* Don’t you know that
the years will come and go
Some of us will change our lives
some of us still have nothing to show
nothing baby
but memories
George Michael
“Waiting For That Day”
Enero de 1998.
Amor mío:
Ayer en el periódico vi una foto de tres jóvenes, llorando en el funeral de su padre, acribillado en plena calle... el único hombre se parecía increíblemente a ti. Lloré cuando vi la foto, la guardé y sigo llorando al verla, porque recordé que tú también perdiste al tuyo, y por crueldad de la vida yo no te había conocido aun cuando tuviste que pasar por esos momentos terribles. Yo debí haber estado contigo, mi amor, debí haberte consolado y haberte ayudado en lo que pudiera, debí haberte ofrecido mi hombro para tu rostro y sus lágrimas y mis oídos para escucharte. Mis manos hubieran tomado las tuyas ofreciéndote mi apoyo. No, no digas nada. Te preguntarás qué es lo que tengo, que ya pasaron ocho años desde que te conocí y sigo pensando en ti todo el día todos los días, pienso en cuando vi tus ojos por primera vez, sigo soñando contigo, se acabó la preparatoria dos años después, llevo 6 años soñando con que nos volvemos a encontrar y sientes algo por mí y has estado pensando en mí.
Sigo imaginando tus cejas gruesas, tus ojos negros y tu espíritu rebelde, Antonio. Sí, porque detrás de tu cara de ángel se esconde un rebelde sin remedio, y eso me encanta de ti (si leyeras esto sé que pensarías “qué cursi”, te conozco).
No te he olvidado. Y no lo he hecho porque no quiero hacerlo y además aunque quisiera no podría. Sólo pienso en ti. Estos 6 años han sido los más difíciles de mi vida, ya sin verte y sin saber dónde estás, si amas o te aman, si estás aquí en la ciudad. Seis años de muchas lágrimas. He conocido muchos hombres, he sido inalcanzable para algunos. He recibido chocolates, flores, globos, peluches, tarjetas, perfumes, hasta serenatas, y nada me ha hecho poder olvidarte. He pensado que en tu ausencia se me secó el corazón. Me siento mala. Me siento sucia y además, necesito esa suciedad.
Tuya, Beatriz.
Al salir de la preparatoria ella entró a estudiar Comunicación, enfocada al Periodismo. Ahí conoció a estudiantes foráneas con las que aprendió a fumar, tomar, a maquillarse, a vestirse para ir a antros. Aprendió a decir mentiras en casa para quedarse en el departamento de una amiga, pretextando quedarse a dormir para estudiar o hacer trabajos escolares. Claro que se iban a una discoteca y llegaban ebrias en la madrugada, aunque al día siguiente hubiera clases. Se reían y se burlaban cuando Beatriz les contaba de Antonio, “el de la prepa”.
“Nos juntábamos Mónica, Vanessa, Berenice y yo desde las seis de la tarde, y ya estábamos ‘listas’ para el desmadre, para ‘entrar en calor’ en un restaurante bar con unas cervezas, luego en las bebidas de litro, luego en un antro, y luego en una disco, y luego a cenar tacos en la calle o a robar papas en una tienda de esas que se multiplican en Monterrey. Nos ligábamos cada quien a un viejo en cada lugar que íbamos, como yo era la menor, aprendí con ellas a no hablar demasiado, a ser simpática, misteriosa, accesible, a saber desde el principio si el chavo o viejo era codo o podría pagarme varias o muchas bebidas. Aprendía a buscar anillos de matrimonio o marcas de anillo en los dedos, aprendí las marcas más finas de accesorios y ropa de hombres, para saber si tenían dinero. A saber, con unas preguntas, si eran solteros o casados, y si querían bailar y platicar... o algo más.
Pasé la primera mitad de la universidad sin saber qué hacer con ese algo más, porque yo era la única de mis amigas que lo tenía... hasta que un día, más bien, una noche, una amiga nos dejó solos en su departamento a un chavo que se parecía bastante a Antonio, aunque ni ella ni las demás sabían nada del parecido.
Yo estaba ebria, y el chavo mientras me desvestía me decía que todo iba a estar bien... hasta la voz la tenía parecida a la de Antonio. Cerré los ojos, recordé el rostro de Antonio y quise besarlo... no pude. El chavo se alejó de mi rostro y comenzó a hacerme suya o lo que sea que eso signifique, sólo sentía el terrible dolor, por lo ebria no tenía fuerzas para quitarme, su voz la oía como en eco mientras me decía una y otra vez que todo iba bien... grité y lloré, me decía ‘sh’ para que me callara, después de un rato que se me hizo una eternidad se levantó de la cama y se fue. Yo estaba tirada en la cama sintiendo que algo líquido me salía desde adentro pero estaba ebria y me quedé dormida. Al levantarme toda la cama estaba roja de la sangre, vomité del asco y estuve toda la tarde limpiando lo que podía, antes de que mi amiga llegara. Estaba mareada y sólo veía sangre, sangre por todas partes.
Ese chavo se parecía mucho a Antonio y a partir de esa noche me dediqué a buscar a puros hombres parecidos a él: cabello negro, cejas gruesas, ojos negros, ni delgados ni gordos, con la piel blanca, pestañas largas”.
Sábado por la noche.
7 PM.
Beatriz, sola en casa, está en la terraza, acostada en un catre, al atardecer, viendo el cielo. Toma una cerveza y fuma. Con pijama, despeinada, deprimida y deprimente, escucha baladas de George Michael y Sting, algo de Emmanuel. Llora mucho. Se termina la cajetilla de cigarros y cierra los ojos.
8 PM.
Seca sus lágrimas, se da un baño, pone música bailable a todo volumen de Prodigy y The Crystal Method, sale del baño, elige la ropa adecuada y comienza a arreglarse concienzudamente, bajo los focos alrededor de su espejo enorme de baño. Prueba cinco peinados y al final decide dejarse el cabello suelto.
10.30 PM.
Llega sola a una discoteca, y se acomoda en el segundo piso, donde hay una mejor vista de la pista de baile y de hombres. Uno parecido a Antonio se acerca solo a la pista. Beatriz baja las escaleras rápidamente y se queda a la vista de él.
10.48 PM.
El la saca a bailar. Sus miradas dicen que se gustan. Hablan las preguntas de rutina (“¿cómo te llamas?, ¿eres de aquí?, ¿qué edad tienes?, ¿trabajas o estudias?, ¿vienes mucho por aquí?”).
Ella ve que se parece mucho a Antonio y él piensa que ella se parece mucho a su ex novia (Gisela), en la que aun piensa. No tardan mucho en irse a una mesa y embriagarse y entre el alcohol y el humo de los cigarros, el parecido que los dos tienen al otro se acentúa más y más. Se besan. Se abrazan con una ternura casi siempre ausente entre dos desconocidos. Se van del lugar abrazados. En el departamento del hombre, entre beso y beso los nombres Antonio y Gisela no se dejan de escuchar. Entre prenda y prenda menos, entre caricia y caricia más. Al amanecer, ella se va sin decir adiós, dejando al hombre dormido en la cama.
“Llegué a mi casa sin hacer ruido. Aproveché que no había nadie en casa para bañarme. Esa noche de ese día volvía buscar a Antonio, esa vez en un antro de San Pedro. Ya había recorrido todos los de Monterrey, tenía que encontrármelo, no podría tardar mucho en aparecer, digo, ya llevaba muchos meses de antro en antro esperando verlo, a esta edad es donde más se acude a esos lugares, ¿no?”.
Su trabajo en un periódico regio empezó a decaer. Siempre llegaba con dolor de cabeza o mareada, mucha sed, con ojeras, apestando a cigarro. Comenzó a gustar más del alcohol. En un termo guardaba siempre whisky y tomaba de él en el transcurso del día, no importando si estaba caliente.
“Me gusta desvelarme y luego levantarme temprano, así siento que no siento, que estoy medio inconsciente, que estoy en una película en la que soy espectadora y los demás son los actores”.
Siempre que iba a la disco terminaba con hombres con el mismo tipo físico. Y terminaba siempre en su cama. O se embriagaba hasta terminar vomitando en el baño, tirada en el suelo, pidiendo que la dejaran en paz.
Una noche, en una discoteca de San Pedro, a donde fue con su grupo de compañeras foráneas de su escuela para festejar su graduación de la universidad, Beatriz estaba en la pista, bailando con un hombre muy parecido a Antonio, como acostumbraba. Aunque era música bailable, bailaban abrazados, tranquilamente, meciéndose de un lado a otro, escuchando una balada que sólo Beatriz podía oír en su embriagado cerebro. Los brazos de ella rodeaban el cuello del desconocido. Ya estaba muy ebria y lo que menos importaba era la música. El ir y venir de los dos cuerpos la mareaba aun más, y como no había comido nada en todo el día, las piñas coladas, los muppets, los vampiros, las campechanas y las cubas surtían efecto doble... Beatriz comenzó a vomitar en medio de la pista. Su acompañante se apartó de ella y en vez de ayudarla, se alejó rápidamente y se fue del lugar.
Todos hicieron un círculo alrededor de ella para verla, no podían creer lo que estaban viendo. La música se detuvo. Sus compañeras de escuela cuchicheaban entre ellas, sentadas en una mesa. Beatriz vomitaba y se embarraba la ropa y el cabello con tanto vómito, lloraba. Los guardias la sacaron con dificultad de la pista, pues las piernas y su equilibrio se escapaban de su voluntad.
Al llegar a la salida-entrada del lugar... Antonio. Iba llegando, con una mujer. Antonio miró a Beatriz de arriba abajo, y al reconocerla, la miró con incredulidad y más que eso, lástima. Ella lo vio y su estómago se revolvió. No pudo evitar vomitar de nuevo. Él cuidó a su pareja de que se ensuciara con los líquidos que salían de la boca y la nariz de Beatriz con furia y sin control. Ella trató de hablarle pero los guardias temían que fuera a hacer algo violento por su lamentable estado y la sacaron a fuerzas del lugar mientras ella quería regresar ahí y entre espasmo y espasmo gritaba:
“¡No! ¡no! ¡suéltenme! ¡Antonio! ¡Antonio!”
FIN
* No sabes que
los años vendrán y se irán
algunos de nosotros habremos cambiado nuestras vidas
algunos de nosotros no tendremos nada que mostrar
nada, amor
más que recuerdos...
Suspenseful and close to home, Rain of Deception 2 will leave you in Tears. Much like Part 1, this will shocking sequel will keep you on the edge of your fingertips.
A poignant story about letting go of a narcissist in your life. Have you ever been attacked FULL force by a narcissist? It's the closest thing to being stabbed over and over in the back.