Era un miércoles, llegué del colegio a la 1 p.m. En mi casa siempre estaba puesta la radio. Las noticias se escuchaban de 6 a 6... Mientras almorzaba sopita, las informaciones eran cada vez más dramáticas y confusas.
Como era miércoles no tenia que regresar al cole por la tarde, así es que me quedé durante horas cerca del transistor de mi abuela, en casa nadie hablaba, tratamos de llamar por teléfono a mi mamá que trabajaba en el centro a escasas dos cuadras de la tragedia. Cuando pudimos hablar con ella, se escuchaban las ráfagas de ametralladora, las mismas que se estaban escuchando en la radio. La voz del Presidente de la Corte pidiendo que cesara el fuego, que las cosas se estaban poniendo muy mal, que por favor pasara al teléfono el señor Presidente, que le dijera a los soldados y a los policías que dejaran de disparar... pero ese gobierno azul y pusilánime dejó que el ejército acabara con todas esas voces que rogaban que se les respetara su vida.
Como a las 7 de la noche, prendimos la televisión para ver el noticiero 24 horas, la censura ya actuaba, pero algunas imágenes alcanzaron a salir al aire, ya se veían las llamas del palacio, devorando presurosas la historia judicial y jurídica de la Nación... Se veía el tanque entrando al palacio, la angustia, el miedo. Y tal vez cinco o seis minutos mas tarde se interrumpió la emisión del telediario y apareció la Ministra Noemí Sanin, a decir que no se había logrado la comunicación con el Presidente por que no tenían su numero... y a continuación ... un partido de fútbol, Millonarios contra no sé que otro equipo... claro era miércoles... y luego el silencio, la gente de mi cuadra salía para hablar entre vecinos, nadie sabia nada a ciencia cierta, sólo sabíamos que eran los del M que se habían tomado el palacio, y que el ejército estaba intentando recuperar el templo de la justicia a las malas... a diferencia de la toma de la Embajada, que igual fue vivida por los niños de mi barrio como una aventura. Vivíamos en el barrio La Soledad, a 5 minutos de la Universidad Nacional, a 8 de la Embajada, la calle 45 estuvo cerrada todo el tiempo que duró la toma, y pensábamos ingenuamente que esta vez sería igual.
A las 9 de la noche nos llamó mi mamá a decirnos que se quedaba esa noche en el centro en la casa de su novio; él vivía en esa época en la 3 con 18 abajo de la Universidad de Los Andes, y desde su apartamento se veía todo el centro, así es que las balas seguían escuchándose y ellos vieron todo el incendio, oyeron los helicópteros, los roquetazos, la muerte. Como a las 11 de la noche, alguien timbró en nuestra casa, era mi tía Myriam, ella trabajaba en la avenida Caracas con 1a sur, en un laboratorio farmacéutico. Había tenido que irse caminando hasta la casa de mi abuela, ella vivía en Zipaquirá y evidentemente no había transporte. Su relato de lo que se decía en la calle era pavoroso. Que los iban a matar a todos, que los soldados no tenían miedo... y en los medios sólo había silencio. Al día siguiente pasó la ruta del colegio pero el bus iba vacío, no hay clases hoy, la situación es grave y no se sabe qué puede pasar. No fui al cole, pero lo que aprendí en esos dos días es que la democracia había sido golpeada, por los dos bandos, que la justicia en mi país no valía nada, y presentí a mis escasos trece años que la crisis que se avecinaba sería infinita, que había que tratar de hacer algo.
Y hoy 20 años más tarde, yo ya ni siquiera vivo allí, ni pude hacer nada, y cada día veo como se desbarata ese país que hace cuatro lustros era el mío, en el cual creía, en el que quería trabajar cuando fuera grande para hacerlo mejor... y ya ves... nada...
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Reviewed by Alexandra Riera
11/30/2005
Espero que esto sea ficción y no real... Si es real siento mucho que hayas pasado por eso... que pena... y si es ficcion es muy bueno pero muy triste.. Lo he leido con mucha atención y como escrito me ha gustado aunque me haya puesto triste... supongo que esa es la mision del escritor... transmitir.. y hacer sentir.. con lo cual Felicitaciones!
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