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ADOLFO MAZARIEGOS

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Hualpaya
by ADOLFO MAZARIEGOS
Sunday, July 6, 2003



       
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· El timbre del teléfono
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     Short Story (Spanish)
From: "Gotas"

Aquella tarde, el viento soplaba constante, sin mucha fuerza. El otoño había llegado y hacía caer suavemente las hojas secas de los árboles de aquel polvoriento camino. Las aves empezaban a buscar sus nidos y algún grillo tempranero empezaba su melodía de siempre: riqui, riqui, riqui. ¡Cómo pasan los años! Recuerdo aquellos días cuando solíamos pescar y buscar cangrejos bajo las piedras de la orilla del río que atraviesa Hualpaya ¡Cuán lejanos están ahora esos tiempos! Quién pudiera volver a vivir aquellas tardes, viendo a los viejos conversar en la pequeña plazuela, sentados en las rústicas y escasas bancas de piedra, mascando tabaco barato y piropeando a las muchachas de vez en cuando.


     Los domingos eran especiales: A las doce y media, el almuerzo, cierto cocimiento de verduras que mi abuela insistía en llamar sopa de res, y no se debía poner mala cara, porque el domingo era el único día que llevaban carne fresca de res al mercado del pueblo.


     A las tres de la tarde, todas las señoras se reunían en la iglesia para oír misa con el padre Julián; después de dar la limosna, comulgar, poner cara de quien no mata una mosca y escuchar el acostumbrado «podéis ir en paz» salían todas, presurosas, ansiosas por contarse los chismes del día.


     ―¡Ay!, pero no sabe que la Carmelita está enamorada del padre Julián. Viene todos los días dis que a confesarse, ¿no será que a él también le gusta ella?


     ―Santa María de Jesús, no diga eso doña Caridad.


     Teníamos que escuchar todo y caminar con ellas hasta nuestras casas.


     ¿Qué será de Juanita?, aún recuerdo la sensación que provocó en mí tocar por primera vez aquellos senos pequeños y firmes y después perderme lentamente en aquel mar profundo, tibio y desconocido para mí hasta entonces, ella lo hizo todo, yo tan solo me dejé llevar cual madero en las olas, navegando sin rumbo y sin tiempo, sin nada. ―Esto tengo que contárselo a Pepe, aunque talvéz no me crea―. Pepe era entonces mi mejor amigo, eramos dos mocosos inseparables. De lunes a viernes por la mañana, a la escuela; por las tardes, cualquier cosa que se nos ocurriera: volar cometas en el Cerro de la Cruz, espiar mujeres bañándose en el lavadero público o cazar pájaros carpinteros.


     ―Pepe, tengo algo que contarte: Anoche la Juanita y yo estuvimos a solas en mi casa, en la cama de mi abuela... Sabía que no me creerías...


     A Pepe le gustaba Juanita, algo me lo dijo aquel día, nunca hablamos de ello, pero sé que siempre le gustó. Juanita recién cumplía los diecisiete años, nosotros teníamos catorce; era de bonitas formas, aunque delgada, ojos grandes color café, pelo negro, piel trigueña.


     Hualpaya, calles angostas de adoquín, casas blanqueadas con cal, olor a tortillas de maíz, árboles de jacaranda, su pinada, su camino de entrada. Yo que dije que nunca volvería, aquí voy, a pesar de que quise olvidarme de éste lugar en que nací. ¿Quién enseñará a leer y escribir en mi antigua escuela?, seguramente alguna maestra como la que a mí me enseñó, flaca, alta, de anteojos y muy seria ―repitan conmigo por favor― todos parecían burlarse en su interior de la forma en que se acomodaba los anteojos cada vez que se le movían y desacomodaban debido a los movimientos bruscos que hacía con la cabeza ―eso no está bien jovencito, hágalo de nuevo y fíjese o tendrá que repetirlo.


     ¡Cuántas cosas hice en mi pueblo, y cuántas dejé de hacer! Cuántos momentos, como aquella tarde cuando salimos a cazar ranas con Pepe, nos persiguieron varios perros, ¡cómo corrimos tratando de escapar!, luego nos tendimos en la hierba fresca que rodeaba el ojo de agua, viendo las nubes que en lo alto pasaban formando caprichosas figuras de conejos, ratones, peces y aves. Las copas de los árboles bailaban suavemente, al ritmo del viento que las movía de un lado a otro y que silbaba melodiosamente por entre las ramas. Alguna ardilla nos observaba escondida en una rama y los pájaros revoloteban  en cualquier parte. Buscar moras silvestres era algo obligado, tratando siempre de no hacernos pequeñas heridas con las espinas o cuidando no ser picados por algún bicho.


     Los días de lluvia también eran especiales, los pasabamos en el pueblo, de charco en charco. Las noches de luna en cambio, solíamos reunirnos con otros amigos en la esquina de casa, contábamos historias y chistes hasta muy tarde. Por cierto, ¿qué será de aquel muchacho delgado y taciturno que vivía al final de mi calle?, creo que se llamaba Juan, ¿se habrá casado?, ¿se iría del pueblo como yo lo hice?, seguramente aún vive en la misma casa, dando maíz a sus pollos y cuidando a su perro, si es que tiene uno. Recuerdo cómo nos observaba recostado en su cerca.


     ―Hey tú, ¿quieres jugar?― no contestaba. Tímidamente se agachaba y se escondía detrás de las tablas más anchas de la cerca. Nunca le ví en las fiestas o por las calles con amigos, tampoco le ví salir a las ferias patronales.


     ¿Qué hora será?, con tanto recordar he perdido la noción del tiempo, ya casi anochece. Quisiera caminar por el pueblo, aunque no creo que alguien me reconozca, han pasado muchos años.


     ―Disculpe señor, ¿voy bien para Hualpaya?


     ―Si señor, va bien.


     ―Disculpe, ¿hay algún hotel en Hualpaya?


     ―¿Hotel?, no, hotel no.


     ―¿Y sabe usted si habrá algún lugar donde pueda pasar la noche?


     ―Pues... doña Chelo talvéz tenga un cuarto para alquilarle.


     ―¿Usted podría indicarme por dónde vive doña Chelo?


     ―Si, cuando lleguemos al pueblo.


     ―¿Falta mucho?


     ―No, no falta mucho.


     Hablar con aquel hombre que por casualidad encontré en el camino era casi como hablar solo, contestaba poco, parco, daba la impresión de contestarse uno mismo, raramente se extendía. Pero aún así era preferible caminar con alguien aunque hablara poco, sobre todo en aquel momento en que casi era de noche. Los minutos continuaron su presurosa marcha y muy pronto, un manto negro nos cubrió sin que mi callado acompañante y yo nos percataramos. Alguna estrella brillaba lejana y la melodía de aquel grillo tempranero se había comvertido en toda una sinfonía interpretada por cientos de diminutos músicos silvestres.


―Perdone, ¿vive aquí doña Chelo?


―Sí, dígame.


―Quisiera que me alquilara una habitación para pasar la noche, si fuera posible.


     De pronto me encontré guiado por una mujer de aproximadamente sesenta años, por un pasillo que conducía en línea recta desde la puesrta de la calle hasta un pequeño cuarto en el fondo. Presurosa se adelantó a encender una vela que estaba sobre la mesa, la colocó en una botella de refresco y con aire amable me señaló un catre.


―Disculpe, pero es todo lo que puedo ofrecerle, no tengo disponible nada más, si le parece, le traeré una almohada y sábanas limpias.


     En el ambiente se respiraba un olor a paredes húmedas, la puerta no tenía siquiera una aldaba y la vela daba un ambiente tétrico al lugar, pero traté de no reparar en esos detalles, lo que yo deseaba era dormir. Me recosté en el catre y me quedé dormido profundamente. De pronto, repetidos toquidos sonaron en mi puerta, alguien (no sé quien), me avisaba que eran las nueve de la mañana. El día siguiente había llegado sin darme tiempo para soñar.


     Hoy me he enterado que el padre Julián dejó la Iglesia y se fue a vivir a otro pueblo...con Carmelita; Pepe, mi amigo de la infancia, a quien no he logrado localizar, se casó con Juanita y tienen ya cuatro hijos. Juan, el muchacho taciturno del final de mi calle, ahora es el Señor Alcalde; la carne, ya no se come solo los domingos, ahora la venden cinco días por semana: lunes y martes, el martes venden la que quedó del lunes; jueves y viernes, el viernes venden la que quedó del jueves; domingo, día de carne recién llevada, el lunes venden la que quedó del domingo, el martes venden la que quedó del lunes...


 

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