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Blogs by Kathi Macias
2 Reyes 3:11 4/4/2008 8:30:56 AM
“Aquí está Eliseo, hijo de Safat, quien derramó agua sobre las manos de Elías.”
(2 Reyes 3:11)
Nunca olvidaré el momento cuando Dios le habló a mi corazón acerca de la dirección que debía de tomar mi vida en el año 2007. Él dijo: “Alguien tiene que arreglar las sillas.” Para alguien que es muy apasionada para enseñar la Palabra de Dios, ya sea oralmente o por escrito, esa fue una fuerte instrucción para asimilar. Y sin embargo yo sabía que Dios me estaba diciendo que ya era tiempo en mi vida para “arreglar las sillas” para que otros proclamen el evangelio, el tiempo ya para servir atrás en el fondo y beneficiar a otros para que ellos tengan un ministerio publico, y también para aquellos que ellos ministran diariamente.
Después de “luchar” con el Espíritu de Dios por un tiempo (y ¡perder!), finalmente me sometí a lo que Dios me había llamado en ésta estación de mi vida. Todo esto resultó en una de mis mejores y más recompensadas estaciones de mi vida. Como Elías, “derramé agua en las manos” de otros en ministerios públicos, y cuando las estaciones cambiaron, Dios me bendijo con una “doble porción” de Su unción en el trabajo de mis propias manos. No tengo palabras para agradecer por lo que ahora Dios me permite hacer, en mi trabajo como escritora y oradora.
Sin embargo, si Él me llama a otra estación para arreglar las sillas o derramar agua sobre las manos de otros, ahora sé que eso también será un tiempo de servicio bendecido, y tiempo también cuando el ministerio que Él ha confiado en mí será multiplicado muchas veces más. Porque cuando yo insisto en ser la que está en vista al público, la que está en el centro del escenario con un ministerio visible, limito ese ministerio a lo que solamente yo puedo hacer. Y, de acuerdo a Jesús, lo que yo puedo hacer sin Él es ¡absolutamente nada!
Una vez escuché a alguien decir que si nosotros insistimos en manufacturar la plataforma de nuestro propio ministerio, entonces también tenemos que manufacturar nuestra propia unción. Que gran verdad es esa - ¡Y que humildad! Que todos tengamos corazones para servir a donde sea que Dios nos ha puesto, ya sea públicamente o derramando agua sobre las manos de otros. Si mantenemos esa actitud y servimos consecuentemente, veremos el poder de Dios obrar en nosotros y a través de nosotros, cambiando las vidas de otros a nuestro alrededor, lo mismo que a muchos más que nunca conoceremos a éste lado de la gloria.
No se preocupen por elogios y recompensas, mis queridos amigos; busquen solamente el aplauso del cielo, Y Dios los bendecirá con la doble porción necesaria para llenar con plenitud Sus propósitos en la vida de cada uno de ustedes.