Eran poco más de las once de la noche. Sentado en su cómodo sillón de cuero leía embelesado la sangrienta novela que le obsequió Herminio, uno de los dos líneas que trabajaron con él la tarde anterior. Una hora antes había estado revisando su desempeño en el último partido del campeonato. Su esposa le grababa cada partido en video para que él pudiera verlos después. Esta vez no había sido la excepción, poco antes de salir a casa de sus padres como cada fin de semana, ella dejó el video cassette sobre el escritorio, junto a la nota de costumbre en la que le avisaba que la cena estaba en el horno.
Afuera, la calle solitaria y oscura veía pasar «como todas las noches» de norte a sur y de sur a norte, un perro flaco al que la luz de la luna hacía parecer más bien un lobo triste sin manada; el perfecto guardián de un alma que estubiera por partir. A lo lejos, la sirena de una ambulancia presurosa hacía imaginar cualquier desgracia. Sin embargo, él no prestaba atención a nada más que a su libro. Estaba tan absorto en su lectura que ni siquiera recordó sacar del horno la comida para cenar.
El timbre del teléfono sonó inesperadamente y él se asustó, pero se quedó inmóvil, con la vista clavada en el libro, con los ojos grandes y abiertos, sin saber si aún estaba sentado en su sillón de cuero o si por alguna extraña razón caminaba junto al perro flaco de su calle. El teléfono seguía sonando, era Herminio que deseaba preguntarle si le había gustado el libro. Nadie respondía, él ya no escuchaba. Su corazón de pronto había dejado de latir. Era arbitro de foot-ball y le llegó... la muerte súbita.