EL CAZADOR DE METÁFORAS.
Por
María Eugenia Caseiro
“A menudo uno escarba en el propio
subconsciente y ahí, en ese entramado de la existencia misma, se encuentran
ángeles y demonios.”
André Cruchaga
Rastro
de los sueños. Así titula Cruchaga el poema que ha sido objeto de las presentes
especulaciones. Un título “excavado” hoy por el autor en sus cuarenta y siete
versos, aunque preludiado por todas y cada una de las metáforas -las prehistóricas-
forjadas hasta llegar a la denominación que bien podría ser el título de un
poemario, o andando más allá, un título que acopia, en cuatro palabras, toda la
obra de André Cruchaga.
Cuarenta
y siete versos ensartan el collar de Rastro
de los sueños, casi una metáfora por verso que puede examinarse separada de
la anterior o de la siguiente, sin dejar a un lado el sentido metafórico
intratextual -constante en la obra de nuestro autor-. De ello se desprende, no
de este poema, distintivo de su trabajo, si no del conjunto de su obra, la perspectiva
de que esta labor de cazador le lleve toda la vida, y que toda su vida, la del
antes y la del después, sea la caza interminable de tales empeños metafóricos;
muchísimos más cuanto más devela su creación. Sería cuestión de dedicar libros
enteros a internarse en la selva de su poesía, distintiva, figurativa,
neobarroca, y apasionada sobre toda cosa. Sus imbricados versos se dejan llevar
por los pasajes de una discursiva que se oblicua y se intrinca sin que deje de respirarse
cierta espontaneidad.
Aunque
el vocablo sueño, como muchos otros haya sido considerado como arquetipo
postraumático en poesía, de condición ampliamente polisémica, partiendo de sus
diferentes acepciones, éste se libera parcialmente de tal rótulo cuando se
entroniza en el plano de la actividad onírica (ensoñaciones), y es ahí que
antes de que la ciencia lograse dar al traste con una serie de cuestiones de
verdadero interés para lograr entender mejor la actividad del cerebro humano en
el período de sueño, incluso en el de vigilia, ya todas las culturas, más, o
menos, desarrolladas; todos los pueblos, razas, religiones del planeta, han
conferido al sueño gran importancia, por lo que muchos sueños han pasado a
tener un carácter de historicidad. El propio Platón, que por una parte y
apoyado en su dialéctica puso discípulos y adversarios frente a Sócrates y les
hizo descubrir, por medio de sus contradicciones, ideas que tenían en sí mismos
sin saberlo, concedía sin embargo a los sueños origen divino. Así Aristóteles,
fundador de la lógica, asociaba los sueños a la experiencia. Por este camino
hasta nuestros días, al sueño, aparte de su importancia vital como función
biológica, aunque aún no se logra establecer los mecanismos que en él
intervienen, ni qué funciones o factores biológicos abarca, a pesar de estar
estrechamente relacionado con el cerebro y su actividad mental, también se le
adjudican acepciones de índoles sagrada y misteriosas .
Este
preámbulo que de alguna manera se halla vinculado al exergo de Cruchaga con el
cual comienzo este trabajo y en que el autor habla de "escarbar" en
el subconsciente, en esa búsqueda en la que tropieza con "ángeles y
demonios", es apenas una de las disímiles rutas para entrar en la gruta de
la poesía de André Cruchaga. Poesía recóndita, a veces laberíntica, pero
siempre en contraste con momentos de alto vuelo en que se lanza en pos de un
universo galáctico, desconocido, surrealista.
El título
del poema que nos ocupa, es no es solamente una metáfora extraída del lenguaje
de los sueños, sino una caprichosa torcedura del mismo. Eevoca ese peregrinaje
de su libro “Viajar de la ceniza”, publicado recientemente y que tuve el gusto
de prologar además de presentir al tiempo que vaticinar, un nuevo viajar, esta
vez por las anchurosas carreteras de los sueños del poeta ya que no sólo es Cruchaga
cazador de metáforas sino también domador de sueños.
El
viaje, el incansable peregrinar de André Cruchaga por las sendas de la
imaginación, es una constante en su poesía. Rastro es también un vocablo de
condición polisémica. Se rastrea en busca de algo, se persigue un rastro; lo
hace nuestro autor: busca con olfato de cazador, persigue la presa, la captura,
y aún con la inquietante certidumbre del instante de su captura, la sirve, ya
palpitante, ya vencida, cocida y aromada con el sello del montero. Hablar de
rastro, es también hablar de trazas, de los vestigios (de un todo) que nos
llevan a la búsqueda de ese todo (tal vez los sueños como un todo o como un
solo sueño) o de lo verdaderamente esclarecedor de esos sueños. Éste sería el
caso de “Rastro de los sueños”, no de un sueño si no de los sueños como un todo,
del sueño infinito, de ese sueño que es atrapar el infinito en una metáfora. Y
como la letra de un tango, “en un beso la
vida”, la vida en una metáfora es la premisa de nuestro cazador. Así la
presa de Cruchaga se sirve viva, aleteante.
Cruchaga
crea el ambiente que recrea por medio de la fusión de sus imaginarios de
vueltas simbólicas al tiempo que deslinda de forma natural dentro de esa
atmósfera aparentemente caótica, la necesidad de su búsqueda incesante. Creo que
el único orden posible es aquel que se halla en el caos, y es esa cantera
caótica precisamente, cementero de donde nuestro autor extrae la roca para dar
paso a su orden; ordenado caos de Cruchaga, pleno de yacimientos, de venas, de
pozos, de galerías, en que nuestro cazador se convierte en un dios que crea la
circunstancia desde la circunstancia misma, en un imaginario en que pareciera
batallar con legiones de abrumadoras imágenes, con miríadas de episodios
inenarrables que se agolpan. Pero nuestro cazador, contrariamente a ese rasgo
de la obra de Salvador Spriú en la que el paso del tiempo conduce siempre a un
final, aunque sólo haya una vida y sólo haya un tiempo que se agote, no sólo
prevé la circunstancia si no que asume el imponderable de que no puede ni debe
perder un solo átomo de esa fuente de irradiaciones que recibe del tiempo -el
cronométrico- en forma de relámpagos; relámpagos de oscuridad luminosa o de
luminosidad oscura, como se les quiera llamar, que el cazador atrapa con avidez,
atesora en metáforas de versos fulmíneos, en palabra centelleante, para correr
en busca de otro y otro y otro relámpago que mantenga para siempre fuera de ese
final, no a él, el dios circunstancial, el cazador, si no a su presa: la
palabra cifrada.
Consciente
e inconsciente, con ángeles y demonios escritos en versos cifrados, la poesía
de Cruchaga es presa lista para el comensal hambriento, y ya la historia, o la
vida misma, se encargará de preservar sus mensajes.
Para
André Cruchaga no existe el sosiego, nada es más importante que ir en pos de
sus sueños, de los sueños; nada más importante que esas sombras que aletean en
la luz o esas luminiscencias que aletean en la oscuridad, y a las que debe dar
captura para que no queden fuera del juego del tiempo, y sea de esa única y
difícil forma, cuanto más complejo más completo el escenario, el mundo, el
universo de junglas con presas vírgenes que le obsesiona y en el que ya nunca
abandonará su oficio de cazador solitario.
N.A.
A pesar de que mi ojo apasionado no lograse abarcar en toda su profundidad el
trabajo de este poeta, las valoraciones críticas del siguiente poema de André
Cruchaga, Rastro de los sueños, surgen a raíz de la lectura habitual, tal vez
sea mejor decir el seguimiento, de la poética de André Cruchaga.
__________Rastro
de los sueños________
“Rastros
del sueño”, tejidos de la memoria:
Eco
de un tiempo transfigurado en las persianas
Cálidas
de las pupilas. El firmamento hundido
En
las manos —el tren roto del calendario
En
la lengua de los rieles, las ramas del viento
Como
una lluvia que la música no borra.
—Aquí
y allá, jugando al ajedrez del horizonte,
Al
jardín oscuro de los relojes, a la sed que no sacia
Las
lunas del País, al árbol del silencio
En
los meses de la garganta, al fantasma del asfalto
En
la noche caminando con cuervos y sicarios.
El
amor y la ternura otra vez en la ausencia:
—sólo
en los parques se ve el temblor de las sombras
Y
esa forma del tiempo ceñida a la boca.
Esa
forma de refugio marmóreo y de granito.
Los
pies furiosos y cansados de caminar sobre
Las
hojas de los libros, las calles carcomidas
Por
el ansia, a veces apretada furia de la angustia.
Las
horas arden en su partida moribunda:
Muerden
en la centella de la almohada
—soplan
los muros, las puertas y las ventanas.
El
polvo ahoga los poros y junta la ceniza en los cuadernos
Donde
hemos ido escribiendo las aguas interiores.
El
hierro ha formado su violín de halcones, —sordos
Violines
en la niebla de la tormenta, transiciones
Que
sólo son posibles en la noche de los espejos.
El
jadeo de los metales hiende la memoria:
Hoy
discurren vahos en medio de respiraciones ácidas.
La
sequedad puede más que un lecho de humedad plena.
La
inocencia se perdió en cada palabra: hoy
Se
ha llenado de pretextos e indiferencia y destiempo.
Los
antiguos miedos fraguan su lado oscuro,
La
rugosidad es demasiado habitual y carcome
Como
un fuego a ciegas los sembradíos de la transparencia.
Luego
los objetos en negro, la respiración
En
su concavidad pétrea —las aguas bajando sin voz
Por
los espejos y de nuevo la luz oscura ardiendo
En
el cuerpo como la noche que cuelga sus ojeras
En
el desván líquido de las pupilas…
La
raíz del sueño se queda en la garganta, en la sombra
Súbita
que se respira: Ahí la memoria juega
Sin
palabras, pero arde frente al vértigo —hacia
Las
aguas del aliento donde se lamen los suspiros.
El
sueño siempre juega a ser un sueño de irrealidades:
Y
por más días y lámparas o noches,
Ahí
están rotos los párpados junto a una estación
Sin
pupilas fiables, a los pañuelos del alba.
Barataria, 11.III.2009
André Cruchaga