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Mois Benarroch

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Lucena (Spanish/ Novel)
by Mois Benarroch   
Books by Mois Benarroch
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Kindle Edition
Amazon
Lea partes de la novela
IBERLIBRO

Category:  Historical Fiction
Publisher: moben

ISBN-10:  1411638018

Type: Fiction

Pages: 200

Copyright: 
2007
Price: $10.00 (eBook)


Novela en castellano.
En venta en Amazon.com!!!
Lucena es un viaje interior hacia el porqué del exilio y es un camino moderno salpicado de diálogos, poemas, relatos y varias tramas argumentales, todo bajo la solemne sombra de un personaje que se llama Lucena y que tiene 1000 años. Un rico cosmos literario al servicio del hedonismo de quien desee aprender y disfrutar al mismo tiempo.
Allí, en Elosddana - Elí Hoshaana. D-os nos salve - empezo la hegemonía del judaismo en Sefarad y terminó la de Babilonia. Ciento cincuenta años de una ciudad judía, fuerte y prospera, la ciudad de la fe y del culto a D-os, de verdad no como hoy en día. La ciudad de mis antepasados y de los tuyos, una ciudad olvidada, ni tan importante ni dramática, ni Toledo ni Granada, pero entonces, en el siglo XI, era la ciudad de los judíos y nadie creia que pudiera ser una ciudad de judíos.
Moshe Benarroch nace en Tetuán en 1959. Descendiente de una familia sefardita expulsada de España en 1492, a los 13 años emigra con sus padres a Israel y desde entonces reside en Jerusalén. Empieza a escribir poesía a los 15 años, primero en inglés y, posteriormente en hebreo y español. Ha sido traducido al inglés, francés, alemán, urdu, gallego y mandarín. En Galicia ha publicado su poemario Esquina de Tetuán.
Toda su obra está anclada en su pasado sefardí, sus personajes responden a un opaco mapa interior, un mapa histórico que resuena en su vida actual. Y todo esto impregna también su novela Lucena, ya editada en hebrero en 2002 en Astrolog y traducida para esta edición por Roser Lluch Oms.

 
LUCENA
Lucena es un viaje interior hacia el porqué del exilio y es un camino moderno salpicado de diálogos, poemas, relatos y varias tramas argumentales, todo bajo la solemne sombra de un personaje que se llama Lucena y que tiene 1000 años. Un rico cosmos literario al servicio del hedonismo de quien desee aprender y disfrutar al mismo tiempo. Allí, en Elí Hoshaana. Dios nos salve - empezo la hegemonía del judaismo en Sefarad y terminó la de Babilonia. Ciento cincuenta años de una ciudad judía, fuerte y prospera, la ciudad de la fe y del culto a Dios, de verdad no como hoy en día. La ciudad de mis antepasados y de los tuyos, una ciudad olvidada, ni tan importante ni dramática, ni Toledo ni Granada, pero entonces, en el siglo XI, era la ciudad de los judíos y nadie creia que pudiera ser una ciudad de judíos.
 

   

ISBN: 1-4116-3801-8

 
 
 
 
 

               



Excerpt

"Benarroch invita a que nos paseemos por la memoria del pueblo judío, adentrándonos en un diálogo con el sefardismo" Ester Pino







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La primera edición de Lucena se publicó en España por la editorial Lf y se agotó en menos de dos meses. Le ofrecemos ahora una nueva edición que tendrá difusión en todos los amazon del mundo (hasta en el Japón) así como en LULU que envía a los españoles los libros desde España.



Esta es una novela que todo tetuaní y todo Tangerino debe leer, así como los sefardíes de Marruecos y del resto del mundo.





Aquí sigue un extracto de la novela, y un poco de lo que se ha dicho y escrito sobre ella.





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En Inglaterra

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Lucena

ISBN-10: 1411638018

ISBN-13: 9781411638013





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Lucena es un viaje interior hacia el porqué del exilio y es un camino moderno salpicado de diálogos, poemas, relatos y varias tramas argumentales, todo bajo la solemne sombra de un personaje que se llama Lucena y que tiene 1000 años. Un rico cosmos literario al servicio del hedonismo de quien desee aprender y disfrutar al mismo tiempo.

Allí, en Elosddana - Elí Hoshaana. D-os nos salve - empezo la hegemonía del judaismo en Sefarad y terminó la de Babilonia. Ciento cincuenta años de una ciudad judía, fuerte y prospera, la ciudad de la fe y del culto a D-os, de verdad no como hoy en día. La ciudad de mis antepasados y de los tuyos, una ciudad olvidada, ni tan importante ni dramática, ni Toledo ni Granada, pero entonces, en el siglo XI, era la ciudad de los judíos y nadie creia que pudiera ser una ciudad de judíos.

Moshe Benarroch nace en Tetuán en 1959. Descendiente de una familia sefardita expulsada de España en 1492, a los 13 años emigra con sus padres a Israel y desde entonces reside en Jerusalén. Empieza a escribir poesía a los 15 años, primero en inglés y, posteriormente en hebreo y español. Ha sido traducido al inglés, francés, alemán, urdu, gallego y mandarín. En Galicia ha publicado su poemario Esquina de Tetuán.

Toda su obra está anclada en su pasado sefardí, sus personajes responden a un opaco mapa interior, un mapa histórico que resuena en su vida actual. Y todo esto impregna también su novela Lucena, ya editada en hebrero en 2002 en Astrolog y traducida para esta edición por Roser Lluch Oms.



















LUCENA

Lucena es un viaje interior hacia el porqué del exilio y es un camino moderno salpicado de diálogos, poemas, relatos y varias tramas argumentales, todo bajo la solemne sombra de un personaje que se llama Lucena y que tiene 1000 años. Un rico cosmos literario al servicio del hedonismo de quien desee aprender y disfrutar al mismo tiempo. Allí, en Elí Hoshaana. Dios nos salve - empezo la hegemonía del judaismo en Sefarad y terminó la de Babilonia. Ciento cincuenta años de una ciudad judía, fuerte y prospera, la ciudad de la fe y del culto a Dios, de verdad no como hoy en día. La ciudad de mis antepasados y de los tuyos, una ciudad olvidada, ni tan importante ni dramática, ni Toledo ni Granada, pero entonces, en el siglo XI, era la ciudad de los judíos y nadie creia que pudiera ser una ciudad de judíos.































LUCENA





Primer cápitulo

























Isaac Benzimra estaba cansado, muy cansado. El trabajo, los niños, la mujer, la tensión en el banco, el coche nuevo, los pagos a plazos, la hipoteca y todo lo demás. Ahora tenía todo lo que siempre había querido tener: un gran chalet en las afueras de Ciudad de México, en uno de los barrios más prestigiosos de la ciudad, un Volvo nuevo (cambió el BMW), una mujer guapa tras dos operaciones de cirugía plástica que le dejaron los pechos como los de una jovencita de quince años, dos niños afortunados que estudiaban en un instituto, un bufete en el centro de la ciudad, en una palabra, todo. “Todo y nada” era la frase que resonaba en su cabeza sin cesar, día y noche, “todo y nada”. A veces se convertía en “todo es nada,” día y noche, en sueños, durante la conversación con un cliente, qué será de ti, Isaac, qué será de Isaac Benzimra, qué será de su vida, de su mujer, de sus hijos.

Quería abandonarlo todo, el trabajo, los hijos, la hipoteca, la amante, las furcias caras, los viajes a Miami, la ruleta en Las Vegas y la oficina en el quinto pino. Quería abandonarlo todo. Pero en lugar de esto, un día le dijo a su mujer: “Me voy de viaje a España, ya he encargado los billetes. El domingo, después de misa, volamos a Málaga, voy al país de mis antepasados, Melisa. Entiéndelo, necesito encontrar allí el sentido de mi vida, en Granada. En Lucena o en Granada, necesito comprender, me voy al país de donde vienen todas mis desgracias.”

Melisa le miró muy preocupada y le recordó que tenía que terminar un asunto muy importante en el tribunal relacionado con la compañía internacional de ordenadores “Lacroft”.

“Efectivamente, pero tengo un socio, ¿no? ¿No tengo derecho a vacaciones? Si sigo así voy a reventar, a reventar Melisa.” Inmediatamente, como un niño haciendo comedia en la escuela, se dejó caer en la enorme cama redonda que había en el centro de la habitación.

“Tenemos deudas,” dijo Melisa, “y si él es quien presenta los asuntos, se quedará con la mayor parte de las comisiones. ¿Recuerdas el acuerdo al que llegaste con él, con tu buen corazón, cuando no tenía nada? Amigo, ah, amigos, me gustaría ver si él te ayudaría si tú no tuvieras nada.”

“Siempre habrá, siempre habrá dinero y habrá deudas, y bancos que me darán préstamos y tarjetas de crédito con un enorme crédito para que gastes más. ¿Sabes cuánto crédito tenemos en nuestras veinticinco tarjetas? Tarjetas de oro, de platino, la Super American Express, la V.I.P. de Visa Platino, ¿cuál más?, ni me acuerdo, ah, sí, la Diners Supersonic, ¿sabes cuánto? Dos millones de dólares, usted gaste, gaste, sabemos que es una mula de trabajo y que trabajará como un burro para pagar.”

“De acuerdo,” Melisa se rindió ante la extraña situación en la que su marido la metía. “Me doy cuenta de que en verdad necesitas unas vacaciones. Iremos a Málaga.”

“Debo decirte que nos alojaremos en un hotel barato, estoy harto de lujos y de tantas estrellas. En un hotel de tres estrellas, uno barato.”

“¿Tú? ¿Estás a punto de quebrar o qué? ¿Tú quieres ir a un hotel de tres estrellas? ¡Pero si cuando tenías veinte años ya no te sentías cómodo en hoteles que costaran menos de cuatrocientos dólares la noche! Tal vez lo que te convendría sería ir al médico, al psiquiatra, no hacer vacaciones.”

“Sabía que esto pasaría, no quiero ir a ningún hotel de los que te hacen entrar en el casino para sacarte el dinero, o de los que te lamen el trasero para que les des doscientos dólares de propina. Quiero algo sobrio, así que ponme ropa sencilla en la maleta.”

“Yo no tengo ropa sencilla.”

“Es muy simple. Coge cien dólares y ves a comprarte algunas cosas baratas, que te hagan parecer la mujer de un funcionario, no la de un abogado importante.”

“Esto ya es demasiado, ¿vale? Demasiado. Iré de viaje con mis vestidos, no menos de tres maletas. Voy a empezar a prepararlas, no sé si me dará tiempo. Pediré a mi amiga Luisa que me ayude.”



Isaac volvió a oír aquella voz, “todo es nada.”

“Todo es nada,” le dijo a su mujer.

“¿Me llevo el vestido rojo? ¿Aquél del escote? ¿Qué opinas? Tal vez no sea ya conveniente, cierto, tendré que ir a comprarme algunos vestidos.”



Isaac se metió en su coche, se sentía realmente incomodo – “Todo es nada”. Aumentó el volumen del disco de los Rolling Stones en el que cantan “Angie”, se puso a cantar con ellos y esto le ayudó un poco, pero cuando la canción terminó volvió a oírlo, “todo es nada.” Esta vez frenó. Aquella voz tenía una presencia más fuerte que las veces anteriores, como si no viniera de su cabeza, sino como si alguien sentado en el asiento posterior le dijera “todo es nada.”



Cuando llegó al bufete su secretaria le dijo que Luisa había llamado ya cinco veces. Le daba igual. Como de costumbre, no le devolvió ninguna llamada. Tenía varias citas, pero le pidió a la secretaria que las anulara. Ella creyó que él quería algo con ella, como la última vez que le había hecho anular todas las citas. Isaac era un amante maravilloso. A pesar de las tensiones, en cuanto tocaba a una mujer, incluso a la suya, se liberaba por completo. Sus manos acariciaban el cuerpo de la mujer con tanta ternura que ninguna puede olvidarlo. Algo poco común entre los abogados. Pero no. Esta vez Isaac se encerró en su despacho y no habló con nadie. Bajó las persianas hasta la mitad e incluso pidió a la secretaria que no le pasara ninguna llamada y que no entrara para nada. Así pasó todo el viernes, aturdido en el despacho, intentando con todas sus fuerzas deshacerse del “todo es nada”, encendió algunos habanos, aunque le causaran dificultades respiratorias no podía dejar de fumarlos.

Isaac, se decía a sí mismo, Isaac, ¿quién eres, Isaac?

Primero dijo su nombre, hablando consigo mismo. Por un lado, pensaba que todos los psiquiatras creerían que estaba loco, pero, por el otro, cada vez que oía su nombre embistiendo desde su garganta se sentía bien.

El sábado durmió hasta tarde, le pidió a su mujer que no le pasara ninguna llamada, ni siquiera la de un amigo. Sólo le rogó que le pusiera muchos calzoncillos en la maleta, que no pasara como la última vez que fueron a Hawai, que le faltaron calzoncillos y que en ninguna tienda consiguió encontrar los bóxer que a él le gustan. “Lo más importante es muchos calzoncillos,” le insistió más una vez.

Después de comer hizo la siesta, y cuando se despertó le dijo a Melisa que pidiera una limusina para ir al aeropuerto al día siguiente. Pero luego dijo: “¿Para qué necesitamos una limusina? Basta con un taxi, durante una semana seremos pobres, ¿te parece bien?”

“En absoluto,” dijo Melisa, “si quieres, sé pobre tú, yo iré en limusina. No me casé contigo para ser pobre, para esto me habría casado con Moís, el poeta. Me quería más que tú, y por ahora ni siquiera se ha comprado un coche, no tiene dinero para nada.”


“Me gustaría saber qué ha sido de este drogata, creo que incluso era un poco marica.”

“Te aseguro que no es cierto. Tal vez estuviera un poco ido, o loco, o lo que quieras, pero no era marica.”

“Algunas de mis amigas decían que el sexo no le interesaba demasiado, pero ¿qué importa eso? Apenas tomé un tequila con él, vomitó después del carajillo y no volví a verle.”

“Aquellas chicas me odiaban porque sólo me quería a mí.”

“De acuerdo, como quieras, pide una limusina, no importa, iremos en ‘limu’. Da igual.”

Isaac quería dejarlo todo –el dinero, las limusinas, la mujer, los hijos, la hipoteca, el bufete, la ciudad– incluso la vida. Pero la vida no quería dejarle a él. La vida se aferraba a él como una espina en la garganta –seguros de vida de millones de dólares–, siempre pensaba que valía más muerto que vivo, aun sin comprender la lógica que aquello tenía. Vivo, su pasivo era de medio millón de dólares, y si moría sus seguros de vida ascenderían a tres millones de dólares. A su mujer y a sus hijos les quedarían dos millones y medio. ¿Qué lógica tenía esto? ¿Por qué una mujer no mata a su marido si éste ha ganado lo suficiente para el seguro de vida? Basta con hacer algo en el coche para que uno tenga un accidente convincente. Isaac se puso a pensar en toda clase de teorías según las cuales el cincuenta por ciento de los accidentes de tránsito son asesinatos y otro tanto por ciento no desestimable, suicidios. Parece mucho más respetable morir en un accidente de coche que metiéndote una bala en la cabeza. “Todo es nada.” De hecho, él no pensaba en absoluto en el suicidio. A pesar de no ser practicante, era creyente, y su madre le había inculcado el sentido del castigo tras la muerte por suicidio y el del miedo al infierno.



El sábado por la tarde durmió tanto que a la noche no tenía sueño. A las dos de la madrugada ya estaba dando vueltas por la casa y esperando el momento de subir al avión. Siempre le ocurría lo mismo con los viajes, se ponía muy tenso antes de un vuelo.



“¿Qué? ¿No vamos en primera? ¿No crees que esto es ya demasiado? ¿Diez horas de vuelo con… en segunda clase? No estoy de acuerdo. Pide que nos cambien.”

“Señor Benzimra, ha habido un error,” le dijo el primer auxiliar de tierra de la compañía. “Parece que ha habido un error y le han puesto en clase turista.”

“No, no ha sido un error, yo lo pedí.”

“¿Por qué? ¿Acaso nuestra primera no le resulta cómoda?”

“No, no es esto, simplemente quería sorprender a mi mujer.”

Melisa intervino. “Una buena broma, ciertamente me has sorprendido, ahora señor…” –miró la placa de identificación de la chaqueta– “señor González, por favor, arregle este asunto.”

“Sí, señor González.” Él le hizo el típico guiño entre dos hombres que comparten un secreto. Pero ninguno de los dos sabía de qué se trataba.



Isaac estaba cansado y su cansancio le ayudó a dormir todo el viaje. Durante el vuelo su mujer bebió mucho champán y comió mucho caviar. Miraba con desprecio a su marido durmiendo porque no se aprovechaba de los placeres del vuelo en primera clase.

Llovía mucho en Málaga cuando el avión aterrizó en el aeropuerto que nace del mar. “Lluvia, una bendición,” dijo Isaac.

“Sí, una bendición, pero no cuando estoy de vacaciones,” manifestó Melisa.

Isaac alquiló un coche y se fueron al hotel.



Melisa se sintió decepcionada con aquél hotel que ni siquiera tenía servicio de habitaciones. “A mí me gustan los hoteles que te reciben con una botella de champaña.”

“No sé si estás conmigo sólo por el dinero o también por el dinero. ¿Hay algo más que te interese?”

“Sí, el sexo contigo.”

Sonrió cortés, no esperaba aquella respuesta. Pero hicieron el amor. A Melisa le agradaba sentir las manos de él en su cuerpo, aunque ahora hacían mucho menos el amor que en años anteriores. Parece que es algo muy natural. Estaba satisfecha porque tenía relaciones sexuales con su marido con una frecuencia de al menos una vez por semana, cosa que no sucedía a ninguna de sus amigas, que muy fácilmente podían contar el número de cópulas anuales con los dedos de una mano.

Se pasaron el día en la cama. “Mañana me voy a Córdoba.”

“¿No está un poco lejos?”

“Me voy a las seis de la mañana. Quiero llegar allí pronto. Tienes que venir conmigo, voy a la villa de mis antepasados, a Lucena. ¿Sabes que antiguamente Lucena era conocida como la ciudad de los judíos?”

“Pero si tú no eres judío, eres cristiano.”

“Soy judío y cristiano.”

“Yo me quedaré aquí. Pasearé junto al mar, haré algunas compras en Málaga y descansaré. Que tengas buen viaje.”



A las tres de la madrugada ambos deambulaban por la habitación, despiertos como si fuera mediodía.

“He tenido un sueño, un sueño extraño. He soñado que se hacían toda clase de cambios genéticos en el hombre, que al principio se cometían errores y nacían muchos seres raros y que para que los errores no se vieran les dejaban en una aldea alejada de todo el mundo. Yo daba vueltas por aquella aldea y veía hombres con genitales femeninos en la rodilla, o personas con manos en las orejas, otras con los intestinos por fuera, muchas con un solo ojo o tres pies… y entonces me he despertado.”

“Bueno, son miedos malagueños.”

“Una vez quise ser escritor, ya lo sabes, antes de empezar a estudiar derecho. Hay muchos escritores que estudian derecho y después abandonan la profesión. Tal vez deba hacer realidad mi sueño y convertirme en escritor. Ahora o nunca.”

“¿Y de qué viviríamos?”

“Es muy simple. Puedo vender mi bufete al menos por un millón de dólares y ponerme a escribir.”

“Un millón de dólares se va pronto, y ¿luego qué?”

“También puede irse despacio si aprendemos a malgastar menos.”

“¿De qué serviría que aprendiéramos a malgastar menos?”

“De que tu marido fuera feliz y pudiera hacer lo que quiere. Estoy harto de representar a gente pesada, estoy harto de los expedientes, podría escribir un buen libro con mi sueño. Puedo contar muchas cosas de la familia, una larga historia, puedo ser un escritor de amplios vuelos.”

“No creo que éste sea el momento de tomar una decisión. Quisiera pedir un té, pero en este hotel ni siquiera hay un servicio de habitaciones. ¿A esto te refieres con lo de malgastar menos? Deberemos sobrevivir sin servicio de habitaciones.”

“Si salimos seguro que encontraremos uno de esos lugares abiertos las veinticuatro horas.”

“No tengo ganas de salir en una noche tan tempestuosa.”

“¿Tempestuosa? Apenas hace un poco de viento.”

“Sabes que no me gustan los vientos.”

“Está bien, saldré yo y te traeré té y… ¿quieres algo más?”

“Alguna bebida, un Sprite, tal vez también un bocadillo de tortilla española.”

“De acuerdo, veré lo que encuentro.”



Isaac se fue en coche en dirección a la playa, era una noche clara de luna llena. Soplaba un fuerte viento de la montaña y la luna iluminaba con fuerza el mar. El viento se unía a las olas y las arrojaba desde la costa hacia el fondo del mar. Se detuvo delante del primer bar que tenía un letrero de ‘Abierto las 24 horas del día’, pero estaba cerrado. Seguramente estarán de vacaciones, ya no es temporada turística. Se dirigió al coche, pero el viento le dificultaba el andar hasta tal punto que tenía que hacer esfuerzos para poder caminar. Llegó al coche, un Opel Corsa, y entonces notó una mano fuerte que le cogía el hombro.

“¡Don Isaac Benzimra!”

“Sí.”

Frente a él había dos guardias civiles, vestidos como en la época de Franco, con los típicos tricornios y el uniforme verde. Era evidente que había algún problema.

“Le rogamos que nos acompañe.”

“¿Qué?”

Antes de que pudiera decir nada ya estaba en un Ford Escort circulando hacia Málaga.

Intentó hablar con los guardias, pero había una ventana cerrada entre él y aquellos. Ni siquiera consiguió pensar nada durante todo el trayecto, y se vio en la cárcel.

“Tu juicio empezará enseguida,” oyó que le decían.

“Tengo derecho a hablar con un abogado,” gritó inmediatamente. Pero nadie le escuchó.

Como la voz le había anunciado, unos segundos más tarde dos personas le pidieron que les acompañara, y enseguida se encontró en una habitación cuyo techo por lo menos estaba a seis metros. Había tres jueces vestidos con sotana, de pie a unos tres metros de él.

Un hombre que estaba a un lado anunció: “¡El arzobispo Juan-José Torres!”

El del medio, el de la sotana más elegante, ordenó a Isaac que se levantara y dijo:

“Abro la sesión 99/88 del Tribunal de la Inquisición de la ciudad de Málaga. El acusado es Isaac Benzimra, al que se le ruega que se arrepienta de sus actos.”

“¿Qué?” – preguntó Isaac. “Seguro que se trata de una broma de la televisión.” Se puso a gritar, pero enseguida se acercó alguien y le golpeó.

“Siéntate en silencio y responde al señor Arzobispo.”

“¿Tiene algo que decir?”

“¿Sobre qué?”

“Señor Isaac, se trata de algo muy grave, y nosotros queremos salvar su alma del infierno, así que no nos menosprecie.”

“¿El infierno? No está aquí.”

De nuevo alguien embistió desde la pared golpeándole. Isaac empezó a comprender que no se trataba de una broma de la Inquisición. Temía que su mujer hubiera hecho algo para recibir el dinero del seguro de vida.

“¿Se arrepiente usted, o no?”

“Seguro que me arrepiento. Pero la cuestión es de qué.”

“Esto ya nos lo dirá.”

“Me follé a mi secretaria.”

“¿Se arrepiente?”

“Seguro.”

“¿Qué más?” preguntó el sacerdote que estaba al lado del arzobispo y que llevaba una sotana más sencilla, de color marrón.

“Necesito más luz, está oscuro.”

“Está tan oscuro como su alma, sólo si se arrepiente tendrá luz.”

“¿De qué más debo arrepentirme?

“De todo, de todo, sólo así podrá salvarse del fuego del infierno.”

Isaac se preguntó que quería decir aquél “todo”, pero enseguida se dio cuenta de que aquello no tenía fin, tenía que saber lo que ellos querían oír porque parecía que no se trataba de las relaciones extramatrimoniales. ¿Qué debía decir?

“Este es un país democrático y tengo derecho a un abogado que me defienda.”

“¿Democrático? ¿Qué significa esto?”

“Ah… si ustedes no lo saben, señal de que verdaderamente estoy en apuros.”

El arzobispo empezó a mostrar interés: “¿Democrático, como en la Grecia pecadora?”

“Más o menos. Significa que un acusado tiene derechos básicos y que uno puede elegir a su dirigente. Que la gente puede elegir a su dirigente.”

“¿Para qué necesita derechos un acusado? Nosotros estamos aquí para defender sus derechos, para hacer que se arrepienta y salvarle del infierno. ¿Dice que este es un estado democrático? Aquí jamás nadie ha elegido un rey. Dios, y en parte nosotros, elegimos al rey.”

“No un rey, en un estado democrático no hay rey.”

“Si es así, usted no está en un estado democrático, porque aquí hay un rey, el rey Juan Carlos de Borbón el católico, no es aquí.”

“Lo era hace unas horas. ¿Acaso ha habido una revolución?”

“Por su bien le sugiero que intente otra línea de defensa. Su estupidez podría llevarle a ser decapitado por hablar como un brujo.”

“¿Brujo? Creía que ya no existían.”

“Muy pocos.”

Los tres jueces se pusieron a dilucidar en voz baja y luego dijeron a Isaac:

“Proponemos interrumpir esta sesión hasta mañana, le dejaremos descansar. Seguro que está cansado y asombrado, así tendrá tiempo para pensar de qué quiere arrepentirse.”

“No soy ciudadano español, soy ciudadano mexicano, quiero ver a mi embajador.”

“Señor Benzimra, México es parte de España. No existe tal embajador”.



Dos hombres cogieron a Isaac con suavidad y lo llevaron a su celda. Por el camino intentó hablar con ellos. “¿Qué está pasando aquí?” Pero ellos se comportaban como robots y no respondían a sus preguntas.



En la celda encontró a otro hombre que, como él, esperaba el siguiente debate. Como abogado experimentado que era, Isaac intentó sonsacarle tanta información como le fuera posible.

Fernando María, así se llamaba, le respondió en tono magnánimo:

“No hay posibilidad alguna de que jamás sepas qué decirles ni qué confesarles. Yo ya he confesado millones de cosas, pero lo único que hacen es mirarme y pedirme que me arrepienta para salvar mi alma del infierno. ¿Dónde está el infierno? En realidad, ¿no sería mejor llegar a él en lugar de tener que pasar por todas estas confesiones? Creo que lo que pretenden es que confiese la práctica de alguna antigua costumbre judía, pero yo ya no sé nada del judaísmo, tal vez la abuela de mi abuela supiera algo. Ya hace tiempo que he confesado que no como cerdo, aunque lo coma a diario. He confesado que prendo velas y que estoy circuncidado, aunque ellos mismos pueden comprobar que no es cierto. Un día te sentarán en el potro y te irán echando, gota a gota, aceite hirviendo sobre la cabeza, aceite de oliva, un aceite de oliva excelente a ciento sesenta grados, y entonces estarás dispuesto a confesar cualquier cosa. Yo, incluso estoy dispuesto a confesar que violé a María, estaría dispuesto a confesarlo todo si me dijeran de qué soy sospechoso, pero nada sirve para nada. El aceite hirviendo te fríe la cabeza, empiezas a ver que la vida se te escapa delante de tus ojos, pero ellos tienen médicos excelentes y se detienen justo cuando estás a punto de morir y te mandan desvanecido a tu celda. Aceite de oliva hirviendo, después llega el tormento del agua, te echan gotas de agua helada al oído, una por minuto. Gritarás, pero te volverás loco, los golpes no son nada al lado de esto. Unos cuantos golpes, un poco de sangre y listos. Te aconsejo que no confieses nada. Intenta saber qué sospechas tienen de ti, no creo que sea posible, ellos conocen todas las técnicas. Todas.”

“¿Qué pasa con un abogado, no puedes pedir un abogado que te defienda?”

“Nadie puede defenderte. Piénsalo, hace ya quinientos años que aquí no hay judíos, pero ellos siguen buscándonos.”

“¿A nosotros?” respondió Isaac rápidamente, con una reacción judicial típica, “pero si yo no soy judío.”

“Tampoco yo,” respondió Fernando María, “tampoco yo. Sólo es una forma de decir. Los buscan. Ojalá fuera judío, o al menos un poco judío, un poco marrano, porque entonces este sufrimiento tendría algún sentido. Si lo fuera de verdad me negaría a comer cerdo, habría podido rezar al Dios de los judíos y dejar de suplicar a Jesús que me salvara de sus sacerdotes. Ay, Isaac, no sé cómo vamos a salir de esto. El problema es que aquí, en los lóbregos sótanos de la Inquisición, nadie muere. Aquí nadie muere, el sufrimiento dura años, pero no te matan. Yo rezo cada día para morir.”

“Propongo que durmamos hasta mañana.”

“Dormir, Isaac, ojalá pudiera dormir. No puedo dormir. Te despiertan constantemente, y entre estas húmedas paredes ya no sabes si es de día o de noche. Dormir, ojalá pudiera dormir un minuto, un solo minuto. Morir, morir sería mi único sueño, ni siquiera puedo cerrar los ojos, es como si dos pinzas me los mantuvieran abiertos.”

“Bien, pues yo voy a dormir.”

“Duerme, duerme, amigo mío, tal vez ésta sea tu última oportunidad de hacerlo.”



Pero Isaac no consiguió dormir pensando en cómo salir de aquél laberinto jurídico, de aquella extraña situación. Ni todos sus conocimientos jurídicos ni los que había adquirido sobre derecho internacional no le sirvieron de ninguna ayuda. Se veía a sí mismo como súbdito de un estado inexistente, no porque hubiera desaparecido, sino porque en este nuevo mundo jamás había existido. Tal vez, se decía, la mejor solución sería la que los jueces no esperaban, atacarles por todas las vías posibles para hacer añicos su rectitud. Tal vez, tal vez, tal vez… hasta que se durmió.



Es difícil saber cuánto tiempo durmió. Se despertó cansado. Quizá durmió una hora, o diez, pero los que le custodiaban no le dejaban lugar a dudas de que no se trataba de un sueño.

Le escoltaron a través de los pasillos hasta llegar a una sala en la que había un solo hombre, no un tribunal.

Sin haberse presentado, el hombre dijo: “Enseguida le vamos a trasladar al Tribunal de la Inquisición de Lucena. Se ha decidido que sean ellos quienes le juzguen.”

“¿Puedo decir algo? Apelaré a la ONU y al Tribunal de los Derechos Humanos de Praga.”

Nadie le respondió, le cubrieron con un saco negro y le metieron en un vehículo que le llevó a Lucena.

En viaje duró horas. Como si todo el tiempo se metieran en embotellamientos o, sencillamente, como si el coche se hundiera. Isaac no lo sabía, ni nadie le decía nada. ¿Qué diferencia había entre Lucena y Málaga? Pero sí que la había, la había y él lo sabía. Precisamente había ido a España para visitar la ciudad de sus antepasados, que no era otra que Lucena.

Durante el camino ya notó que las cosas habían cambiado un poco. Tal vez fue por la forma de meterle en el coche o por el ambiente en su interior. Le llevaron directamente a una sala en la que había un hombre con una sotana magnífica, distinta de la del juez anterior.

“No estoy de acuerdo en seguir con todo esto. Según el convenio de Ginebra ustedes están actuando contra mis derechos básicos y ni siquiera sé el por qué. No acepto en absoluto ni sus tribunales ni sus leyes, exijo un abogado inmediatamente.”

“Soy el cardenal de Lucena, Martín de Jesús y Ibera, señor Benzimra, haga el favor de sentarse.”

“No estoy obligado a responder a ninguna pregunta, su actitud es ofensiva e ignominiosa.”

“Lamento que se hayan comportado con usted de forma incorrecta. Evidentemente, puede presentar una queja por escrito y nos ocuparemos del tema.”

“¿Una queja por escrito? Esto ya me lo conozco de México. Quiero hablar con su Presidente del gobierno. Tal vez esto acorte el proceso. Soy una persona importante en México, un abogado importante.”

“Le aconsejo que colabore para que podamos devolverle al lugar de donde ha venido, sea de donde sea.”

“Vengo del mundo razonable, y esto es una casa de locos.”

“¿Conoce a este hombre?” El cardenal mostró una foto a Isaac.

“Claro que sí. Es Moís Benzimra, el familiar más lejano del que tengo una foto. En casa tengo otra.”

“Tiene mil años y nació en Lucena. Se llama a sí mismo Lucena y propaga toda clase de mentiras sobre nosotros, ¿sabe usted algo de esto?”

“La fotografía es del siglo XIX, del año 1880, más o menos, evidentemente me refiero a la que tengo en casa. Llegó a Brasil desde Tetuán, que no está lejos de aquí, y un buen día desapareció, pero es de suponer que murió. Las personas no viven ciento ochenta años, y en la fotografía parece tener cuarenta o cincuenta.”

“No me ayuda usted mucho. Dicen que busca a marranos para convertirles al judaísmo.”

“¿Todavía hay marranos, Su Eminencia señor de Jesús?”

“Sí, y cuántos. Hay uno que dice ser el Mesías de los judíos, es a él a quien busco.”

“¿Y a este joven, le conoce?” El cardenal le mostró otra foto.

“Es Samuel, el hijo de mi hermana, Samuel Felipes, un muchacho encantador, vive en México.”

“¿En México? Parece que está en dos lugares a la vez, aquí también se llama Samuel, Samuel Murciano. Escribe relatos que publica en toda clase de revistas, historias contra la Iglesia, seguro que es un marrano o un judío clandestino, o simplemente un ruin embustero.”

“Será que se parece mucho a mi sobrino. En el mundo hay gente que se parece, no creo que mi sobrino escriba relatos, estudia medicina en la universidad de Ciudad de México.”

“Esto es todo,” dijo el cardenal tras unos momentos de reflexión. “Puede irse. Es libre de hacer lo que le plazca.”

“La cuestión es saber cómo llegar a mi mundo.”

“Le aconsejo que haga las mínimas preguntas posibles y que se marche antes que me arrepienta de haberle dejado en libertad y le mande de nuevo al Tribunal de la Inquisición de Málaga.”

Isaac salió a la calle a toda prisa. Tuvo que subir muchas escaleras. Contó ciento cincuenta mientras intentaba pensar cómo reconstruir lo que le había ocurrido y si alguien le creería.



Cuando estaba en los últimos escalones recordó algunas chanzas que su hijo le había contado cuando tenía cuatro años y que le habían hecho reír hasta llorar, pero que ahora no tenían ningún sentido: un hombre entra en el agua, y en el agua hay un animal grande que le golpea la cabeza, y cuando sale del agua se va a casa de la abuela, y ésta le dice hola y hasta la vista, y entonces él se toma la leche con cacao y compra un aguacate en el mercado, y así sucesivamente.



Al final de las escaleras se encontró en una gigantesca sala donde había gente rezando. Su primer pensamiento fue huir, pero se percató de que la plegaria se cantaba en hebreo. La gente pronunciaba una frase que él siempre había escuchado de su madre, algo así como Shemá Israel. Reconoció aquella frase que había sido una especie de código familiar. Creía que sólo él la conocía. Se acercó a los que rezaban, que ni se fijaron en él de tan concentrados como estaban en sus oraciones.

Cuando llegó junto a ellos se prosternaron algunas veces y la oración terminó. Alguien se dirigió a él saludándole en español.

“¿Quién eres?”

“¿Quién soy yo? ¿Y tú?”

“Soy Samuel Danino. Samuel Danino, soy de aquí, pero tú no. ¿Eres judío?”

“Depende.”

“¿Cómo te llamas?”

“Isaac Benzimra.”

“Benzimra… ¿Benzimra de Tetuán o de Brasil? Mi madre se llamaba Benzimra.”

“Benzimra de Brasil, pero soy de México.”

“México. ¿Hay judíos allí?”

“Yo no soy judío. Soy cristiano. Mi abuelo sí era judío.”

“No puede ser, no en España, no puede ser. Benzimra es un nombre judío, y los judíos no se pueden convertir al cristianismo. Es decir, sí pueden, pero no se da el caso, es necesario un permiso de su rabino y otro del sacerdote, y el rey tiene que dar su autorización y entonces es obligatorio cambiarse de nombre. Hay nombres judíos y nombres cristianos, y Benzimra es un nombre judío.”

“Bien, no lo sabía, tal vez sea judío. Si ayer la Inquisición me investigó, hoy puedo ser judío.”

“¿La Inquisición? Algo he oído, pero era para los cristianos, era algo que existió más o menos en el siglo XII. Una buena institución, la gente iba a confesar sus faltas y recibían la absolución, pero jamás investigaron a los judíos. Nunca.”

“Bueno,” dijo Isaac, “todo puede ser. Pero lo que yo sé es que los cristianos y la Inquisición hicieron la vida imposible a los judíos y los expulsaron de España.”

“Lo que yo sabía no era esto. Los musulmanes nos expulsaron de Lucena, pero gracias a la Reconquista volvimos, y Lucena siempre fue una ciudad judía. Quizás en Sevilla haya cristianos de la Inquisición, pero nunca han perjudicado a los judíos. Aquí los cristianos son buenos, no como los de Polonia.”

“Señor Danino, qué quiere que le diga, todo puede ser. Últimamente la historia ha sufrido un terrible mareo y todo se ha embrollado. Una cosa es cierta, yo prefiero estar aquí, en esta sinagoga, antes que en los calabozos de la Inquisición en los que ayer estaba. Quién podría creer que algún día me alegraría de estar en una sinagoga.”

“Ven,” dijo Danino, “vamos a tomar algo en la cafetería.”



Fuera de la sinagoga, hacía un soleado día de invierno y había una enorme explanada por la que los pájaros iban y venían. Isaac recordó la leyenda sobre los pájaros que al alba llenan la explanada del Muro de las Lamentaciones, e inmediatamente Samuel empezó a contársela: “Dicen que en el Muro de los Lamentos, en lo que quedó nuestro Templo, cada día, al alba, la explanada se llena de pájaros que cantan alabanzas al creador del mundo, y entonces el sol puede llegar a Jerusalén. Los pájaros llaman al sol para que salga. Nuestros sabios dicen que sin ellos el alba no resplandecería. Los sufistas también creen que los pájaros llevan la aurora.”



Llegaron al ‘Route 66’, donde había mucha gente tomando café con leche y comiendo tostadas o cruasanes.

“Hola, Samuel.”

“Hola, David.”

“Aquí todos son judíos de verdad,” dijo Isaac.

“¿Tienes un invitado? ¡Qué mejor que un invitado en un día de sol! Poder ocuparse de él y cumplir los preceptos de hospedar a los invitados,” dijo otro.

“Soy Yitzhak Bentolila,” dijo a Isaac uno que estaba junto a la barra.

“Y yo Isaac Benzimra.”

“¿Benzimra de Brasil o de Tetuán?”

“De Brasil, aunque vivo en México.”

“¿Hay judíos en México?”

“No lo sé. De todas formas, los Benzimra de Brasil seguramente llegaron allí desde Tetuán.”

“Se dice que en el mundo no hay gente más estricta que la de Tetuán y también se dice que si uno no prueba los dulces que ellos hacen, su vida no es vida.”

“De la gente de Tetuán también se dice que descienden de la tribu de Yehudá, que de noche protegían el templo de los animales, y que por eso les llamaban ‘los leones’.”

“La gente de Tetuán es absolutamente honrada. No son buenos comerciantes, pero sí grandes médicos.”

“¿Cómo puede decir esto?” estalló Samuel Danino. “Mi familia es de Tetuán y son muy buenos comerciantes.”

“Tal vez sí comerciantes, pero son gente obstinada, si te dicen que un vaso es de hierro, más vale que no se lo discutas, y aunque se te rompa, ellos tratarán de convencerte de que es de hierro y que no puede romperse.”

“En esto estoy de acuerdo,” dijo Samuel.

“Un buen café,” intervino Isaac.

“Es el mejor de la zona.”

“¿Cómo salgo de aquí para ir a Málaga?” le preguntó Isaac a Samuel. “Mi mujer me estará esperando allí.”

“Hoy ya no podrá ir, hay obras en la carretera. Están arreglando la carretera magnética, cambian el agua. Hasta mañana no podrá ir a Málaga. ¿Por qué quiere ir a Málaga? Es una ciudad de musulmanes. Quédese aquí con nosotros, usted es judío. ¿En qué comercia?”

“No soy comerciante. Soy abogado.”

“¿Qué dice que es?”

“Abogado. Cuando alguien tiene un juicio, yo lo represento ante el tribunal.”

“‘No seáis como los abogados’, está escrito en Pirké Avot. Entre nosotros tal cosa no existe, cada uno presenta sus asuntos ante el rabino, sin abogados.”

“Cuando alguien quiere firmar un contrato se dirige a mí, y también cuando tiene alguna cuestión concerniente a asuntos legales o sociales.”

“Ya lo entiendo, es como un rabino.”

“No, para nada. Estudié cinco años para ser abogado.”

“Entre nosotros un rabino tiene que estudiar quince años para obtener la licencia.”

“¿Sí? ¡Quince años! Yo no lo habría resistido.”

“Muy pocos lo resisten, y no crea que ganan mucho.”

“¿Está seguro de que hoy no puedo ir a Málaga?”

Alguien intervino en la conversación. “Puede ir a Córdoba, de allí a Sevilla, y de Sevilla a Antequera por la carretera vieja, pero tardaría mucho tiempo, más de una hora. Quizá una hora y media.”

“¿Mucho tiempo una hora y media? ¡Pero si eso no es nada! Una hora y media es ir muy rápido. ¿Cuánto tiempo se tarda por la carretera nueva?” dijo Isaac riéndose.

“Nueve minutos y veinticuatro segundos.”

“Cuánta precisión.”

“Así son las nuevas carreteras, uno llega con el coche a la zona hidráulica y el coche funciona solo gracias a la combinación de agua e imanes diligentes.”

“Si usted lo dice… Pero una hora y media no es mucho para mí.”

“La carretera está bien, señor Isaac, pero la gente de Lucena cree que no es correcto recibir a alguien que viene de lejos y no invitarle a comer, por eso decimos que cambian el agua, es algo sabido. Usted seguramente no conoce las costumbres de España y por esto no lo comprende. Pero si tiene prisa, venga a mi casa. Se restaurará con el cordero que sacrificamos en su honor y luego iremos con usted a su lugar.”

Isaac estuvo a punto de ponerse a reír por la solemnidad de las palabras de su anfitrión, pero comprendió que no podía hacer tal cosa. No le quedaba más remedio que aceptar la invitación.

“Seria conveniente que pasara la noche en casa, y mañana, cuando se haya refrescado, ya se pondrá en camino.”

“No puedo, mi mujer me está esperando.”

La comida fue realmente suculenta y abundante. Durante el ágape se rieron y contaron chistes.



Después de comer Isaac pidió a su anfitrión que tuviera la bondad de decirle cómo volver a Málaga, pero Samuel se empeñó en llevarle en su coche.

Isaac entró en el vehículo, difícil de describir como un coche, se le pidió que se abrochara el cinturón, que se pusiera el casco y que se metiera en el bolsillo un aparato que servía para comprobar que su pulso fuera correcto durante el viaje.

Durante el trayecto no hablaron mucho, pero al cabo de seis minutos Isaac se encontró en el interior de un túnel. Había entrado en él en aquél vehículo cósmico, pero salió con el Opel Corsa que había alquilado, conducía algo desconcertado, y entonces vio detrás suyo a dos motociclistas le hacían señales para que se detuviera en el arcén.

Se detuvo, salió del coche y se acercó a los policías.

“Espero que no sean ustedes de la Inquisición.”

“Documentación, por favor,” dijo uno de los policías.

“Y que tampoco sean uno de aquellos judíos locos,” dijo mientras sacaba la documentación de la cartera.

“Benzimra,” dijo uno de los policías. “¿Benzimra de Tetuán o de Madrid?”

“¿Qué?” dijo Isaac. “Ah, sí, de México.”

“Esto está lejos,” dijo el otro policía.

“Benzimra o no Benzimra, ha hecho una infracción muy grave. Según nuestro aparato usted circulaba a velocidad excesiva.”

De pronto Isaac rompió a llorar y empezó a abrazar a los dos policías diciéndoles una y otra vez, “¡Qué bien volver a la realidad, qué maravilla! ¡Exceso de velocidad!”

“Un exceso de velocidad de quinientos doce kilómetros por hora.”

“Ja… ja…” Isaac se rió con ganas, “¡Quinientos kilómetros por hora!”

“Quinientos doce,” interrumpió el policía con precisión.

“¿Quinientos doce?” dijo Isaac riendo de nuevo. “Este coche no puede pasar de los ciento veinte. Mírenlo, ¿creen que puede alcanzar los quinientos doce kilómetros por hora? Pueden llevarme a juicio, ¿qué juez les va a creer?”

Los policías se miraron y comprendieron que se las tenían con alguien que estaba un poco loco, tal vez borracho, como ustedes quieran, pero este coche de ninguna de las maneras puede alcanzar una velocidad de quinientos doce kilómetros por hora.

“De acuerdo, tenga sus documentos, pero la próxima vez circule más despacio.”

“Además,” dijo el segundo policía, mi familia también es de Tetuán, me llamo Benarroch.”

“Ah, sí, muy bien. Díganme una cosa, ¿qué hora es?”

“Son las tres, las tres y diez.”

“De la madrugada.”

“Sí, sí, de la madrugada.”

“¿Qué fecha es hoy?”

“¿La fecha?”

“La fecha.”

“Dieciocho de diciembre de 1999.”

“Entonces aún puedo llegar a tiempo.”

“De esto no hay ninguna duda,” dijo el policía mientras Isaac se metía en el coche.

































Intervención de la Hija Predilecta,



Julia Uceda, en el acto de conmemoración



del 28-F



Sevilla, 28 de febrero de 2005



Es para mí un honor y una inmensa satisfacción, que



CONSEJERÍA DE LA PRESIDENCIA



Oficina del Portavoz del Gobierno



agradezco hondamente, haber sido nombrada hija predilecta de



Andalucía y estar acompañada por una poeta como María Victoria



Atencia y por todos los que han merecido la Medalla de Andalucía.



Ambas distinciones son ejemplo de una Andalucía moderna, activa,



sensible y, sobre todo plural y libre, en contraposición a la



Andalucía de la que me fui, quedándome, hace muchos años.



Si bien todos los que han recibido hoy las medallas de



Andalucía la merecen cumplidamente, me complace y agradezco



especialmente, que hayan sido galardonados María Francisca



Adame, María de los Ángeles Cózar y Pablo Pineda porque sus



méritos y logros se levantan sobre la base del dolor propio o del



prójimo y este dolor no les abandonará nunca.



Siento también una profunda emoción porque una de las



medallas haya sido concedida a la Universidad de Sevilla. Mi primer



curso como estudiante de la Universidad Hispalense alcanzó al



último año en el que se impartieron clases en la que llamábamos



“Universidad Vieja”, en la calle Laraña, y no olvidaré nunca ni el



patio que Cernuda menciona en Ocnos ni el olor a café de un



tostadero próximo que, en verano, subía desde la calle a la



biblioteca. Allí tuvimos insignes maestros y vivimos unos años



difíciles, sí, pero llenos de esperanza en una España mejor aunque



esa esperanza tardara demasiado tiempo en realizarse.



De mí se ha dicho que soy una sevillana errante. Errante,



sí, pero sabiendo a donde iba y por qué. Y esto me ha hecho pensar



en lo que Andalucía es y ha sido en su historia así como en otros



andaluces errantes. ¿Cuántos, sin dejar de ser andaluces de Córdoba,



de Granada, de Almería, de Sevilla, de Jaén, de Cádiz, de Huelva y



de Málaga llevaron a Andalucía por esos mundo: su habla, sus



costumbres diversas, su compleja y variada esencia? Y entonces



Andalucía me parece una tierra sin límites geográficos, ni en la



historia ni en el tiempo, porque lo que llamamos cultura occidental



le debe mucho a Andalucía y a sus andaluces errantes que, como yo,



nunca se sintieron extranjeros porque participamos en el dolor o la



alegría de los países que nos acogieron.



En mi casa de Galicia tengo, guardada en un libro, una ramita



de olivo de la Villa de Adriano al que Marguerite Yourcenar le hace



decir «soy el que era y muero sin cambiar». Su origen, es decir, el



que era, parece haber estado en Itálica, donde también había nacido



Trajano.



Andaluces fueron Averroes, Maimónides, sevillano era



Bartolomé de las Casas, Lebrija, ante todo un filólogo que también



dejó su tierra, como Blanco White , como tantos otros que van y



vienen por distintas razones, y, andaluces errantes. forman parte de



nuestra memoria colectiva en un grandioso intercambio de



emociones, ideas, costumbres, que se funden en el río de los siglos;



de hombres y mujeres que hacen la historia sobre la que se empinan



algunas figuras que, solas nada serían.



De este río fertilizante e inmenso que es Andalucía,



deseo que recordemos hoy dos brazos majestuosos y vivos todavía:



el de los sefardíes y el de los musulmanes que, en conflicto en sus



tierras de adopción, permanecen unidos en la añoranza de la



Andalucía perdida para siempre.



Moshe Benarroch, que se siente europeo y de cultura



musulmana, marroquí y judío sefardí, y que habla el español de



Analucía heredado a través de los siglos, acaba de presentar en



Lucena y en Sevilla una extraña novela titulada Lucena.



Coincidiendo con Cernuda en su Recuérdalo tú y recuérdalo a



otros, dice un personaje que, en la novela cuenta mil años y



representa la memoria de su pueblo: El mundo quiere que olvides,



los judíos quieren que olvides, los asquenazíes quieren que olvides



y los sefardíes quieren que olvides. Pero no hay fuerza en el mundo



capaz de evitar que un hombre como tú recuerde. Y si uno solo



recuerda, Lucena sigue existiendo, si un solo hombre recuerda,



todo este mundo nuestro de Lucena y Granada sigue existiendo y



subsistiendo...[...]Si un solo hombre recuerda, el pasado se



convierte en presente. Lucha siempre contra el olvido.



Y al otro lado de Moshe, Mahamud Darwich, nacido en



Galilea en 1942, el mayor poeta palestino moderno, se siente



extranjero de Damasco y de Andalucía y dice:



Ha pasado por aquí el extranjero



para que el extranjero pase por aquí. Saldré dentro de



poco



de los pliegues de mi tiempo como extranjero de Damasco



y de Andalucía.



Esta tierra no es mi cielo pero esta tarde es mía,



las llaves me pertenecen, y los alminares y las lámparas,



y yo



también me pertenezco. Soy el Adán de los dos paraísos



perdidos.



Cazadme despacio



y matadme deprisa



bajo mi olivar



con Lorca.



Regresar es difícil y algunos andaluces no regresaron



sino en los espacios que la historia o la literatura les concede, tal es



el caso de Luis Cernuda y de muchísimos otros. Yo he señalado



aquí evocaciones y añoranzas de Andalucía, pero deseo concluir con



el tema del desgarramiento de la despedida forzosa. El poeta Ben



Al-Labana de Denia describe la partida de Al-Mutamid y de su



familia hacia el destierro:



Todo lo olvidaré menos aquella madrugada junto al



Guadalquivir, cuando estaban en las naves como muerto en sus



fosas.



Las gentes se agolpaban en las dos orillas, mirando



cómo flotaban aquellas perlas sobre las aguas del río.



Caían los velos porque las vírgenes no se cuidaban de



cubrirse, y se desgarraban los rostros como otras veces los mantos.



[...]



Partieron los navíos, acompañados de sollozos, como una perezosa



caravana que el camellero arrea con su canción.



La tumba de Al-Mutamid se encuentra en Agmat, a 35



kilómetros de Marrakech. Un sevillano de hoy que vive en esta



ciudad suele dejar una rosa sobre su tumba siempre que pasa por



allí.











Esther Pino ...... Revista Lateral

Lucena es la última novela de Moshe Benarroch, escritor tetuaní que ha publicado en hebreo, inglés y castellano. Esta última, ha sido traducida directamente del hebreo por Roser Lluch Oms.Lucena es también una ciudad del sur de Espańa que fue destruida por los musulmanes en 1150. Allí, en Elihoshaana, empezó la hegemonía del judaísmo en Sefarad y terminó la de Babilonia: “Ciento cincuenta ańos de una ciudad judía, fuerte y próspera, la ciudad de la fe y el culto a Dios”. Una ciudad de antepasados, de poetas y rabinos, que pasa a ser el espacio mítico y auténtico protagonista de la obra.La novela se abre con un adinerado empresario actual, cansado de lo que le rodea, que viaja desde México a Lucena para conocer sus raíces y que, a través de un viaje en el tiempo, es presentado de manera absurda delante de la Inquisición. A esta historia la siguen una serie de relatos donde el tiempo y el espacio son símbolos de vida y de muerte. Todos los cuentos mantienen una estructura diferente repleta de acciones e ideas que van desde lo más kafkiano al tema del escritor como profesión.Lucena nos vuelve a demostrar que el género novela tiene lugar para todo. Compuesta de ocho poemas y 48 relatos con tramas y diálogos variados, cada capítulo está enfocado desde una perspectiva diferente. Todo eclipsado por una lengua rápida y sencilla que gana en estilo y frescura en los poemas. El narrador se desmiembra en una larga serie de voces que, en la mayoría de los casos, nos hablan desde el pasado. Una de las citas que abre el libro ya anuncia el tema de la obra: “El pasado es un cuento que cambia sin parar”, de Mois Benzimra. Y es que Lucena se convierte en un viaje al espíritu sefardí de aquellos días, en una introspección al judaísmo y el catolicismo del sefardismo, cuyos escenarios son Espańa, Portugal, Marruecos, Grecia, Turquía e Israel. Benarroch invita a que nos paseemos por la memoria del pueblo judío, adentrándonos en un diálogo con el sefardismo y su decadencia fuera de las fronteras espańolas, desde el pasado medieval hasta el Holocausto. Una manera de hacer ficción sobre la historia.







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Julia Uceda sobre Lucena
http://www.andaluciajunta.es/SP/AJ/CDA/Ficheros/ArchivosPdf/juliaUceda.pdf







Intervención de la Hija Predilecta,

Julia Uceda, en el acto de conmemoración

del 28-F

Sevilla, 28 de febrero de 2005

Es para mí un honor y una inmensa satisfacción, que

CONSEJERÍA DE LA PRESIDENCIA

Oficina del Portavoz del Gobierno

agradezco hondamente, haber sido nombrada hija predilecta de

Andalucía y estar acompañada por una poeta como María Victoria

Atencia y por todos los que han merecido la Medalla de Andalucía.

Ambas distinciones son ejemplo de una Andalucía moderna, activa,

sensible y, sobre todo plural y libre, en contraposición a la

Andalucía de la que me fui, quedándome, hace muchos años.

Si bien todos los que han recibido hoy las medallas de

Andalucía la merecen cumplidamente, me complace y agradezco

especialmente, que hayan sido galardonados María Francisca

Adame, María de los Ángeles Cózar y Pablo Pineda porque sus

méritos y logros se levantan sobre la base del dolor propio o del

prójimo y este dolor no les abandonará nunca.

Siento también una profunda emoción porque una de las

medallas haya sido concedida a la Universidad de Sevilla. Mi primer

curso como estudiante de la Universidad Hispalense alcanzó al

último año en el que se impartieron clases en la que llamábamos

“Universidad Vieja”, en la calle Laraña, y no olvidaré nunca ni el

patio que Cernuda menciona en Ocnos ni el olor a café de un

tostadero próximo que, en verano, subía desde la calle a la

biblioteca. Allí tuvimos insignes maestros y vivimos unos años

difíciles, sí, pero llenos de esperanza en una España mejor aunque

esa esperanza tardara demasiado tiempo en realizarse.

De mí se ha dicho que soy una sevillana errante. Errante,

sí, pero sabiendo a donde iba y por qué. Y esto me ha hecho pensar

en lo que Andalucía es y ha sido en su historia así como en otros

andaluces errantes. ¿Cuántos, sin dejar de ser andaluces de Córdoba,

de Granada, de Almería, de Sevilla, de Jaén, de Cádiz, de Huelva y

de Málaga llevaron a Andalucía por esos mundo: su habla, sus

costumbres diversas, su compleja y variada esencia? Y entonces

Andalucía me parece una tierra sin límites geográficos, ni en la

historia ni en el tiempo, porque lo que llamamos cultura occidental

le debe mucho a Andalucía y a sus andaluces errantes que, como yo,

nunca se sintieron extranjeros porque participamos en el dolor o la

alegría de los países que nos acogieron.

En mi casa de Galicia tengo, guardada en un libro, una ramita

de olivo de la Villa de Adriano al que Marguerite Yourcenar le hace

decir «soy el que era y muero sin cambiar». Su origen, es decir, el

que era, parece haber estado en Itálica, donde también había nacido

Trajano.

Andaluces fueron Averroes, Maimónides, sevillano era

Bartolomé de las Casas, Lebrija, ante todo un filólogo que también

dejó su tierra, como Blanco White , como tantos otros que van y

vienen por distintas razones, y, andaluces errantes. forman parte de

nuestra memoria colectiva en un grandioso intercambio de

emociones, ideas, costumbres, que se funden en el río de los siglos;

de hombres y mujeres que hacen la historia sobre la que se empinan

algunas figuras que, solas nada serían.

De este río fertilizante e inmenso que es Andalucía,

deseo que recordemos hoy dos brazos majestuosos y vivos todavía:

el de los sefardíes y el de los musulmanes que, en conflicto en sus

tierras de adopción, permanecen unidos en la añoranza de la

Andalucía perdida para siempre.

Moshe Benarroch, que se siente europeo y de cultura

musulmana, marroquí y judío sefardí, y que habla el español de

Analucía heredado a través de los siglos, acaba de presentar en

Lucena y en Sevilla una extraña novela titulada Lucena.

Coincidiendo con Cernuda en su Recuérdalo tú y recuérdalo a

otros, dice un personaje que, en la novela cuenta mil años y

representa la memoria de su pueblo: El mundo quiere que olvides,

los judíos quieren que olvides, los asquenazíes quieren que olvides

y los sefardíes quieren que olvides. Pero no hay fuerza en el mundo

capaz de evitar que un hombre como tú recuerde. Y si uno solo

recuerda, Lucena sigue existiendo, si un solo hombre recuerda,

todo este mundo nuestro de Lucena y Granada sigue existiendo y

subsistiendo...[...]Si un solo hombre recuerda, el pasado se

convierte en presente. Lucha siempre contra el olvido.

Y al otro lado de Moshe, Mahamud Darwich, nacido en

Galilea en 1942, el mayor poeta palestino moderno, se siente

extranjero de Damasco y de Andalucía y dice:

Ha pasado por aquí el extranjero

para que el extranjero pase por aquí. Saldré dentro de

poco

de los pliegues de mi tiempo como extranjero de Damasco

y de Andalucía.

Esta tierra no es mi cielo pero esta tarde es mía,

las llaves me pertenecen, y los alminares y las lámparas,

y yo

también me pertenezco. Soy el Adán de los dos paraísos

perdidos.

Cazadme despacio

y matadme deprisa

bajo mi olivar

con Lorca.

Regresar es difícil y algunos andaluces no regresaron

sino en los espacios que la historia o la literatura les concede, tal es

el caso de Luis Cernuda y de muchísimos otros. Yo he señalado

aquí evocaciones y añoranzas de Andalucía, pero deseo concluir con

el tema del desgarramiento de la despedida forzosa. El poeta Ben

Al-Labana de Denia describe la partida de Al-Mutamid y de su

familia hacia el destierro:

Todo lo olvidaré menos aquella madrugada junto al

Guadalquivir, cuando estaban en las naves como muerto en sus

fosas.

Las gentes se agolpaban en las dos orillas, mirando

cómo flotaban aquellas perlas sobre las aguas del río.

Caían los velos porque las vírgenes no se cuidaban de

cubrirse, y se desgarraban los rostros como otras veces los mantos.

[...]

Partieron los navíos, acompañados de sollozos, como una perezosa

caravana que el camellero arrea con su canción.

La tumba de Al-Mutamid se encuentra en Agmat, a 35

kilómetros de Marrakech. Un sevillano de hoy que vive en esta

ciudad suele dejar una rosa sobre su tumba siempre que pasa por

allí.





Esther Pino ...... Revista Lateral
Lucena es la última novela de Moshe Benarroch, escritor tetuaní que ha publicado en hebreo, inglés y castellano. Esta última, ha sido traducida directamente del hebreo por Roser Lluch Oms.Lucena es también una ciudad del sur de Espańa que fue destruida por los musulmanes en 1150. Allí, en Elihoshaana, empezó la hegemonía del judaísmo en Sefarad y terminó la de Babilonia: “Ciento cincuenta ańos de una ciudad judía, fuerte y próspera, la ciudad de la fe y el culto a Dios”. Una ciudad de antepasados, de poetas y rabinos, que pasa a ser el espacio mítico y auténtico protagonista de la obra.La novela se abre con un adinerado empresario actual, cansado de lo que le rodea, que viaja desde México a Lucena para conocer sus raíces y que, a través de un viaje en el tiempo, es presentado de manera absurda delante de la Inquisición. A esta historia la siguen una serie de relatos donde el tiempo y el espacio son símbolos de vida y de muerte. Todos los cuentos mantienen una estructura diferente repleta de acciones e ideas que van desde lo más kafkiano al tema del escritor como profesión.Lucena nos vuelve a demostrar que el género novela tiene lugar para todo. Compuesta de ocho poemas y 48 relatos con tramas y diálogos variados, cada capítulo está enfocado desde una perspectiva diferente. Todo eclipsado por una lengua rápida y sencilla que gana en estilo y frescura en los poemas. El narrador se desmiembra en una larga serie de voces que, en la mayoría de los casos, nos hablan desde el pasado. Una de las citas que abre el libro ya anuncia el tema de la obra: “El pasado es un cuento que cambia sin parar”, de Mois Benzimra. Y es que Lucena se convierte en un viaje al espíritu sefardí de aquellos días, en una introspección al judaísmo y el catolicismo del sefardismo, cuyos escenarios son Espańa, Portugal, Marruecos, Grecia, Turquía e Israel. Benarroch invita a que nos paseemos por la memoria del pueblo judío, adentrándonos en un diálogo con el sefardismo y su decadencia fuera de las fronteras espańolas, desde el pasado medieval hasta el Holocausto. Una manera de hacer ficción sobre la historia.


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