Mendigo
Digamos que empecé algo.
Para no quedarme quieto, rogué,
porque no es redundante decir que
ellos tampoco me dieron tanto.
¿Por qué supliqué, Dios mío?
Porque unos ojos tiernos me esperaban,
lejos de conocer los infiernos,
ella estaba sola en la casa, muerta y fría.
Podría hablar de las cosas malas,
de las penas que me afectaron,
de las historias que se contaron,
pero siempre recordaré esto.
Mientras buscaba a la gente,
pidiendo dinero hábilmente,
vi que despertaba sospechas,
podría estar al frente.
Alguien me llamó mendigo con desdén;
no sé si por celos o envidia.
Lo cierto es que fue un motivo de peso
para que me enfureciera el resto del día.
Así que resultó que yo era alguien malvado,
porque eso es lo que dice este tipo,
aunque él no sabía cómo reacciono
cuando tengo que defender mi honor.
Entonces fui hacia él y agarré
su cuello gordo y desnudo con mis manos
y apreté fuerte con todas mis fuerzas,
pero tuve que huir, y después lloré.
¿Quién podría impedirme
intentar darme satisfacción
y disminuir así el pesar
por lo que la niña iba a contarme?
Leopoldo Barcaza Álvarez
Madrid, 5 de agosto de 1993