia nuevamente.
–Lo será –contestó–, si realmente está arrepentida de haberlos cometido.
La mujer se deslizó por la habitación, acariciando con sus finos dedos la pequeña mesa circular. El sacerdote la seguía con la vista, aunque ahora no podía ver su rostro.
–¡Oh! ¡Si fuese tan sencillo como eso! –exclamó ella–. ¡Si mis crímenes pudiesen medirse por baremos humanos! He aquí la ironía, padre. Usted ha venido a salvarme de un pequeño crimen que no cometí, ignorante de las verdaderas atrocidades que me condenan irremisiblemente, las que no tienen posible perdón, aquellas que le harían abominar de mi compañía.
De pronto, se dio media vuelta encarando su rostro, ahora afligido, con el del sacerdote.
–Merezco la muerte –musitó–. Es cierto.
Él permanecía inmóvil, abrumado por sus contundentes palabras.
–¿Aún insiste en escuchar mis pecados? –le preguntó.
El padre asintió, pero parecía mareado, como si se encontrase inmerso en una atmósfera asfixiante.
–¿Me promete que, oiga lo que oiga, rezará por mí? No creo que tenga mucha importancia la oración de un mortal, pero, al menos, le daré a usted ese trabajo. Al fin y al cabo, muchos pagarían por oír lo que voy a contarle.
–Lo haré –aceptó él–. Se lo prometo.
–Entonces, por favor... –rogó ella, y extendió la mano con elegante gesto, instándole a tomar asiento en una de las dos sillas junto a la mesa.
Mientras él lo hacía, ella se dirigió de nuevo hacia la ventana. Fijó su mirada en un punto cualquiera y se sumió en sus pensamientos. Pronto se escuchó su voz, suave y confidencial.
–Mil doscientos doce fue el año en que todo empezó. Vivíamos en el Languedoc, Francia, en un lugar a medio camino entre Narbonne y Béziers.
–Perdone –la interrumpió el sacerdote con timidez, pero en voz suficientemente alta como para llamar su atención–. ¿Qué fecha ha dicho? –preguntó, cuando ella se volvió para mirarle, inquisitiva y molesta por la interrupción–. He creído entender mil doscientos doce –dijo, con una sonrisilla que se burlaba de su propia torpeza.
–Ésa es exactamente la que he dicho –respondió ella hoscamente–. Tómeme por loca o mentirosa si quiere, pero, por favor, no vuelva a interrumpirme. –Y clavó su mirada en la de él hasta que le vio asentir levemente. Luego, volviendo otra vez su rostro hacia la ventana, continuó su relato–. Aunque nadie nos hubiera llamado otra cosa que campesinos, mi padre había sabido aprovechar a nuestro favor la introducción de la moneda en el campo, a la que otros de nuestra misma condición, e incluso grandes señores, no habían conseguido adaptarse. Contábamos con la ayuda de Monsieur de Saint–Ange, un gran feudatario pariente lejano de Felipe II y amigo de la infancia de mi padre, a quien no sólo había facilitado la propiedad de las tierras que trabajaba, sino que, además, le había guiado con sus conocimientos y sagaz instinto para los negocios durante los últimos y cambiantes años. A instancias suyas, mi padre se había convertido en prestamista de los campesinos con menores recursos. Él les facilitaba las monedas, súbitamente imprescindibles para la compra de semillas, animales y aperos de labranza, y ellos le entregaban sus tierras como garantía de unos préstamos que nunca conseguirían devolver. Esto era, en realidad, una práctica muy frecuente.
»De este modo, en poco tiempo nos hicimos propietarios de un extenso lote de tierras, espoleados tanto por la incapacidad de los demás para adaptarse a los nuevos tiempos como por la bondad de Monsieur de Saint–Ange, quien, en numerosas ocasiones, nos prestó sin cargo las monedas necesarias para negociar.
»Ese año, Geniez, el hijo de Monsieur de Saint–Ange, acababa de terminar sus estudios en la escuela catedralicia de Reims. Tenía quince años, la misma edad que yo, y era mi gran amigo. Su padre pensaba enviarlo a Montpellier al curso siguiente. Decía que había mostrado inclinación a la ciencia desde que era un niño y que allí se concentraban las mejores escuelas de medicina del mundo occidental.
»Cuando regresó de Reims, casi no le reconocí. Su universo parecía limitarse al obsesivo fervor místico que le había sido inculcado durante sus estudios en la escuela catedralicia, y a su también enfermiza admiración por su hermano Paul, quien se había convertido en un famoso héroe de la cruzada contra Constantinopla.
»A menudo disertaba conmigo durante horas, haciendo alarde de aquella maravillosa dialéctica que había tenido la oportunidad de aprender y que ahora dominaba, convenciéndome de la necesidad de continuar la lucha contra la herejía antes de que todos pereciésemos aplastados bajo su peso.
»Aunque existían diferentes movimientos reformistas en el seno de la Iglesia, era el catarismo, que había nacido en Albi, muy cerca de nosotros, la herejía por antonomasia, la que había arraigado fuertemente entre las clases populares del Languedoc gracias a sus promesas de igualitarismo y tolerancia respecto al cumplimiento de los preceptos.
»Se puede decir que, a pesar del poco entusiasmo que yo mostraba por la religión, había llegado a resultarme atractiva y misteriosa aquella visión que propugnaba de un mundo concebido como un eterno enfrentamiento entre dos principios igualmente poderosos, el bien y el mal. Geniez me lo recriminaba continuamente. Pero su padre, sin embargo, no sólo era tolerante con la innovación religiosa, sino que más de una vez convirtió el castillo de Saint–Ange en lugar de predicación de los prefectos del catarismo.
»Mi padre temía por él, pues hacía tiempo que Roma ya había tomado las armas, alarmada ante la expansión de la herejía. Un ejército internacional de cruzados había caído sobre el Languedoc, y, tras el incendio de Béziers la situación se había convertido en una auténtica guerra. Todos sabíamos que no tardarían en tomar Provenza.
»Pero Monsieur de Saint–Ange era obstinado. No porque, en realidad, le importase un comino el erigirse en valedor de la doctrina albigense, sino, más bien, porque no estaba dispuesto a consentir ningún atentado contra su propia libertad, contra su derecho a expresar sus ideales o a compartirlos con los campesinos, con quienes, a menudo, se le podía ver confrontando opiniones de igual a igual, tras haber escuchado al prefecto o a alguno de los profesores a quienes hacía venir desde París para explicarnos los nuevos avances científicos o las nuevas tendencias filosófico–culturales. Quizá pensaba que su parentesco con Felipe II le dotaba de cierta protección, de cierta inmunidad ante las hordas católicas. En cierto modo es posible que así fuera, puesto que hubieron de pasar tres años desde la toma de Béziers hasta la noche de la tragedia.
»La recuerdo perfectamente. Geniez me había rogado que le acompañara al sermón antiherético que se había instaurado la costumbre de celebrar semanalmente en el cementerio o en el atrio de la iglesia. Aunque en absoluto me interesaba y ya había asistido aquella mañana a la obligada misa diaria, acudí por el placer de estar en su compañía.
»Aquella noche el sermón tuvo lugar en el cementerio. Aún puedo ver los esfuerzos del enjuto predicador intentando volver al redil a las ovejas descarriadas mediante un discurso enardecido y terrorífico: el dragón cayendo sobre nosotros, el lago de azufre y fuego abriéndose para devorarnos, los diablos arrancándonos pedazos de carne con sus enormes tenazas... Y todo esto, ¡sólo por leer las Sagradas Escrituras en provenzal o por no venerar a los santos!
»Hacía frío cuando regresábamos al castillo, donde mi familia y yo habíamos sido invitados a cenar por Monsieur de Saint–Ange. Llegábamos tarde. Yo caminaba deprisa y en silencio, sobrecogida todavía por las horribles imágenes sugeridas en el sermón. Geniez, por el contrario, no paraba de hablar excitadamente, mostrando su admiración por el predicador y su deseo de subir él mismo al púlpito un día a arengar a los fieles.
»Tardamos más de veinte minutos desde que dejamos el cementerio hasta que las tenues luces del castillo se hicieron visibles. Se oían extraños ruidos y voces lejanas que parecían provenir de él. Los sonidos se hacían más audibles y las luces parecían titilar, sacudiéndose nerviosamente, según nos acercábamos. Geniez seguía ajeno al mundo, absorto en un insoportable discurso que en aquel momento me aturdía y disgustaba. Traté de hacerle ver mis temores, pero no me escuchó. Cuando estuvimos lo bastante cerca, los sonidos comenzaron a hacerse reconocibles. Objetos arrojados con violencia estrellándose contra el suelo o las paredes, hombres gritando presas de un paroxismo colérico. Nos detuvimos en seco, tratando de vislumbrar algún movimiento en el interior del castillo.
»Los vigías no estaban en sus puestos, ni tampoco los centinelas. Un grupo de diez o doce caballos desconocidos esperaba a la puerta. Corrimos hacia el interior asustados, ciertos ya de que algo terrible estaba sucediendo, y sin detenernos a pensar en nuestra propia seguridad.
»Entramos justo a tiempo de ver a Monsieur de Saint–Ange siendo arrojado contra el suelo del comedor por un hombre de barba roja y descomunal barriga. Geniez lanzó un chillido y corrió en auxilio de su padre.
»–¡Padre! ¿Quiénes son estos hombres? ¿Qué quieren? –gritó, ayudándole a levantarse.
»Había al menos cinco hombres en aquella estancia, todos ellos ataviados con las vestiduras, armas e insignias de los cruzados, pero se oían ruidos y voces provenientes del piso superior que indicaban la presencia de más. Sus espadas estaban desenvainadas, sus rostros rabiosos. Uno de ellos sujetaba a mi madre de espaldas contra su pecho, asiéndola por el cuello y por la cintura, mientras mi padre, sentado sobre una silla, la miraba desesperado y sintiendo la aguda punta de una espada hundiéndose en su garganta con cada oscilación de su pecho.
»Yo temblaba aterrada, aún al otro lado del umbral, contemplando las sangrantes figuras de dos de los criados del castillo yertas al pie de la escalera. Nadie se había dado cuenta de mi presencia. Quise esconderme tras una de las enormes columnas a sólo unos pasos de mí, pero mis músculos se negaban a obedecer. Seguí de pie, petrificada, escuchando los quejidos de angustia de mi madre y las protestas, pronto acalladas con un golpe en la nuca, de Geniez. Sentía mi corazón latir y latir y la sangre se agolpaba en mi cerebro anestesiado por el terror. Contuve un grito al percatarme de que otros hombres descendían por la escalera. Si me quedaba donde estaba me verían. Conseguí dispararme hasta la columna y me apoyé con todas mis fuerzas, deseando poder fundirme en ella y desaparecer así de aquel horrible tormento.
»Los hombres bajaban arrastrando unos grandes sacos que producían un ruido metálico al saltar sobre los escalones. El de la barba roja, el que había luchado con Monsieur de Saint–Ange, los esperaba, impaciente, en el comedor.
»–¿Qué habéis encontrado? –les preguntó, con una voz ronca y desagradable.
»–Sólo plata –respondió uno de ellos, dejando ver, rabiosamente, sus dos únicos y negros dientes–. Candelabros, roscas de frascos de perfume, peines, cepillos..., pero ni rastro de joyas.
»–Entiendo –dijo el barrigudo mesándose la barba.
»Echó un perezoso vistazo a la enorme mesa de roble que nos había sido preparada. Había restos de comida sobre tres de los platos. Sin duda, mis padres y Monsieur de Saint–Ange habían empezado a cenar sin nosotros. Tomó una copa de plata y, lentamente, vertió en ella el vino hasta que se derramó por los bordes. Luego, con toda parsimonia, se acomodó en una de las macizas sillas de roble y alcanzándose la fuente del cordero se sirvió un gigantesco pedazo, desgarrándolo con sus propias manos. Comenzó a masticarlo flemáticamente mientras se sabía el blanco de todas las miradas. Sus hombres se reían al oírle eructar cuan ruidosamente podía. Bebió, y el vino resbaló de sus labios, colándose por los entresijos de su barba roja, que parecía absorberlo como si fuese una esponja.
»No podría decir cuánto tiempo duró la angustia de aquel terror, de aquel atenazante silencio. Segundo a segundo se hacía mayor, como niebla caliginosa cuyo espesor aumenta conforme avanza la noche.
»–Excelente comida, chevalier –se burló, pasándose la manga por el escondido espacio que ocupaban sus labios–, digna de un rey. –Y sus hombres prorrumpieron en carcajadas.
»Luego, tomó el enorme cuchillo de trinchar la carne y, mirando a mi madre, que seguía sujeta e inmovilizada, se levantó y se aproximó a ella, blandiéndolo en un juego malévolo. Mi madre se retorció aterrada, gritando, al tiempo que un hilillo de sangre empezaba a brotar de la garganta de mi padre.
»–¡Callad a ese maldito perro! –bramó súbitamente el jefe, y, al darse la vuelta, la grasa de cordero brilló sobre su barba alumbrada por la mortecina luz de las velas.
»Fue entonces cuando me di cuenta de que Deacon, mi perro, ladraba desde uno de los salones opuestos al comedor, a mi espalda.
»–Yo iré –dijo uno de los hombres, uno con aspecto de deficiente, mientras desenvainaba la espada.
»No tardé en oír cómo se incrementaban los ladridos de Deacon, y, luego, sus gemidos de dolor. Me lo imaginé atado, indefenso, luchando por liberarse y sufriendo por su impotencia para defender nuestras vidas y, en aquel momento, la suya propia. No lo dudé. Me deslicé sin respirar, sobre las puntas de los pies, los pocos metros que me separaban de la puerta. Nadie se dio cuenta.
»Cuando llegué a la estancia, vi a Deacon ladrando ferozmente, atado a una de las columnillas clásicas que decoraban la chimenea, con la espuma derramándose entre sus fauces, los ojos centelleantes y todo su cuerpo en tensión, tratando, vanamente, de lanzarse sobre el hombre, que, a prudente distancia de él, se desternillaba con una risa grotesca mientras le amenazaba con el atizador del fuego.
»–Se acabó el juego –dijo, y, tras arrojar el hierro, desenvainó su espada y la alzó en el aire por encima de su cabeza.
»Miré desesperada a todas partes buscando algo que pudiese servirme para atacarle, pero no lo encontré. Inconscientemente, me abalancé sobre él con las manos extendidas y le empujé con todas mis fuerzas. Perdió el equilibrio, tropezó con Deacon, y cayeron él y su espada. Se levantó, sobrecogido, al sentir el morro de mi perro entre sus piernas, y se apartó velozmente de él, asustado. Cuando se recuperó, me miró con sus ojos bovinos. Lejos estaba el pánico que antes me invadiera. La ira, el odio y la repugnancia habían tomado posesión de mí.
»–¡Vaya, vaya! –exclamó–. ¡Mira por donde voy a tener una fiestecita privada!
»Consiguió alcanzarme él antes que yo el amparo de Deacon que, deshecho en ladridos, custodiaba la espada. Me apretó contra sí, dejándome sin posibilidad de movimiento. Sentí su repulsiva baba enfriándose en mi cuello y mis mejillas, sus manos adiposas tratando, excitada y torpemente, de levantar mi larga falda, posándose luego sobre mis muslos. Atrapé su labio inferior entre mis dientes y mordí y mordí hasta que, tirando frenéticamente de mis cabellos, consiguió apartarme de sí, blasfemando.
»Volé entonces hasta Deacon y, tomando la espada, asesté un golpe contra la cuerda que le aprisionaba. ¡Y qué placer sentí entonces al ver sus agudos colmillos aferrados al cuello de su enemigo! ¡Y cómo me decía a mí misma con el corazón palpitante, “No lo sueltes, Deacon, no lo sueltes”, al ver al hombre luchando inútilmente, exhausto ya, por apartarle de sí, sintiendo como su cuello se desgarraba, aumentando su tormento, al intentarlo! Y entonces la ira que me arrebataba habló por mi boca rogando: “Mátalo, mátalo, mátalo”, y yo misma apretaba mis dientes, enfurecida, como si también los tuviese clavados en su garganta, por el enloquecido afán de animar a Deacon a acabar con él, a destrozarlo, a retorcer sus colmillos en aquella nauseabunda carne. Y qué orgullosa me sentía de él, que había sabido hallar el punto exacto de la yugular, que se había prendido a ella, ignorando el dolor que aquel hombre trataba de infligirle, hasta que, tendidos ya en el suelo, supo que aquel cuerpo inerme había perdido todo hálito de vida y se apartó de él.
»Entonces vi la sangre manando de la herida del hombre y a Deacon con el lomo humedecido por la suya. El terror me invadió de nuevo. Quería huir, a toda costa, de aquella pesadilla. Deseaba desaparecer, que la tierra se abriera para tragarme antes que afrontar la muerte de mis seres queridos y, luego, mi deshonra y mi propia muerte. Presa del pánico, corrí hasta la trampilla del pasadizo en el que tantas veces habíamos jugado Geniez y yo, y, levantando el tapiz que ocultaba la portezuela, la abrí y me agaché dispuesta a penetrar en el angosto agujero. Pero no lo hice. No me pregunte por qué. Creo que, en el fondo, siempre fui valerosa. Sí, estoy segura de ello. O quizá era sólo que las pasiones me arrebataban el juicio... Recogí la espada del suelo, ignoro con qué intención ni sé qué pensamientos pasaron por mi cabeza en aquellos momentos. ¿Qué podía hacer yo por ayudarles? Tal vez preferí morir junto a ellos antes que padecer la angustia de su muerte y la conciencia de mi cobardía.
»Sosteniendo el enorme peso de la espada con ambas manos, anduve, temblorosa y aún indecisa, hasta la puerta del comedor, rogando a Dios por nuestras vidas. Me oculté tras la columna sujetando a Deacon por la cuerda que había quedado alrededor de su cuello, instándole al silencio, y observé la cruenta escena.
»Mi padre y Monsieur de Saint–Ange estaban sentados y con las frentes apoyadas sobre la mesa. Detrás de cada uno de ellos, un hombre con la espada ya alzada amenazaba con decapitarles. No pude encontrar a mi madre. Geniez estaba de pie, cerca del cerdo de la barba roja. Los otros dos desconocidos habían desaparecido del comedor.
»–¡Canallas! –gritaba Geniez–. ¡Condenados asesinos! ¡Pagaréis por esto!
»Los hombres se mofaban de él y bebían de sus siempre colmadas copas de vino.
»–¡Usurpadores asesinos. –Continuaba gritando–. ¡Usurpáis el sagrado nombre de los cruzados! ¡Lleváis puestas sus ropas y portáis sus símbolos y su pendón, pero no su conciencia. ¡No sois más que vulgares ladrones, aves de rapiña escudadas tras el nombre de Cristo! ¡Él os hará pagar esta ofensa!
»–Acabemos con esa lengua –dijo uno de ellos, avanzando hacia Geniez.
»–Todavía no –dijo el jefe calmosamente, y el otro se detuvo y le miró, impaciente y molesto. Luego, se dirigió a Geniez–. Y bien, jovencito, ¿quieres ver morir a tu padre? Te lo preguntaré una vez más y sé que ahora no me defraudarás. Porque ahora sabes de lo que soy capaz, ¿verdad?
»Y, con su bota, dio la vuelta a un cuerpo en el que no había reparado, al estar medio oculto a mis ojos por la mesa, y pude ver que era el cadáver de mi madre, y yo misma me sentí morir. Pero el horror continuaba sin detención, sin dejarme siquiera un segundo de paz, un instante para pensar o llorar. Mi temblorosa mano flaqueó y Deacon escapó de mi lado entre roncos y desquiciados ladridos de cólera.
»Lo que vino después fue muy rápido. Deacon se abalanzó sobre el hombre que estaba a punto de asesinar a mi padre tan sorpresivamente que su espada cayó al suelo.
»–¡Detened a ese perro! ¡Detened a ese perro o mataré a este hombre! –gritó el que estaba tras Monsieur de Saint–Ange.
»Entonces, éste, valientemente, trató de darse la vuelta para enfrentarse a él, pero la espada cayó sobre su cuello cercenándolo de inmediato. Mientras, Geniez, que había estado esperando la oportunidad de tomar uno de los pesados candelabros de plata, aprovechó la confusión para golpear con él, una y otra vez, hasta que cayó al suelo, muerto, al asesino de Monsieur de Saint–Ange.
»Entretanto, mi padre había tomado la espada del suelo y luchaba contra el jefe. Pero mi padre, aunque fuerte y valeroso, no era un espadachín. Pronto perdió su espada y vio la cruel sonrisa del enemigo mientras hacía oscilar la suya como un péndulo mortal que, alcanzándole en el cuello, segó su cabeza. Las llamas de la chimenea se avivaron y, crepitando, lanzaron diminutas chispitas azules y rojas como minúsculos fuegos de artificio, cuando cayó dentro de ella. Su cuerpo permaneció de pie, aún vivo aunque decapitado, durante algunos segundos. Sus brazos se elevaron como si, asombrados, quisieran cerciorarse de que la cabeza ya no estaba allí, mientras, sobre él, el león del escudo de los Saint–Ange, lloraba lágrimas de sangre. ¿Se encuentra usted bien, padre? –preguntó la mujer, viendo que el sacerdote se enjugaba la frente con un pañuelo.
–Sí, sí –murmuró él débilmente–. Es sólo que hace calor aquí, ¿no le parece?
–No mucho, en realidad –le contestó ella, con una tenue pero dulce sonrisa, y tomando asiento frente a él–. Pero no se preocupe. Ya queda poco. Pronto abandonaremos para siempre el castillo de Saint–Ange. Aguante sólo unos segundos más. Geniez gritaba desgarrado –siguió narrando–. No es preciso que le explique cuáles eran mis sentimientos en aquellos instantes. El pánico, la angustia, el dolor, la furia... Vi la abominable faz del hombre, sonriendo zumbona y amenazante a Geniez mientras comenzaba a perseguirle alrededor de la mesa, y a él, que, como toda defensa, esgrimía el ya sangriento candelabro.
»Por fin consiguió acorralarle en una esquina de la estancia, sosteniendo horizontalmente su espada contra el cuello de Geniez. Pero he aquí que aún quedaba una vela encendida en el candelabro y que su llama prendió en la barba roja del asesino. Sus ojos vieron el ardiente fulgor que ascendía hasta ellos, su olfato percibió el extraño efluvio de su pelo derritiéndose, y, soltando la espada, trató, enloquecidamente, de apagarlo con sus propias manos, que, abrasadas, iban y venían palmeteando sobre su barba, mientras todo él parecía poseído por una danza frenética. Mas, cuando se dio la vuelta separándose de Geniez, ciego de miedo, su vientre encontró la aguda punta de una espada sujeta por mis manos, que deslizaban su filo, firmemente, en sus entrañas.
»Cuando, en nuestra huida, me detuve un instante en el umbral para llamar a Deacon, que seguía prendido al cuello de su víctima, contemplé, mareada, el tétrico modo en que la convulsa y humeante antorcha en que se había convertido su cabeza, iluminaba los cuerpos de nuestros seres queridos. De pronto, sentí la mano de Geniez que, aferrada a mi brazo, tiraba de él obligándome a correr. Las ebrias voces de los hombres se alzaban desde la bodega. “El pasadizo”, susurré.
»Reptamos penosamente por él, a ciegas, durante más de una hora, sin descanso, siempre temerosos de que pudieran seguirnos a pesar de haber cerrado la trampilla tras nosotros.
»Cuando alcanzamos el final del túnel, bendijimos la fría claridad nocturna. Corrimos, mudos y entre lágrimas sin fin, hasta llegar a la cumbre de uno de los montes que rodeaban nuestro valle y, desde allí, miramos hacia Saint–Ange.
»Apenas había estrellas en aquella fría noche de luna llena, pero en la faz del cielo un brillo púrpura resplandecía como si el firmamento hubiese encendido un fuego, abajo, en la Tierra, para calentarse. Todo Saint–Ange ardía en llamas. La poderosa solidez del castillo, las frágiles casitas de madera, los viñedos que trepaban por las colinas, las tierras de labor... Todo. No sé si fue obra expresa de aquellos malnacidos o si, simplemente, el fuego que había comenzado en el castillo se había extendido. No lo sé.
»Caímos exhaustos, embriagados de dolor y agotamiento. Dos huérfanos angustiados observando, bajo la luna, cómo cuanto amábamos se convertía en cenizas. Recuerdo haber pensado en las penas del infierno con que el predicador nos había amenazado y que, en ningún modo, me parecían peores que las terrenas. Recuerdo los amados aromas desprendiéndose, como cualquier noche, de las jaras, retamas y tomillos, envolviéndonos con su invisible manto. Hasta que, ya incapaz de resistir más, toda consciencia me abandonó.


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