Medianoche, botas militares marchando
bajo la débil luz de una calle empedrada,
anónimos soldados con cadaver disciplina;
una columna de miedo y de fantasmas
buscando inocentes para llenar prisiones
con viejos enfermos y mujeres embarazadas
y con alumnos que han empezado la escuela
torturados por secretos que no guardan.
En miles y miles de años el mundo ha nacido
sordo para oir los gritos de la gente torturada,
las voces desde el silencio de los desaparecidos
y las preguntas de todas las dolientes madres;
con las orugas de los tankes sobre las piedras
todas las protestas en contra serán ahogadas,
porque a los tiranos la paz es una pregunta
que solamente se contesta con las armas.
Guerra, guerra que abre todos los caminos
que llevan hasta el hermano que se mata,
hasta el hogar de la familia de un vecino,
pero que no conduce a ninguna esperanza;
guerra, para que el pan se ponga duro
rascando con hambre todas las gargantas,
millones de balas alrededor del mundo
convertidas en millones de lágrimas amargas.
Medianoche, los soldados se han llevado
al rededor de la tierra en muchas casas
toda esa gente que rogaban por ayuda
a todos los sordos que no escuchaban;
bancos y prisiones, monumentos de tiranos
que manejan nuestras vidas con su plata,
y con soldados buscándonos a medianoche
no por nuestras culpas, por nuestras almas.
La paz, con el cuerpo suave de una paloma
con una rama de olivo está representada,
la guerra con cementerios que se han llenado
con el producto de sadismo y muchas madrugadas,
porque estamos sordos no podemos oir
de la paz el murmullo de sus alas
o de la guerra las promesas de muchos sufrimientos
si nos empeñamos en seguir entre sus garras.