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MARIA EUGENIA CASEIRO

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Blogs by MARIA EUGENIA CASEIRO

EL CAZADOR DE METÁFORAS
3/22/2014 5:26:29 PM


(Reseña crítica)

EL CAZADOR DE METÁFORAS.

Por María Eugenia Caseiro

 

 

“A menudo uno escarba en el propio subconsciente y ahí, en ese entramado de la existencia misma, se encuentran ángeles y demonios.”

                                                                          André Cruchaga

 

 

Rastro de los sueños. Así titula Cruchaga el poema que ha sido objeto de las presentes especulaciones. Un título “excavado” hoy por el autor en sus cuarenta y siete versos, aunque preludiado por todas y cada una de las metáforas -las prehistóricas- forjadas hasta llegar a la denominación que bien podría ser el título de un poemario, o andando más allá, un título que acopia, en cuatro palabras, toda la obra de André Cruchaga.

 

Cuarenta y siete versos ensartan el collar de Rastro de los sueños, casi una metáfora por verso que puede examinarse separada de la anterior o de la siguiente, sin dejar a un lado el sentido metafórico intratextual -constante en la obra de nuestro autor-. De ello se desprende, no de este poema, distintivo de su trabajo, si no del conjunto de su obra, la perspectiva de que esta labor de cazador le lleve toda la vida, y que toda su vida, la del antes y la del después, sea la caza interminable de tales empeños metafóricos; muchísimos más cuanto más devela su creación. Sería cuestión de dedicar libros enteros a internarse en la selva de su poesía, distintiva, figurativa, neobarroca, y apasionada sobre toda cosa. Sus imbricados versos se dejan llevar por los pasajes de una discursiva que se oblicua y se intrinca sin que deje de respirarse cierta espontaneidad.

 

Aunque el vocablo sueño, como muchos otros haya sido considerado como arquetipo postraumático en poesía, de condición ampliamente polisémica, partiendo de sus diferentes acepciones, éste se libera parcialmente de tal rótulo cuando se entroniza en el plano de la actividad onírica (ensoñaciones), y es ahí que antes de que la ciencia lograse dar al traste con una serie de cuestiones de verdadero interés para lograr entender mejor la actividad del cerebro humano en el período de sueño, incluso en el de vigilia, ya todas las culturas, más, o menos, desarrolladas; todos los pueblos, razas, religiones del planeta, han conferido al sueño gran importancia, por lo que muchos sueños han pasado a tener un carácter de historicidad. El propio Platón, que por una parte y apoyado en su dialéctica puso discípulos y adversarios frente a Sócrates y les hizo descubrir, por medio de sus contradicciones, ideas que tenían en sí mismos sin saberlo, concedía sin embargo a los sueños origen divino. Así Aristóteles, fundador de la lógica, asociaba los sueños a la experiencia. Por este camino hasta nuestros días, al sueño, aparte de su importancia vital como función biológica, aunque aún no se logra establecer los mecanismos que en él intervienen, ni qué funciones o factores biológicos abarca, a pesar de estar estrechamente relacionado con el cerebro y su actividad mental, también se le adjudican acepciones de índoles sagrada y misteriosas .

 

Este preámbulo que de alguna manera se halla vinculado al exergo de Cruchaga con el cual comienzo este trabajo y en que el autor habla de "escarbar" en el subconsciente, en esa búsqueda en la que tropieza con "ángeles y demonios", es apenas una de las disímiles rutas para entrar en la gruta de la poesía de André Cruchaga. Poesía recóndita, a veces laberíntica, pero siempre en contraste con momentos de alto vuelo en que se lanza en pos de un universo galáctico, desconocido, surrealista.

 

El título del poema que nos ocupa, es no es solamente una metáfora extraída del lenguaje de los sueños, sino una caprichosa torcedura del mismo. Eevoca ese peregrinaje de su libro “Viajar de la ceniza”, publicado recientemente y que tuve el gusto de prologar además de presentir al tiempo que vaticinar, un nuevo viajar, esta vez por las anchurosas carreteras de los sueños del poeta ya que no sólo es Cruchaga cazador de metáforas sino también domador de sueños.

 

El viaje, el incansable peregrinar de André Cruchaga por las sendas de la imaginación, es una constante en su poesía. Rastro es también un vocablo de condición polisémica. Se rastrea en busca de algo, se persigue un rastro; lo hace nuestro autor: busca con olfato de cazador, persigue la presa, la captura, y aún con la inquietante certidumbre del instante de su captura, la sirve, ya palpitante, ya vencida, cocida y aromada con el sello del montero. Hablar de rastro, es también hablar de trazas, de los vestigios (de un todo) que nos llevan a la búsqueda de ese todo (tal vez los sueños como un todo o como un solo sueño) o de lo verdaderamente esclarecedor de esos sueños. Éste sería el caso de “Rastro de los sueños”, no de un sueño si no de los sueños como un todo, del sueño infinito, de ese sueño que es atrapar el infinito en una metáfora. Y como la letra de un tango, “en un beso la vida”, la vida en una metáfora es la premisa de nuestro cazador. Así la presa de Cruchaga se sirve viva, aleteante.

 

Cruchaga crea el ambiente que recrea por medio de la fusión de sus imaginarios de vueltas simbólicas al tiempo que deslinda de forma natural dentro de esa atmósfera aparentemente caótica, la necesidad de su búsqueda incesante. Creo que el único orden posible es aquel que se halla en el caos, y es esa cantera caótica precisamente, cementero de donde nuestro autor extrae la roca para dar paso a su orden; ordenado caos de Cruchaga, pleno de yacimientos, de venas, de pozos, de galerías, en que nuestro cazador se convierte en un dios que crea la circunstancia desde la circunstancia misma, en un imaginario en que pareciera batallar con legiones de abrumadoras imágenes, con miríadas de episodios inenarrables que se agolpan. Pero nuestro cazador, contrariamente a ese rasgo de la obra de Salvador Spriú en la que el paso del tiempo conduce siempre a un final, aunque sólo haya una vida y sólo haya un tiempo que se agote, no sólo prevé la circunstancia si no que asume el imponderable de que no puede ni debe perder un solo átomo de esa fuente de irradiaciones que recibe del tiempo -el cronométrico- en forma de relámpagos; relámpagos de oscuridad luminosa o de luminosidad oscura, como se les quiera llamar, que el cazador atrapa con avidez, atesora en metáforas de versos fulmíneos, en palabra centelleante, para correr en busca de otro y otro y otro relámpago que mantenga para siempre fuera de ese final, no a él, el dios circunstancial, el cazador, si no a su presa: la palabra cifrada.

 

Consciente e inconsciente, con ángeles y demonios escritos en versos cifrados, la poesía de Cruchaga es presa lista para el comensal hambriento, y ya la historia, o la vida misma, se encargará de preservar sus mensajes.

 

Para André Cruchaga no existe el sosiego, nada es más importante que ir en pos de sus sueños, de los sueños; nada más importante que esas sombras que aletean en la luz o esas luminiscencias que aletean en la oscuridad, y a las que debe dar captura para que no queden fuera del juego del tiempo, y sea de esa única y difícil forma, cuanto más complejo más completo el escenario, el mundo, el universo de junglas con presas vírgenes que le obsesiona y en el que ya nunca abandonará su oficio de cazador solitario.

 

 

N.A. A pesar de que mi ojo apasionado no lograse abarcar en toda su profundidad el trabajo de este poeta, las valoraciones críticas del siguiente poema de André Cruchaga, Rastro de los sueños, surgen a raíz de la lectura habitual, tal vez sea mejor decir el seguimiento, de la poética de André Cruchaga.


 

__________Rastro de los sueños________

 

 

 

 

“Rastros del sueño”, tejidos de la memoria:

Eco de un tiempo transfigurado en las persianas

Cálidas de las pupilas. El firmamento hundido

En las manos —el tren roto del calendario

En la lengua de los rieles, las ramas del viento

Como una lluvia que la música no borra.

—Aquí y allá, jugando al ajedrez del horizonte,

Al jardín oscuro de los relojes, a la sed que no sacia

Las lunas del País, al árbol del silencio

En los meses de la garganta, al fantasma del asfalto

En la noche caminando con cuervos y sicarios.

El amor y la ternura otra vez en la ausencia:

—sólo en los parques se ve el temblor de las sombras

Y esa forma del tiempo ceñida a la boca.

Esa forma de refugio marmóreo y de granito.

Los pies furiosos y cansados de caminar sobre

Las hojas de los libros, las calles carcomidas

Por el ansia, a veces apretada furia de la angustia.

Las horas arden en su partida moribunda:

Muerden en la centella de la almohada

—soplan los muros, las puertas y las ventanas.

El polvo ahoga los poros y junta la ceniza en los cuadernos

Donde hemos ido escribiendo las aguas interiores.

El hierro ha formado su violín de halcones, —sordos

Violines en la niebla de la tormenta, transiciones

Que sólo son posibles en la noche de los espejos.

El jadeo de los metales hiende la memoria:

Hoy discurren vahos en medio de respiraciones ácidas.

La sequedad puede más que un lecho de humedad plena.

La inocencia se perdió en cada palabra: hoy

Se ha llenado de pretextos e indiferencia y destiempo.

Los antiguos miedos fraguan su lado oscuro,

La rugosidad es demasiado habitual y carcome

Como un fuego a ciegas los sembradíos de la transparencia.

Luego los objetos en negro, la respiración

En su concavidad pétrea —las aguas bajando sin voz

Por los espejos y de nuevo la luz oscura ardiendo

En el cuerpo como la noche que cuelga sus ojeras

En el desván líquido de las pupilas…

La raíz del sueño se queda en la garganta, en la sombra

Súbita que se respira: Ahí la memoria juega

Sin palabras, pero arde frente al vértigo —hacia

Las aguas del aliento donde se lamen los suspiros.

El sueño siempre juega a ser un sueño de irrealidades:

Y por más días y lámparas o noches,

Ahí están rotos los párpados junto a una estación

Sin pupilas fiables, a los pañuelos del alba.

Barataria, 11.III.2009

André Cruchaga



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