La noche no terminaba. Los dos chicos esperaban a la salida de un burdel.
–Está adentro, me lo acaba de informar un mesero– dijo “Monstruo de Agua”.
– ¿Solo o acompañado? Preguntó “el Pecoso”.
–Acompañado por cuatro de su banda.
–Tengo que entrar.
– ¿Cómo?
–Cómprele el cajón con los cigarrillos a uno de los vendedores.
–Hecho.
En medio de la semioscuridad “el Pecoso” escudriñaba a cada hombre con mucha atención. La ametralladora estaba lista en su mano derecha fuera del campo visual de todas las personas, escondida bajo el cajón con cigarrillos que, amarrado de una correa colgaba de su cuello.
Encontró a “el Zurdo” sentado en un sofá, bebiendo aguardiente en compañía de sus amigos y varias prostitutas. Uno de ellos alcanzó a decir:
–Váyase niño, no queremos cigarr…
El fogonazo iluminó el lugar por breves segundos. Treinta proyectiles acabaron con la vida de siete personas. Sin tener certeza de lo sucedido, el público abandonó corriendo el burdel en medio del pánico. Entre ellos un pequeño niño vendedor de cigarrillos.
Una hora después, ambos sicarios desayunaban, hablaban tranquilamente en un restaurante.
–Quiero que encuentre a “Mantequillo”
–Me tomaré un tiempo, seguramente lo hallaré en la comuna.