En su trabajo, el día transcurrió como todo los días, pero con la sombra de aquel desasosiego que le anegaba el alma y aquella losa en la boca del estómago. Pero a eso de medía mañana, se empezó a sentir mal, habló con su jefe y volvió a su casa.
Cuando llegó no encontró a su mujer. Miró su reloj, eran las once de la mañana. Cogió su teléfono móvil y la llamó. Apagado o fuera de cobertura, le había dicho aquella voz impersonal y binaria. Estará con su amiga Rita, pensó. Buscó en la agenda el número de Rita, la llamó y esta le contesto:
-No, conmigo no está Sabino, pero lo curioso es que tampoco localizo a Andrés. Llevo tres horas como una loca intentando localizarlo y no hay manera. Sabes, es que quedé con el para que ayudara a medir las ventanas para hacerme unas cortinas para nuestro nuevo piso. ¿Tú me podrías echar una mano? Claro, si no tienes nada mejor que hacer.
-Bueno, si no hay que hacer muchos esfuerzos. Es que no me encuentro muy bien.
-Pues vale, te paso a buscar en cinco minutos. Te hago una perdida, y bajas.
Después de seis minutos, recibió la llamada perdida y bajó. Durante el trayecto hacia el piso de Rita y Andres, estuvieron hablando de como les iba la vida y Sabino le preguntó que cuando pensaban casarse y ella le contestó que por lo pronto tenían que ir poco a poco amueblando el piso y que después ya se vería.
Cuando llegaron, subieron hasta el noveno piso, Rita sacó las llaves, y se extrañó de que no tuviera todas las vueltas. Al entrar oyó gemidos y gritos que provenían de la alcoba que solo hacia dos días que había comprado. Entró preguntando quién estaba ahí, seguida de Sabino. Se fueron acercando hasta la habitación principal, y se encontraron con la mujer de Sabino sentada a horcajadas encima Andrés que al verlos, se levantaron quedando como Dios los trajo al mundo. Sabino miró a su mujer, sin decir nada se dio la vuelta y se fue, mientras oía los gritos de Rita que utilizaba todo su diccionario barriobajero para insultar a su futuro esposo. También oyó como su nombre se perdía en el eco de aquellas habitaciones vacías, Sabino, Sabino, Sabino... No esperó al ascensor, bajó las escaleras como buscando una explicación a todo aquello, pero no la encontró. Su mujer con Andrés, no se lo podía creer. Ahora comprendía muchas cosas, justamente ahora. Recordó aquel día, en que ella le presentó a un viejo amigo, Andrés y su flamante nueva novia, Rita. Aquellas miradas, aquellas roces, aquellas palabras; ahora todo encajaba, pieza a pieza, como el más perfecto de los puzles.





